Hella, la diosa de la muerte

Daven salió de su escondite tras unas horas de silencio. Su madre decidió esconderlo allí, luego ella se fue y ya no volvió a verla más. Caminaba cojeando y despacio a causa de una pequeña herida que habría sufrido durante el asalto. Miró con espanto su alrededor, comprobando que no quedaba ni un rastro de vida en su poblado. La mayoría de casas tenían fuego en sus tejados y los cadáveres de hombres, mujeres y niños se amontonaban por zonas. Entonces vio la que claramente había sido su madre hace tan solo unas horas, su cuerpo tapaba parte de la entrada de su antigua casa, ahora marcada por la sangre que brotaba del cuello de ella.

A Daven le hubiese gustado llorar, pero se sentía tan derrotado que ni siquiera podía. Se acercó a lo que quedaba de su casa y se sentó con cuidado en el suelo, cerca de los pies de su madre. Se abrazó a sus propias piernas, percatándose entonces del frío que hacía y agachó la cabeza, abatido. Lo mejor sería dejarse morir ahí, ¿no? De todos modos, el curandero del poblado llevaba tiempo diciendo que la muerte había posado los ojos en él, que no viviría más allá de este invierno, una pena que alguien tan joven fuera a morir así decía el curandero. ¿No era irónico que ahora fuese el único ser con vida que quedaba en esa zona? Cerró los ojos y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando volvió a despertarse, sobresaltado por el ruido de una cabaña derrumbarse, se percató que ya era entrada la noche. Tosió apenas sin fuerzas, llevándose una mano a los labios, y miró con indiferencia la sangre escupida por él mismo. Las primeras veces que había tosido sangre se había asustado, ahora ya estaba acostumbrado. En el poblado dijeron que estaba maldito, pero a su madre no le había importado, lo había cuidado lo mejor que podía, como si para él hubiese un futuro. Entonces algo llamó la atención de Daven, levantó la cabeza y vio embelesado la aurora boreal, cosa que le sacó una pequeña sonrisa. Siempre le había parecido algo bonito de ver, y jamás la había visto tan cercana como esa noche. Demasiado cercana quizás. Fijó bien la vista y entonces se percató de que algo iba hacia el poblado, era un grupo de nueve chicas, todas montando caballos alados. Eran las Valkirias, lo sabía porque la anciana del pueblo les había contado muchas historias sobre ellas, sobre sus caballos, y sus armaduras brillantes que se confundían con la aurora boreal. Daven presionó los labios algo asustado, ¿por qué las veía? ¿no se supone que sólo los muertos podían verlas? ¿había llegado su momento? Las siguió con la vista, sin parpadear, hasta que estas aterrizaron a la entrada del poblado, dejaron ahí sus caballos y empezaron a pasear entre los muertos, escogiendo las almas de los guerreros que merecían ir al Valhalla. No parecía que les costase, se notaba que estaban acostumbradas a ello. Sin darse cuenta Daven se había puesto de pie, aún cojo, para acercarse un poco a ellas. Eran chicas hermosas, fuertes, desprendían algo que transmitía calma.

Fue entonces cuando una de ellas se giró y se percató de que Daven estaba ahí. Juraría que ella le había mostrado una pequeña sonrisa antes de continuar con su misión. Aquellos escogidos por las Valkirias se separaban en cuerpo y alma, y mientras que el cuerpo permanecía tirado al suelo, el alma ascendía a algún lugar que Daven desconocía, que jamás podría llegar a conocer, pues ni era guerrero ni había muerto en batalla con honor.

