Daven salió de su escondite tras unas horas de silencio. Su madre decidió esconderlo allí, luego ella se fue y ya no volvió a verla más. Caminaba cojeando y despacio a causa de una pequeña herida que habría sufrido durante el asalto. Miró con espanto su alrededor, comprobando que no quedaba ni un rastro de vida en su poblado. La mayoría de casas tenían fuego en sus tejados y los cadáveres de hombres, mujeres y niños se amontonaban por zonas. Entonces vio la que claramente había sido su madre hace tan solo unas horas, su cuerpo tapaba parte de la entrada de su antigua casa, ahora marcada por la sangre que brotaba del cuello de ella.

A Daven le hubiese gustado llorar, pero se sentía tan derrotado que ni siquiera podía. Se acercó a lo que quedaba de su casa y se sentó con cuidado en el suelo, cerca de los pies de su madre. Se abrazó a sus propias piernas, percatándose entonces del frío que hacía y agachó la cabeza, abatido. Lo mejor sería dejarse morir ahí, ¿no? De todos modos, el curandero del poblado llevaba tiempo diciendo que la muerte había posado los ojos en él, que no viviría más allá de este invierno, una pena que alguien tan joven fuera a morir así decía el curandero. ¿No era irónico que ahora fuese el único ser con vida que quedaba en esa zona? Cerró los ojos y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando volvió a despertarse, sobresaltado por el ruido de una cabaña derrumbarse, se percató que ya era entrada la noche. Tosió apenas sin fuerzas, llevándose una mano a los labios, y miró con indiferencia la sangre escupida por él mismo. Las primeras veces que había tosido sangre se había asustado, ahora ya estaba acostumbrado. En el poblado dijeron que estaba maldito, pero a su madre no le había importado, lo había cuidado lo mejor que podía, como si para él hubiese un futuro. Entonces algo llamó la atención de Daven, levantó la cabeza y vio embelesado la aurora boreal, cosa que le sacó una pequeña sonrisa. Siempre le había parecido algo bonito de ver, y jamás la había visto tan cercana como esa noche. Demasiado cercana quizás. Fijó bien la vista y entonces se percató de que algo iba hacia el poblado, era un grupo de nueve chicas, todas montando caballos alados. Eran las Valkirias, lo sabía porque la anciana del pueblo les había contado muchas historias sobre ellas, sobre sus caballos, y sus armaduras brillantes que se confundían con la aurora boreal. Daven presionó los labios algo asustado, ¿por qué las veía? ¿no se supone que sólo los muertos podían verlas? ¿había llegado su momento? Las siguió con la vista, sin parpadear, hasta que estas aterrizaron a la entrada del poblado, dejaron ahí sus caballos y empezaron a pasear entre los muertos, escogiendo las almas de los guerreros que merecían ir al Valhalla. No parecía que les costase, se notaba que estaban acostumbradas a ello. Sin darse cuenta Daven se había puesto de pie, aún cojo, para acercarse un poco a ellas. Eran chicas hermosas, fuertes, desprendían algo que transmitía calma.

Fue entonces cuando una de ellas se giró y se percató de que Daven estaba ahí. Juraría que ella le había mostrado una pequeña sonrisa antes de continuar con su misión. Aquellos escogidos por las Valkirias se separaban en cuerpo y alma, y mientras que el cuerpo permanecía tirado al suelo, el alma ascendía a algún lugar que Daven desconocía, que jamás podría llegar a conocer, pues ni era guerrero ni había muerto en batalla con honor.

Pasaron varios minutos, cada vez quedaban menos cadáveres para la selección, y algo empezó a inquietar a Daven. ¿Y todos aquellos que no estaban siendo escogidos? ¿Qué pasaba con ellos…? La alarma de Daven fue absoluta cuando se percató en que algunas de las Valkirias regresaban a sus caballos, ¿se iban así, sin más? Miró con horror y con los ojos muy abiertos el cadáver de su madre y de vuelta las Valkirias, la misma que antes le había ofrecido una sonrisa volvió a tener contacto visual con él y Daven supo que era el momento. No sabía muy bien qué hacía, solamente se dejó llevar, dio tres pasos torpes y acelerados hacia ella y gritó con las pocas fuerzas que tenía:

– ¡Esperad! ¡No podéis iros así! ¡¿Y mi madre?! – Sin darse cuenta las lágrimas que no habían podido salir antes empezaron a brotar ahora. Todas ellas se giraron para mirarlo, con curiosidad, y con la que había tenido contacto visual se acercó hacía él. Una vez la tuvo justo en frente se percató de lo alta que era. Daven se sintió algo pequeño y absurdo, pero no podía permitir que su madre se quedase ahí, siendo un alma en pena en el mundo de los humanos. Ella se arrodilló para quedar a su altura y sonrió.

