La leyenda de Garajonay

Parte 1

Todos conocían Los Chorros de Epina y sus poderes. Siete chorros de los que emanaba agua mágica. El agua no sólo regalaba virtudes, también revelaba el futuro en el amor. Las historias decían que si al mirarte al agua ésta era cristalina, el amor llegaría; pero si el agua se volvía turbia poco había que esperar.

En esa misma mañana, cercana a las fiestas de Beñesmén, Gara, princesa de Agulo, y otras jóvenes se disponían a acercarse al sitio mágico. Entre risas y chismes, las jóvenes esperaban recibir un reflejo nítido y claro de su imagen en el agua, un presagio de amor. Algo que les permitiera soñar en un futuro amor ideal.

– Princesa, es su turno, acérquese al agua.- Una de las jóvenes sonrió mientras hacía hueco para que la princesa se acercara a ver su reflejo. Gara se acercó, con el corazón encogido. Cerró un segundo los ojos con fuerza y despacio abrió uno de los ojos para mirar su reflejo.

– ¿Y bien? ¿Qué ves princesa?- Preguntó otra de las chicas al instante, con las mejillas sonrosadas, aún con la emoción de haberse visto a si misma en aguas claras y limpias.

– El agua está tranquila, es clara.- Gara suspiró aliviada, aún con un ojo cerrado. Se disponía a sonreír cuando de repente las aguas empezaron a devolverle una imagen oscura, sombría y agitada. Abrió ambos ojos a la par y dio un paso atrás con el corazón tan agitado como el reflejo que percibía.- No… No.- Sin decir nada más giró y salió a paso acelerado hacia la ciudad, dejando atrás las demás jóvenes con rostros de confusión.- Necesito hablar con Gerián.- Murmuraba para si misma acelerando cada vez más el paso en busca del anciano sabio. Antes de darse cuenta estaba corriendo de vuelta a la ciudad, flechada, directa a casa del sabio. Al llegar llamó la puerta, y sin esperar respuesta entró agitada en su casa. Aliviada al ver que se encontraba allí suspiró y se llevó una mano al corazón.- Oh Gerián, suerte que lo encuentro… necesito vuestra ayuda.

– ¿Princesa Gara?- Parpadeó un par de veces, confuso por la repentina incursión pero dejó lo que tenía entre manos y se acercó a ella, ofreciéndole las manos como soporte de consolación, pues veía la agonía en el rostro de la princesa.- ¿Qué sucede pequeña?

– Nos acercamos a Los Chorros de Epina… vi mi reflejo… primero era claro y nítido pero luego… se volvió sombrío, agitado, el agua estaba enturbiada… ¿Qué significa eso?

– Ah… – El sabio suspiró y ofreció una palmada suave en las manos de la joven.- Siento ser portador de malas noticias. No puedes evitar lo que viene, lo que tiene que suceder ocurrirá.- Volvió a suspirar y con una mirada fija advirtió a la princesa.- Aunque de calor, alumbre y te atraiga… Huye del fuego, Gara, o el fuego habrá de consumirte. Conoceréis el amor, pero si queréis vivir deberéis ignorarlo.

Gara bajó la vista, triste por el presagio.

Parte 2

Se acercaban ya las vísperas de Beñesmén, y nobles y jóvenes de otras islas llegaron. Entre ellos se encontraba Mencey de Adeje y su hijo, Jonay, un joven apuesto y fuerte.

– ¿Quién es él…?- Susurró Gara a una de sus doncellas, mirando de soslayo a Jonay.

– Jonay de la isla de Achinech.- La dama tapó su boca para cubrir una pequeña risa y observó a su princesa con afecto.- Creo que le gustáis Gara, no deja de mirarla. ¿Es apuesto verdad?

– Lo es.- Presionó los labios en una sonrisa tímida y miró de nuevo a Jonay, esta vez fijamente, sin esconderse. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron directamente por primera vez y la joven sintió como todo a su alrededor se congelaba por unos segundos que se convirtieron en una eternidad. Atrapada completamente en los ojos de Jonay no volvió a ser consciente hasta que notó a su dama codear con suavidad su brazo y los susurros de ella, avisándola de que Jonay se acercaba a ellas.

– Permitidme presentarme. Soy Jonay, príncipe de la isla de Achinech.- Se inclinó en una elegante reverencia, sin apartar sus ojos de Gara.- ¿Me daríais el honor de conocer su nombre?

– Gara, princesa de Agulo.- Devolvió una reverencia con igual elegancia y con una enorme sonrisa en el rostro.- Bienvenido a nuestra isla, espero que disfrutéis de las fiestas de Beñesmén.

Como si se tratara de dos piezas de puzzle que encajaban a la perfección, Gara y Jonay pasaron cada instante de las fiestas juntos, atrapados en un amor desenfrenado, intenso e irremediable. ¿Tal vez Gerián se habría equivocado? ¿Tal vez las aguas no le dieron el presagio correcto? Gara no dejaba de hacerse esas preguntas, intentando convencerse a si misma que el amor que sentía por Jonay no podía acarrear nada fatal.

Así pues, no tardaron muchos días en decidir hacer su compromiso público. Sin embargo, la advertencia del sabio Gerián, ese presagio que había intentado ignorar y fingir desconocer, en seguida cayó sobre los hombros de Gara. Poco, muy poco después de propagar la feliz noticia, el Teide, entonces conocido como Echeyde (infierno) empezó a escupir lava y fuego con la mayor intensidad que cualquier habitante podía recordar. Un aterrador espectáculo que heló la sangre de todos los isleños. Ante semejante horror, Gara agarró con fuerza las manos de Jonay, y con ojos apenados le explicó la advertencia del sabio.