Pasaron varios minutos, cada vez quedaban menos cadáveres para la selección, y algo empezó a inquietar a Daven. ¿Y todos aquellos que no estaban siendo escogidos? ¿Qué pasaba con ellos…? La alarma de Daven fue absoluta cuando se percató en que algunas de las Valkirias regresaban a sus caballos, ¿se iban así, sin más? Miró con horror y con los ojos muy abiertos el cadáver de su madre y de vuelta las Valkirias, la misma que antes le había ofrecido una sonrisa volvió a tener contacto visual con él y Daven supo que era el momento. No sabía muy bien qué hacía, solamente se dejó llevar, dio tres pasos torpes y acelerados hacia ella y gritó con las pocas fuerzas que tenía:

– ¡Esperad! ¡No podéis iros así! ¡¿Y mi madre?! – Sin darse cuenta las lágrimas que no habían podido salir antes empezaron a brotar ahora. Todas ellas se giraron para mirarlo, con curiosidad, y con la que había tenido contacto visual se acercó hacía él. Una vez la tuvo justo en frente se percató de lo alta que era. Daven se sintió algo pequeño y absurdo, pero no podía permitir que su madre se quedase ahí, siendo un alma en pena en el mundo de los humanos. Ella se arrodilló para quedar a su altura y sonrió.

– No te preocupes, nosotras no podemos hacernos cargo de ella, pero alguien de gran poder lo hará. – Parecía que de algún modo ella tenía la capacidad de entender los pensamientos del chico.

– ¿Quién? ¿Cuándo? – Daven se frotó los ojos con la palma de la mano y se quedó mirando algo hipnotizado los ojos de aquella chica.

– Tu madre fue una mujer noble, murió dignamente defendiendo vuestro hogar, ella será acogida por la diosa Freya, nosotras ahora estamos aquí para traer a Odín sus guerreros. Pero te prometo que Freya no tardará mucho en reclamar a tu madre y a otras mujeres de aquí.

– ¿Y… qué pasa conmigo…? – Daven preguntó con respeto y miedo. Sabía por los cuentos que solo los muertos, o aquellos que iban a morir, podían ver las Valkirias. Eso lo convertía a él en un casi-muerto. Ella lo miró unos segundos, y Daven se preguntó por qué el rostro de ella rozaba casi la inexpresión. Solo le había parecido verla sonreír hace rato, pero a pesar de transmitir calma, su rostro no expresaba nada.

– Tú irás con Hella, los muertos por enfermedad van con ella. No podrás ver más a tu madre, pero vas a estar bien, créeme. – Daven la miró con terror, ¿cómo podía decirle que iba a estar bien? Había escuchado solamente historias terroríficas sobre Hella, la diosa de los muertos. Sintió que el corazón se le aceleraba y volvió a toser sangre hacia el suelo. Alzó la cabeza para volver a mirar a la Valkiria, ella no se turbaba, lo seguía mirando con la misma convicción de calma, y de nuevo, como si leyese la mente del chico, ella puso una mano en su hombro y repitió – Vas a estar bien, no tengas miedo, ella es justa con los buenos. – La Valkiria se incorporó, dando por zanjado el tema, se dio la vuelta para regresar con el resto de su grupo y sin dudarlo se montó a su caballo alado para partir. Ahora Daven se había quedado solo.

Se había quedado petrificado, de pie, como una estatua viendo a las Valkirias partir. Presionó los labios y se frotó los brazos con las manos, dándose cuenta de nuevo del frío que sentía. Miró a su alrededor, perdido, sintiéndose aún más solo al saber que la mayoría de los hombres que yacían estaban ya sin alma. Volvió cerca del cuerpo de su madre y volvió a sentarse, sin saber qué hacer, ni a donde ir. Si Hella iba a buscarlo, tampoco importaba mucho a dónde se fuera. Nuevamente cerró los ojos, pues se sentía agotado, hasta quedarse dormido otra vez.

Daven abrió los ojos al sentir la presencia de alguien en frente de él, alzó la cabeza y soltó un pequeño grito al ver la persona que estaba en frente de él. Se quiso echar atrás, pero la madera de su cabaña se lo impidió. Sin duda esa era Hella. La mujer que tenía enfrente era igualmente hermosa y horrorosa. La mitad de su rostro era bello y joven, con una cabellera blanca y brillante como la luna. La otra mitad de su rostro estaba sumido en la putrefacción, la carne de esa zona desprendía un hedor a muerte. Sus brazos y sus piernas seguían la misma lógica, un lado desprendía vida, el otro era un vivo retrato de la descomposición. Contra todo pronóstico ella sonrió, Daven casi hubiese jurado que lo miraba con compasión. Ofreció al chico la mano viva y escondió con disimulo la mano putrefacta dentro de su túnica, consciente de lo que causaba en el pequeño la visión de la muerte.