– No te preocupes, nosotras no podemos hacernos cargo de ella, pero alguien de gran poder lo hará. – Parecía que de algún modo ella tenía la capacidad de entender los pensamientos del chico.

– ¿Quién? ¿Cuándo? – Daven se frotó los ojos con la palma de la mano y se quedó mirando algo hipnotizado los ojos de aquella chica.

– Tu madre fue una mujer noble, murió dignamente defendiendo vuestro hogar, ella será acogida por la diosa Freya, nosotras ahora estamos aquí para traer a Odín sus guerreros. Pero te prometo que Freya no tardará mucho en reclamar a tu madre y a otras mujeres de aquí.

– ¿Y… qué pasa conmigo…? – Daven preguntó con respeto y miedo. Sabía por los cuentos que solo los muertos, o aquellos que iban a morir, podían ver las Valkirias. Eso lo convertía a él en un casi-muerto. Ella lo miró unos segundos, y Daven se preguntó por qué el rostro de ella rozaba casi la inexpresión. Solo le había parecido verla sonreír hace rato, pero a pesar de transmitir calma, su rostro no expresaba nada.

– Tú irás con Hella, los muertos por enfermedad van con ella. No podrás ver más a tu madre, pero vas a estar bien, créeme. – Daven la miró con terror, ¿cómo podía decirle que iba a estar bien? Había escuchado solamente historias terroríficas sobre Hella, la diosa de los muertos. Sintió que el corazón se le aceleraba y volvió a toser sangre hacia el suelo. Alzó la cabeza para volver a mirar a la Valkiria, ella no se turbaba, lo seguía mirando con la misma convicción de calma, y de nuevo, como si leyese la mente del chico, ella puso una mano en su hombro y repitió – Vas a estar bien, no tengas miedo, ella es justa con los buenos. – La Valkiria se incorporó, dando por zanjado el tema, se dio la vuelta para regresar con el resto de su grupo y sin dudarlo se montó a su caballo alado para partir. Ahora Daven se había quedado solo.

Se había quedado petrificado, de pie, como una estatua viendo a las Valkirias partir. Presionó los labios y se frotó los brazos con las manos, dándose cuenta de nuevo del frío que sentía. Miró a su alrededor, perdido, sintiéndose aún más solo al saber que la mayoría de los hombres que yacían estaban ya sin alma. Volvió cerca del cuerpo de su madre y volvió a sentarse, sin saber qué hacer, ni a donde ir. Si Hella iba a buscarlo, tampoco importaba mucho a dónde se fuera. Nuevamente cerró los ojos, pues se sentía agotado, hasta quedarse dormido otra vez.

Daven abrió los ojos al sentir la presencia de alguien en frente de él, alzó la cabeza y soltó un pequeño grito al ver la persona que estaba en frente de él. Se quiso echar atrás, pero la madera de su cabaña se lo impidió. Sin duda esa era Hella. La mujer que tenía enfrente era igualmente hermosa y horrorosa. La mitad de su rostro era bello y joven, con una cabellera blanca y brillante como la luna. La otra mitad de su rostro estaba sumido en la putrefacción, la carne de esa zona desprendía un hedor a muerte. Sus brazos y sus piernas seguían la misma lógica, un lado desprendía vida, el otro era un vivo retrato de la descomposición. Contra todo pronóstico ella sonrió, Daven casi hubiese jurado que lo miraba con compasión. Ofreció al chico la mano viva y escondió con disimulo la mano putrefacta dentro de su túnica, consciente de lo que causaba en el pequeño la visión de la muerte.

