Medusa

Vejada. Humillada. Condenada injustamente. Oh, dioses, ¿qué hice por merecer tamaño castigo? Toco mi rostro y sólo siento arrugas, frío, monstruosidad. Cuando miro mis manos, grisáceas, viejas, horrendas, no puedo sino chillar de rabia. Porque ya no me quedan lágrimas por derramar.

El silbido de las serpientes es mi única compañía. Bueno, también lo son las estatuas de todos los hombres a los que he petrificado. Paseo entre ellos, acaricio la fría superficie rocosa en la que los convertí. Rabia repentina. Odio. Grito de nuevo y empujo al suelo una de las cientos de estatuas que me acompañan rompiéndola en miles de pedazos.

Respiro hondo, intento calmarme, pero sigo sintiendo la misma rabia. Y finalmente caigo de rodillas al suelo con un grito afligido. Cubro mis ojos con las manos, si fuera humana ahora estaría llorando de impotencia. ¿Si fuera humana? Nunca dejé de serlo. Mi corazón sigue siendo el de esa joven sacerdotisa que servía a Atenea.

Atenea.

Atenea.

Oh, Atenea, cuánto odio me causa tu nombre. Yo te serví, entregué mi vida, mi juventud, mi pureza. Todo a tu servicio. ¿Y así me lo pagaste? En esa horrible noche, cuando tu propio hermano Poseidón abusó de mí, tú te enfadaste. Pero me castigaste a mí. ¿Por qué fui yo la juzgada en lugar de él? Me convertiste en este horrible monstruo para que jamás un hombre osara mirarme, para que jamás me desearan… y para que si alguien osaba mirarme, se encontrase con la más horrible de las muertes.

Miro hacia el techo y grito tu nombre con mi monstruosa voz. Es un grito desgarrador. Y el eco de tu nombre resuena por todo el templo. En este templo subterráneo. Mi jardín de piedra. Sé que me escuchas, ahí fuera, donde estés. Sé que percibes mi odio. Mi locura. Mi desesperación. ¿Te divierte? Juro que un día pagarás por ello. Tal vez no seré yo quien cobre venganza. Pero un día pagarás por ello. Porque yo soy Medusa. Me otorgaste grandes poderes, en tu cínico castigo me convertiste en un monstruo sin igual. ¿Qué pretendías con ello? Tú, Atenea, la gran diosa de la sabiduría, la guerrera… fuiste incapaz de proteger a una de las tuyas. Yo jamás moriré. Todos los humanos sabrán quién es Medusa, incluso después de que yo ya no exista. Y tú… Tú, Poseidón, todos los hombres que intenten someterme… todos viviréis con el temor a Medusa. Me lanzaste una maldición, pero yo os maldigo a vosotros.

Un ruido llama mi atención. Sonrío y el silbido de las serpientes crece. Se acerca una nueva pieza para mi jardín.

 

Perseo

Llevo mucho tiempo siguiendo la pista a este horrible monstruo. Los dioses me han ayudado, me han otorgado las sandalias de Hermes y me han favorecido, todo para que mate a esa bruja gorgona. Tras días viajando he conseguido llegar a su guarida. Empuño mi espada con la diestra y con toda mi fuerza sujeto el magnífico escudo con la izquierda. Con sigilo me adentro a su guarida. ¡Que horror! Centenares de estatuas de hombres me rodean. Todos entraron con mis intenciones y todos fracasaron. Debo mantenerme alerta. El sitio es oscuro y está lleno de columnas y corredores. Me advirtieron de que no debo mirar los ojos a la bruja, ni siquiera tras muerta. Así que uso el escudo como espejo para no mirar directamente a nada.

¡Ahí está! ¡Cuánto horror! ¡Es un monstruo de verdad y debe morir! Todo sucede rápido. Un salto, un grito espeluznante, un golpe. Caigo al suelo, ruedo y me levanto rápidamente alzando el escudo por encima de mi cabeza. No la veo, pero la presiento y escucho las serpientes que recubren su cráneo. Me abalanzo contra ella y agarro con fuerzas mi espada. Ella o yo. Otro golpe, giro sobre mi mismo y aprovecho el movimiento para impulsar la espalda. Un golpe certero contra su cuello. La cabeza de la bruja salta por el aire y su cuerpo poco a poco cae al suelo, impulsado por su propio peso.

He ganado. Las leyendas hablaran sobre mí, Perseo, el valiente guerrero que acabó con la bruja. El héroe. Ahora debo regresar, salvar a mi madre y ofrecer la bolsa con la cabeza del monstruo a Atenea. Yo, Perseo, me acabo de convertir en leyenda. La historia me recordará como el hombre que acabó con la bruja gorgona.

 

Atenea

El saco con tu cabeza ha llegado a mí. ¿Qué debería hacer contigo? Incluso muerta sigues siendo un poderoso monstruo. Tus ojos siguen convirtiendo en piedra a los humanos, de tu sangre nació Pegaso y Crisaor. Incluso coral rojo ha nacido en el mar cuando tu sangre ha caído al agua. De algo tan horrible como tú han nacido cosas preciosas. Y más aún, tu sangre es prodigiosa. La sangre de tu vena izquierda es un veneno mortal, pero la de tu vena derecha puede incluso resucitar a los muertos. Debo guardar este trofeo a gran recaudo. Por horrenda que seas, eres un arma mortal.

¿Y si pongo tu cabeza en mi escudo? Sí, un arma perfecta. No habrá rival que ose hacerme frente. Ah, Medusa. Fuiste tan bella, y ahora sólo eres un monstruo que va a servirme de arma. Pero tenías razón. Nadie va a olvidarte, yo misma me encargaré de que todos conozcan tu historia. Todas las generaciones futuras te temerán. Supongo que tu maldición en parte surgió efecto. Mientras muchos te juzgaran como la bruja gorgona, otros tal vez escucharán tu historia verdadera. ¿Eso querías no? Que sepan que fuiste humana, que yo te castigué. Tal vez incluso que sientan pena por ti, tal vez incluso que te vean como una mujer fuerte a la que admirar. Un icono de mujer independiente, maltratada y juzgada de manera injusta y cruel.

No puedo sino sonreír. Medusa, mi pequeña e ingenua Medusa. ¿Querías que me odiasen por haberte castigado por haber sido atacada y violada? ¿Que jamás otra mujer fuera tratada con tanta injusticia? ¿No estarías sobrevalorando a la humanidad? ¿No aprendiste nada de mi castigo? El mundo no es justo. Los humanos no son justos. Pero quién sabe. Tal vez, en algún día muy, muy lejano, tu tormento llegará a su fin.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito de Medusa.