– Es hora de que vengas conmigo. – Hella se percató de que Daven miraba de reojo el cuerpo de su madre y sonrió. – No sufras, ella ya no está aquí, Freya vino hace rato a buscarla mientras dormías. Ahora tienes que venir con nosotros.

– ¿Vosotros…? – Daven preguntó con cierto miedo y fue entonces que se dio cuenta que detrás de Hella estaban todos los ancianos y las ancianas del poblado que habían muerto durante el asalto. Hella seguía ofreciendo su mano, y Daven acabó por tomársela. Se sorprendió al notarla cálida, y más aún cuando al levantarse se percató de que ya no le dolía la pierna, ni el pecho, ni le dolía respirar, ni siquiera tenía tos. Miró a Hella con cierto asombro y murmuró. – Ya no me duele… nada.

– Es normal, ya has muerto. – Ella sonrió, con cierta lástima en su mirada, pero con una sonrisa sincera y Daven, inconscientemente, sonrió también. – Vamos.

Ella tiró de la mano de él con suavidad y Daven se preguntó a dónde irían todos ellos, o mejor ¿cómo llegarían a donde tenían que ir? Giró la cabeza mientras andaba, dejándose guiar por la mano de la diosa, para ver a las almas de los ancianos que caminaban detrás de ellos y le sorprendió ver que el cuerpo de él se había quedado atrás, sentado y apoyado contra su cabaña, parecía que estaba durmiendo. Allí murió y allí se quedaría el cuerpo humano hasta que algún animal se lo comiera. Miró de nuevo a Hella, algo contrariado ante la idea de estar muerto y dejar atrás su cadáver. Pero enseguida algo llamó su atención lo suficientemente para dejar de prestar atención a su antiguo cuerpo. Un barco enorme, el más grande que jamás hubiese podido imaginar se asomaba en frente de ellos, y ese barco estaba, inexplicablemente, en tierra. ¿Cómo podía ser? Hella se dirigió hacia el barco, subiendo junto a Daven y todo el séquito de almas que iban detrás de ellos. Y sin que Daven pudiese explicarse cómo, el barco comenzó a moverse, hundiéndose bajo tierra hacia algún lugar desconocido. Tardaron bastante hasta llegar al mundo más profundo del Yggdrasil y en cruzar un río subterráneo enorme. De algún modo supo que ese río marcaba la frontera entre el que sería su nuevo hogar y los otros mundos.

Una vez el barco ancló, cómo si los ancianos supiesen su camino, todos bajaron del barco y se dispersaron por la zona, unos hacia un lado, otros hacia otro. Pero Daven no sabía dónde ir o qué hacer en ese reino desconocido.

– Ven, sígueme. – Hella le hizo un gesto con la mano a la vez que bajaba de ese barco gigantesco.

Daven optó por seguirla, ¿qué más podía hacer? Caminaron un rato en ese nuevo reino, el Hellheim. Pasaron por varios senderos, los cuales tenían desviaciones que nadie sabía hasta donde llegaban, pero se sumían en la oscuridad de algo tenebroso. A veces a Daven le parecía escuchar susurros, gritos en la lejanía. Era un lugar bastante oscuro y frío, pero tampoco le molestaba ya esa sensación. Tras un buen rato cruzando zonas lúgubres llegaron delante unos muros gigantescos, tan altos que ni siquiera los gigantes podrían ver que se asomaba más allá. Hella lo cruzó, junto a varios de los ancianos que se habían dirigido hacia esa misma zona, y Daven, nuevamente sin más opciones cruzó la entrada a esos muros detrás de ellos.