– Mi amor, Gerián dijo que debía escapar del fuego… evitarlo. Yo soy Gara, princesa del lugar del agua… y tú, Jonay, eres puro fuego, procedes de la isla del infierno. Si seguimos juntos algo terrible pasará.

– No, no puede ser.- Jonay negó con la cabeza, negándose a aceptar esa realidad.- ¿Cómo puede algo tan puro como lo que siento por ti hacer mal a alguien?

¡Mira esto!- Gara señaló con una de las manos el fuego y el humo que salían del volcán, con los ojos llenos de lágrimas.- Es un mal presagio, nuestro amor es imposible… eso creen nuestros padres. Jamás nos van a dejar estar juntos.- Se abrazaron fuerte por última vez, pues ambos sabían que sus padres se negaban a tolerar su relación y los obligarían a separarse.

Y así fue como acabadas las fiestas, separada la unión de los amantes y con el volcán apaciguado, loa nobles regresaron a sus islas. Sin embargo uno de ellos, Jonay, regresaba con el alma vacía y el corazón quebrado.

Parte 3

Jonay suspiró, desde la pequeña llanura situada en la cima del monte miraba hacia la isla de Gara. Volvió a suspirar. Deseaba tanto regresar a su lado, ¿cómo podía estar maldito su amor si era tan puro? Estiró la mano hacia la dirección en la que sabía que estaba Gara. Si pudiese alcanzarla sólo así. Bajó la mirada a las aguas que separaban las islas, y un tercero suspiró se escapó de sus labios. Únicamente tenía que cruzar nadando el mar. Era joven y fuerte, él podía, estaba seguro. Presionó los puños con determinación, se giró para mirar su ciudad una vez y volvió a mirar hacia isla de Gara. Determinado, lleno de coraje. Lo haría, iría a por ella.

Llegada la noche, Jonay se acercó al mar y se ató alrededor de su cintura un par de vejigas de animal infladas, así tendría un soporte para flotar cuando le fallaran las fuerzas. Cogió aire con fuerza y sin dudar ni un instante se lanzó al agua y nadó. Nadó, y nadó. Fue una larga travesía pero no paró ni un momento, únicamente con un pensamiento en su mente: Gara.

Con las primeras luces del sol llegó a la isla de su amada princesa, se deshizo de sus flotadores y furtivamente salió en busca de su amada. Al encontrarse se abrazaron con fuerza, y sin temor alguno ambos salieron corriendo hacia los bosques, escapando del padre de Gara. Estaban decididos a renunciar a todo si así podían estar juntos. ¿Qué más daban los títulos, las riquezas y las posesiones? Si no podían tocarse, si no podían amarse, su vida estaba vacía. Así que corrieron y corrieron hasta que llegaron bajo un cedro y allí, creyéndose estar a salvo de todo, creyéndose haber ganado la batalla contra el destino, se entregaron a la pasión.

Sin embargo, el padre de Gara, ya habiendo descubierto la huida de su hija estaba siguiendo el rastro de la pareja de enamorados, lleno de furia, dispuesto a imponerles un castigo. ¿Cómo osaba su hija desobedecerlo? ¿Y cómo osaba Jonay poner su autoridad en duda? No tardó mucho en encontrar a la pareja de enamorados, su rastro era obvio, pero la visión de su hija desnuda junto a Jonay lo llenó de rabia. Gritó con fuerza, con toda la furia que un rey podía poseer, amenazando a Jonay con quitarle la vida por tal impertinencia. El corazón de Gara dio un salto, sorpresa y presa del pánico al ver la figura de su padre a lo lejos. Pero en seguida notó la calidez de las manos de Jonay en sus mejillas, obligándola a redirigir la mirada hacia él, causando en ella una sensación de paz. Ambos se miraron, hablándose con los ojos. Sabiendo que no existía ninguna solución para ellos, sabiendo que su amor estaba prohibido, sabiendo que no podían vivir el uno sin el otro.

Gara cerró los ojos un segundo, respiró hondo y volvió a observar el rostro de Jonay, mostrándole una enorme sonrisa que él devolvió mientras asentía con la cabeza, conocedor de sus pensamientos. Si no podían estar juntos en vida, en esta vida, tal vez había otro camino. Tal vez en otra vida, en el más allá, si se les permitiría amarse. Gara agarró del suelo una vara de cedro, afilada, y sin temblor alguno colocó una de las puntas sobre su corazón con suavidad, sin dejar de mirarlo a los ojos. Jonay por su lado agarró la otra punta e hizo la misma acción. Sin perder contacto visual, reafirmándose el uno en el otro.

– ¿Qué sentido tiene vivir una vida de maldición? ¿Una vida sin poder amarte?- Murmuró Gara antes de respirar hondo. Sería la última vez que sentiría el placer del aire hinchar sus pulmones.- Te amo.

– Y yo, te amo.- Jonay, aún con una mano en la mejilla de Gara acarició su piel. Sin dejar de mirarse a los ojos se apretaron el uno contra el otro en un último beso, atravesando sus corazones con la vara de cedro, quedando unidos para siempre.

Gara, princesa del agua, y Jonay, príncipe del fuego. Un amor que fue fatal en vida. Pero hoy, en la cumbre más alta de la Gomera, en el Alto de Garajonay, aún se pueden escuchar los susurros de los enamorados. Hay quien dice haber visto a la pareja, corriendo libres como el viento, amándose con la pasión del fuego, mostrando una fortaleza sólida como la tierra, jugando flexibles como el agua. Riendo, amándose, celebrando un amor eterno y etéreo, libre de maldiciones.

El tapiz de Skuld

Adaptación de la leyenda canaria de Garajonay

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