Orihime y Hikoboshi: la leyenda de Tanabata

La princesa

Se acerca la noche que hemos estado esperando durante un año. No importa que llevemos miles de años así, jamás me acostumbro a ello, a los nervios que me causa saber que cuando se haga la noche por fin me reuniré contigo. Mil dudas me acechan durante estos minutos. Tengo tanto que contarte, tanto que preguntarte, tantas ganas de verte y tanto miedo de afrontar la realidad.

Recuerdo como si fuera ayer cuando padre nos castigó. Hikoboshi, ¿lo recuerdas también? Mientras vivimos separados por un universo de estrellas, ¿piensas en como nos conocimos? Yo me dirigía al telar, a preparar los vestidos de padre y entonces te vi, vigilando tus bueyes pastar. Me pregunto si te intimidaste ante mi presencia la primera vez. Un humilde pastor frente a la hija del Rey Celestial. No pudimos remediarlo, en seguida supimos que nos amaríamos eternamente. Al principio nos veíamos en secreto, finalmente padre nos casó. Todo iba tan bien… Y míranos ahora, separados por el Río Amanogawa, brillando en el cielo nocturno, sin poder vernos, acariciarnos ni hablarnos. Padre dijo que lo merecíamos por haber descuidado nuestras tareas, pero que nos permitiría vernos una noche al año. Es un destino triste. Es cruel.

Mientras me paso los días y las noches tejiendo me pregunto si te arrepientes. ¿Te arrepientes de haberme amado? ¿Verme una noche al año hace que tu sufrimiento desaparezca, ni que sea un poco? Yo sé que para mí es suficiente, que nada más ver tu sonrisa se disiparán todos mis nervios y miedos. Me llevo las manos al pecho y puedo escuchar mi corazón latir con nerviosismo. Pronto desaparecerán los últimos rayos de luz, pronto podremos cruzar el río y encontrarnos. Hikoboshi, ¿me sonreirás también este año?

Escucho las urracas, ya están empezando a crear el puente. Sin dudarlo salgo corriendo hacia ti.

El pastor

Orihime. Orihime. Me gusta repetir tu nombre. He perdido la cuenta de los milenios que llevamos con esta condena. Cientos de noches en el cielo, separados por las estrellas, esperando. Esperando la noche en la que ambos cruzaremos el río y nos reencontraremos.

Mientras veo los últimos rayos de sol desaparecer no puedo dejar de sonreír. Conozco tus miedos, cada año son los mismos, y son mutuos. Pero no puedo hacer más que confiar. Nada más desaparece el último rayo de sol me lanzo corriendo hacia el puente de urracas que acuden a nuestra ayuda cada año, corriendo hacia dónde sé que estás. Una vez empieza la noche no puedo perder ni un segundo.

Y ahí estás, radiante. Puedo ver que corriste a mi encuentro, pues ambos tenemos la respiración agitada.

– Princesa Orihime.- Hago una reverencia, pero antes de acabarla te lanzas a mis brazos. Te abrazo con fuerza y no puedo evitar sonreír. Me reconforta percatar que tu aroma no ha cambiado, tu pelo sigue desprendiendo el mismo aroma dulce. Pronuncio una vez más tu nombre, esta vez sin rangos. Respondes pronunciando mi nombre. No hay lágrimas como las primeras veces, te has vuelto más fuerte, y yo también. Poco a poco nos separamos y tenemos el mismo acto reflejo, acariciar el rostro del otro. Sonrío, sonríes, y eso me hace sonreír más. Veo en tus ojos, esos ojos tan profundos, que tienes tantas cosas que contarme, y seguro que tu ves lo mismo en los míos. Pero un año es demasiado tiempo para condensarlo en una noche. Es algo que hemos aprendido con el pasar de los milenios. Hemos aprendido a expresarnos con caricias, besos y sonrisas, con el menor número de palabras posibles, pues la noche no tiene segundos suficientes para pronunciar todas las palabras que desearíamos.

Esta es nuestra noche, y la llama de nuestro amor arderá del mismo modo que mañana arderán todos  los deseos escritos en papel y colgados en las cañas de bambú. Esta es nuestra noche, y hasta que no salga el primer rayo de sol pienso amarte con todas mis fuerzas.

De algún modo hemos aprendido a leernos la mente, a comunicarnos con miradas. Me besas la mejilla con esa dulzura tan característica tuya y entonces demuestras tu capacidad de leer mis pensamientos. Mientras me rodeas la cabeza obligándome a apoyarme contra tu pecho susurras a mi oído.

– Jamás lo dudes, ni un universo de estrellas, ni cientos de noches sin vernos harán que deje de amarte.

Esta es nuestra noche, y una vez salga el primer rayo de sol y nos separemos me seguiré sintiendo afortunado. Pues aunque estemos separados, compartimos el mismo cielo estrellado.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito japonés de Tanabata.

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