– Es hora de que vengas conmigo. – Hella se percató de que Daven miraba de reojo el cuerpo de su madre y sonrió. – No sufras, ella ya no está aquí, Freya vino hace rato a buscarla mientras dormías. Ahora tienes que venir con nosotros.

– ¿Vosotros…? – Daven preguntó con cierto miedo y fue entonces que se dio cuenta que detrás de Hella estaban todos los ancianos y las ancianas del poblado que habían muerto durante el asalto. Hella seguía ofreciendo su mano, y Daven acabó por tomársela. Se sorprendió al notarla cálida, y más aún cuando al levantarse se percató de que ya no le dolía la pierna, ni el pecho, ni le dolía respirar, ni siquiera tenía tos. Miró a Hella con cierto asombro y murmuró. – Ya no me duele… nada.

– Es normal, ya has muerto. – Ella sonrió, con cierta lástima en su mirada, pero con una sonrisa sincera y Daven, inconscientemente, sonrió también. – Vamos.

Ella tiró de la mano de él con suavidad y Daven se preguntó a dónde irían todos ellos, o mejor ¿cómo llegarían a donde tenían que ir? Giró la cabeza mientras andaba, dejándose guiar por la mano de la diosa, para ver a las almas de los ancianos que caminaban detrás de ellos y le sorprendió ver que el cuerpo de él se había quedado atrás, sentado y apoyado contra su cabaña, parecía que estaba durmiendo. Allí murió y allí se quedaría el cuerpo humano hasta que algún animal se lo comiera. Miró de nuevo a Hella, algo contrariado ante la idea de estar muerto y dejar atrás su cadáver. Pero enseguida algo llamó su atención lo suficientemente para dejar de prestar atención a su antiguo cuerpo. Un barco enorme, el más grande que jamás hubiese podido imaginar se asomaba en frente de ellos, y ese barco estaba, inexplicablemente, en tierra. ¿Cómo podía ser? Hella se dirigió hacia el barco, subiendo junto a Daven y todo el séquito de almas que iban detrás de ellos. Y sin que Daven pudiese explicarse cómo, el barco comenzó a moverse, hundiéndose bajo tierra hacia algún lugar desconocido. Tardaron bastante hasta llegar al mundo más profundo del Yggdrasil y en cruzar un río subterráneo enorme. De algún modo supo que ese río marcaba la frontera entre el que sería su nuevo hogar y los otros mundos.

Una vez el barco ancló, cómo si los ancianos supiesen su camino, todos bajaron del barco y se dispersaron por la zona, unos hacia un lado, otros hacia otro. Pero Daven no sabía dónde ir o qué hacer en ese reino desconocido.

– Ven, sígueme. – Hella le hizo un gesto con la mano a la vez que bajaba de ese barco gigantesco.

Daven optó por seguirla, ¿qué más podía hacer? Caminaron un rato en ese nuevo reino, el Hellheim. Pasaron por varios senderos, los cuales tenían desviaciones que nadie sabía hasta donde llegaban, pero se sumían en la oscuridad de algo tenebroso. A veces a Daven le parecía escuchar susurros, gritos en la lejanía. Era un lugar bastante oscuro y frío, pero tampoco le molestaba ya esa sensación. Tras un buen rato cruzando zonas lúgubres llegaron delante unos muros gigantescos, tan altos que ni siquiera los gigantes podrían ver que se asomaba más allá. Hella lo cruzó, junto a varios de los ancianos que se habían dirigido hacia esa misma zona, y Daven, nuevamente sin más opciones cruzó la entrada a esos muros detrás de ellos.

Y ahora, lo que se mostraba delante los ojos del chico era totalmente diferente. Un suspiro de asombro se le escapó a Daven mientras miraba encantado su alrededor. Cómo si hubiesen entrado en un universo paralelo, todo era verde, era un jardín de tamaño descomunal, con frutas, flores, praderas, riachuelos y muchos colores. Entre los diferentes arbustos y árboles se podían divisar otras almas de niños, adultos y ancianos. Al final de ese jardín gigante, o en algún punto que a él se le antojaba lejano, había una especie de castillo y por la sorpresa de Daven un perro enorme, gigante, parecía custodiar su entrada.