Y ahora, lo que se mostraba delante los ojos del chico era totalmente diferente. Un suspiro de asombro se le escapó a Daven mientras miraba encantado su alrededor. Cómo si hubiesen entrado en un universo paralelo, todo era verde, era un jardín de tamaño descomunal, con frutas, flores, praderas, riachuelos y muchos colores. Entre los diferentes arbustos y árboles se podían divisar otras almas de niños, adultos y ancianos. Al final de ese jardín gigante, o en algún punto que a él se le antojaba lejano, había una especie de castillo y por la sorpresa de Daven un perro enorme, gigante, parecía custodiar su entrada.

– A partir de ahora te quedarás aquí. Aquí es donde os quedáis aquellos que fuisteis inocentes y buenos en vida. Nunca os faltará nada, ni agua, ni comida, ni suelo donde descansar. Podrás hacerte amigo de otros niños y niñas que han llegado aquí por el mismo motivo que tú, podrás escuchar relatos de ancianos y ancianas de mismo modo que hacías en vida, podrás entrenar con los adultos con las espadas si es lo que te gusta. Y si me buscas, ese es mi hogar. – Con un gesto elegante Hella señaló el imponente castillo. – No sufras por Garm, es mi perro, está aquí para protegernos a todos, es grande pero jamás te haría daño. Sólo hay un sitio al que no debes ir. – Hella entrecerró los ojos y lo miró con advertencia mientras alzaba un dedo para luego señalar el camino de dónde habían venido. – No vuelvas jamás por el camino que hemos recorrido hoy. No cruces jamás esa puerta hacia el otro lado de esos muros. Más allá de estos muros de hiedras y flores, más allá de este jardín, están los que murieron sin honor, los que no quieren ni Odín, ni Freya, y realmente yo tampoco… Yo solo los acepto porque son una espada más, pero son deshonrosos y desalmados… son los de alma oscura y perversa. Me deben lealtad como su señora que soy, pero no tienen mi simpatía ni empatía. Más allá de esos muros sólo hay castigos, miserias y agonía. Para ellos, yo soy lo que ves – Hella estiró el brazo putrefacto para que la túnica lo dejase al descubierto. – muerte. Para los que estáis aquí soy muerte, sí, pero también algo más. – Alzó el otro brazo, mostrando ahora la parte de ella que era blanca y tersa como las chicas de las mejores casas. – No lo olvides, soy vuestra amiga, pero también soy la diosa de la muerte y vuestras almas me pertenecen.

Daven se giró para mirar el camino que habían recorrido y sintió un pequeño escalofrío al jurar escuchar, nuevamente, gritos de agonía lejos, en algún lugar escondido y más profundo de lo que cualquier humano pudiese imaginar. Volvió a encararse hacia Hella para darse cuenta que ella había empezado a encaminarse hacia su castillo, pero como si supiera que Daven la observaba, se detuvo un segundo, se giró levemente hacia él mostrándole la parte del rostro putrefacta y sonrió antes de retomar su camino. Daven se quedó unos segundos viendo como ella se alejaba por el camino, hasta que finalmente sonrió al percatarse que todos los que se cruzaban con ella en ese asombroso jardín le sonreían y le mostraban reverencias de respeto. De repente le pareció que entendía perfectamente porqué Hella era mitad vida y mitad muerte, y pensó que en el mundo humano no se hablaba con justicia de la diosa. De ella sólo contaban lo tenebroso, lo horrible y temeroso, la muerte. Pero nadie hablaba de su otra cara ¿verdad? De que no era diferente de otros dioses, ni más injusta, ni más bondadosa, pero tal vez si era un poco más humana en su corazón. Hella ofrecía dos destinos a los que acababan en su reino, a cuál fueras tú, dependía de tus actos en vida. Entendió lo absurdo que era tener miedo a la muerte, pues todos morían, pero Hella, a diferencia de Odín y Freya, los aceptaba a todos, no pedía que fueran mujeres nobles, mujeres vírgenes, ni valerosos caballeros. Cualquiera era bienvenido en su reino, lo que no era igual era el trato personal que ofrecía la diosa, ni las comodidades que brindaba. Entendió por qué todas aquellas almas la respetaban. Ella era su dueña, sí, pero le daba la opción de disfrutar de un modo que no había podido en vida, hasta que llegase el día del Ragnarok.

