La leyenda del amor eterno: el halcón y el águila

 

Cuentan que era una pareja para envidiar. El guerrero más bravo y la joven más bella. Así es como nos llamaban en el poblado. Eran jóvenes, impacientes, tenían la bendición de todos para casarse y, lo más importante, danzaban con intensidad el baile del amor.

En una noche estrellada, poco después de hacer oficial su compromiso, ella se agarró a su brazo y susurró con dulzura:

– ¿Te has fijado? Los mayores… con el tiempo dejan de mostrar su amor.- Él la miraba atentamente, absorto en la profundidad de sus ojos oscuros.- Con la convivencia se acostumbran uno al otro… creo que por eso dejan de amarse… o mejor dicho empiezan a dar por sentado que el otro siempre estará ahí. Quiero que nuestra alianza sea eterna… de verdad.

– Pero eso no nos pasará a nosotros.- Respondió con seguridad mientras acariciaba su rostro, no sin pasar por alto la sombra de la duda en ella.- ¿Acaso temes que nos convirtamos en una pareja así?

Ella asintió con la cabeza mientras se agarraba un poco más fuerte a su amado. Él besó su pelo y  se quedaron así varios segundos, en silencio, aspirando el aroma del otro, hasta que decidieron que en la mañana siguiente visitarían al anciano brujo de su tribu.

– ¿Qué os trae aquí hijos míos? ¿Cómo  puedo ayudaros?- Dijo el brujo al ver entrar la joven pareja tomados de la mano.

– Queremos hacer nuestro amor eterno, queremos que nuestra alianza jamás se pueda romper.

– Entiendo… entonces tengo la solución para vosotros.- Ambos esbozaron una sonrisa genuina.- Tú, joven guerrero, irás a las montañas del norte, subirás la cima más alta y cuando llegues ahí cazarás al halcón más vigoroso, el más valiente, el más fuerte de todos. Cázalo y tráelo vivo aquí.- Luego la miró a ella, se acercó y agarró una de sus manos con gentileza.- Y tú, hermosa muchacha, irás a las montañas del sur. Buscarás en la cordillera más grande el águila más cazadora, la que vuele más alto y de mirada más profunda. Tú sola debes cazarla y traerla viva hasta aquí.- Soltó su mano y tras separarse unos pasos se sentó al suelo, cogió sus runas con una mano y tras mecerlas las tiró al suelo.- Ambos debéis regresar con las aves vivas, entonces haré que vuestra unión sea eterna.

Así fue como ambos se prepararon, no sin cierto miedo, pues no sabían cuánto tardarían en reencontrarse. Pero jóvenes e impetuosos como eran partieron, él al norte, ella al sur. Ambos con la ilusión y la promesa de regresar con las aves. Y pasados varios días la joven pareja regresó al poblado. Él con su halcón, ella con águila, regresaron a ver el brujo.

– Veo que habéis conseguido el objetivo.- Los recibió el anciano brujo, sentado delante del fuego e haciendo señas para que se acercaran.

– Sí, ¿qué debemos hacer con ellas?

– Son hermosas y fuertes estas aves, ¿verdad?- Miró fijamente a los enamorados.

– Sí, éste era el halcón más vigoroso, el más fuerte. Me costó mucho cazarlo.- Respondió él bravo guerrero, hinchando el pecho con la arrogancia de su juventud.

– Y ésta es el águila que volaba más alto, la que mejor surcaba los cielos, más alto y más rápido.- Prosiguió la hermosa muchacha, con la dulzura y determinación que la hacían tan única.

– Muy bien, ahora quiero que las atéis una a la otra por una pata y las dejéis moverse a su aire.- Se miraron confusos, pero lo hicieron. Ataron la pata derecha del halcón con la izquierda del águila y luego, con cuidado, las soltaron. Ambas aves intentaron levantar el vuelo, pero con las patas atadas se estorbaban, no podían. Se tropezaban, revolcaban por el suelo y dañaban una a la otra. Entonces fue cuando el brujo atrapó de nuevo a las aves para separarlas y dejarlas volar, ahora sí, con total libertad.- ¿Visteis que pasó con las aves? Atadas una a la otra eran incapaces de volar, a pesar de ser las mejores aves, las más fuertes, vigorosas y rápidas cuando estaban solas en la montaña. Este es el conjuro que os doy para el amor eterno.

“Que vuestra alianza no sea atadura para ninguno, sino fuerza y aliento para crecer y mejorar como personas. Que vuestro amor no os cree dependencias, sino que manifieste el cariño y la solidaridad de quienes comparten el mismo pan. Respetaros como personas y dejar que cada uno pueda volar libremente para ir aprendiendo a volar juntos por el ancho cielo. Si actuáis así, vuestro amor podrá ser realmente eterno porque nunca será una limitación, sino un estímulo para que cada uno pueda crecer. Si queréis que vuestro amor sea inmortal, no ahoguéis con vuestro abrazo la libertad del otro y que vuestro pacto sea siempre de mutuo crecimiento. Que vuestro amor os de fuerzas para volar muy alto como las águilas en el cielo, trazando círculos juntos pero sabiendo volar en solitario y sin miedo. Sólo así vuestro amor podrá ser realmente eterno, porque no solo será alimento y gozo para el cuerpo, sino fuerza para vuestro espíritu.”

El tapiz de Skuld

Adaptación de una leyenda de los indios Sioux