– A partir de ahora te quedarás aquí. Aquí es donde os quedáis aquellos que fuisteis inocentes y buenos en vida. Nunca os faltará nada, ni agua, ni comida, ni suelo donde descansar. Podrás hacerte amigo de otros niños y niñas que han llegado aquí por el mismo motivo que tú, podrás escuchar relatos de ancianos y ancianas de mismo modo que hacías en vida, podrás entrenar con los adultos con las espadas si es lo que te gusta. Y si me buscas, ese es mi hogar. – Con un gesto elegante Hella señaló el imponente castillo. – No sufras por Garm, es mi perro, está aquí para protegernos a todos, es grande pero jamás te haría daño. Sólo hay un sitio al que no debes ir. – Hella entrecerró los ojos y lo miró con advertencia mientras alzaba un dedo para luego señalar el camino de dónde habían venido. – No vuelvas jamás por el camino que hemos recorrido hoy. No cruces jamás esa puerta hacia el otro lado de esos muros. Más allá de estos muros de hiedras y flores, más allá de este jardín, están los que murieron sin honor, los que no quieren ni Odín, ni Freya, y realmente yo tampoco… Yo solo los acepto porque son una espada más, pero son deshonrosos y desalmados… son los de alma oscura y perversa. Me deben lealtad como su señora que soy, pero no tienen mi simpatía ni empatía. Más allá de esos muros sólo hay castigos, miserias y agonía. Para ellos, yo soy lo que ves – Hella estiró el brazo putrefacto para que la túnica lo dejase al descubierto. – muerte. Para los que estáis aquí soy muerte, sí, pero también algo más. – Alzó el otro brazo, mostrando ahora la parte de ella que era blanca y tersa como las chicas de las mejores casas. – No lo olvides, soy vuestra amiga, pero también soy la diosa de la muerte y vuestras almas me pertenecen.

Daven se giró para mirar el camino que habían recorrido y sintió un pequeño escalofrío al jurar escuchar, nuevamente, gritos de agonía lejos, en algún lugar escondido y más profundo de lo que cualquier humano pudiese imaginar. Volvió a encararse hacia Hella para darse cuenta que ella había empezado a encaminarse hacia su castillo, pero como si supiera que Daven la observaba, se detuvo un segundo, se giró levemente hacia él mostrándole la parte del rostro putrefacta y sonrió antes de retomar su camino. Daven se quedó unos segundos viendo como ella se alejaba por el camino, hasta que finalmente sonrió al percatarse que todos los que se cruzaban con ella en ese asombroso jardín le sonreían y le mostraban reverencias de respeto. De repente le pareció que entendía perfectamente porqué Hella era mitad vida y mitad muerte, y pensó que en el mundo humano no se hablaba con justicia de la diosa. De ella sólo contaban lo tenebroso, lo horrible y temeroso, la muerte. Pero nadie hablaba de su otra cara ¿verdad? De que no era diferente de otros dioses, ni más injusta, ni más bondadosa, pero tal vez si era un poco más humana en su corazón. Hella ofrecía dos destinos a los que acababan en su reino, a cuál fueras tú, dependía de tus actos en vida. Entendió lo absurdo que era tener miedo a la muerte, pues todos morían, pero Hella, a diferencia de Odín y Freya, los aceptaba a todos, no pedía que fueran mujeres nobles, mujeres vírgenes, ni valerosos caballeros. Cualquiera era bienvenido en su reino, lo que no era igual era el trato personal que ofrecía la diosa, ni las comodidades que brindaba. Entendió por qué todas aquellas almas la respetaban. Ella era su dueña, sí, pero le daba la opción de disfrutar de un modo que no había podido en vida, hasta que llegase el día del Ragnarok.

Unas risas lo distrajeron de sus pensamientos, miró hacia su izquierda y vio a 2 niños y una niña que parecían tener su edad, jugando y corriendo entre los árboles. Uno de ellos se detuvo en seco al ver a Daven y con aspavientos saludó mientras gritaba “¡Ven!”. Daven sonrió más aún y salió corriendo hacia ellos, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía fuerzas para correr? ¿Qué no podía reírse sin preocupaciones? Mientras jugaba con sus nuevos amigos lo tuvo claro, él serviría a Hella hasta el mismísimo Ragarok.

Relato inventado por El tapiz de Skuld