Unas risas lo distrajeron de sus pensamientos, miró hacia su izquierda y vio a 2 niños y una niña que parecían tener su edad, jugando y corriendo entre los árboles. Uno de ellos se detuvo en seco al ver a Daven y con aspavientos saludó mientras gritaba “¡Ven!”. Daven sonrió más aún y salió corriendo hacia ellos, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía fuerzas para correr? ¿Qué no podía reírse sin preocupaciones? Mientras jugaba con sus nuevos amigos lo tuvo claro, él serviría a Hella hasta el mismísimo Ragarok.

Relato inventado por El tapiz de Skuld

Prometeo, el ladrón del fuego

“¿Cómo te atreves?”, el grito de Zeus retumbó por todo el Olimpo. Todos los dioses se miraron en silencio, cohibidos ante la furia del dios de los dioses. No se podía sentir ni siquiera la respiración de nadie, hasta que la risa de Prometeo interrumpió el silencio. Una risa acompañada de una sonrisa victoriosa, un gesto ofensivo para Zeus que respondió golpeando con fuerza el reposabrazos de su trono.

-¡Vas a ser castigado por esto! No te bastó con una vez, ¡me insultaste una segunda! ¿¡Qué hacéis todos mirando sin más!? ¡Llevadlo al confín del mundo, encadenadlo, obligadlo a sostener el cielo y que cada día un águila se coma sus entrañas!

Todos los dioses se miraron, cohibidos y asustados. ¿Tan grande castigo merecía Prometeo? ¿Pero cómo llevar la contraria a Zeus? Fue al final Hermes quién carraspeó suavemente y mirando al suelo preguntó.

-Señor… ¿No deberíamos antes permitir a Prometeo una justificación…?- Hermes pudo sentir como Zeus lo apuñalaba con la mirada, y de mala gana este accedió a que Prometeo se explicara.

-No hay mucho que explicar…- Una pequeña risa de sorna se escapó de Prometeo- ¿Qué vais a entender vosotros? Dioses del Olimpo, vivís una vida perfecta, con vuestra ambrosía de la inmortalidad, ajenos al dolor de los humanos que vosotros mismos habéis creado. Ellos están ahí abajo, sufriendo el calor, el frío, el viento, la falta de lluvia o el exceso de ella. Trabajan de sol a sol, enferman, envejecen y mueren. Con fortuna conocerán el amor y tendrán alimento para sus hijos durante unos años. Todo esto sin parar de adoraros, de suplicaros que los ayudéis. ¿Y qué hacéis vosotros? Les exigís las mejores ofrendas. ¡Ellos son los que crían a los bueyes! – Prometeo sintió de repente una ira impotente que crecía ante las injusticias cometidas por los dioses.- ¡Tienen derecho a alimentarse de esa carne! A vosotros no os hace servicio alguno, ellos mueren sin alimentarse. Pero luego vas tú, Zeus, el gran dios, y les robas el fuego. Sin el calor del fuego ellos enferman, mueren, no pueden cocinar ni siquiera crear sus armas para defenderse. Vosotros jamás moriréis pero ellos sólo viven una vez. ¡Una vez! ¿Y qué tipo de vida les ofrecéis? Unos pocos que lo tienen todo, muchos que no poseen nada… y tantos otros que ni siquiera son considerados seres vivos, son esclavos, simples herramientas. Ellos ven guerras, plagas, el caos del que vosotros os librasteis para ellos sigue siendo real. ¿Acaso no tienen derecho a ser felices? ¿A una vida digna? Si únicamente viven una vez, permitidles que vivan con honor, que tengan al menos la posibilidad de hacer que su vida sea buena. Que puedan amar y vivir sin miedo al mañana, a lo que les faltará. Que el calor del fuego los caliente, los una en grupos para contar historias, los proteja y conmueva. Ya tienen suficientes miserias para que les añadáis más. Ya viven con suficientes preocupaciones… ¿podré conseguir alimento para mi familia? ¿volverán mis hijos de la guerra? ¿morirá mi mujer en el parto? ¿me casarán con alguien a quién yo quiera y me quiera? ¿podré pagar a mi señor? -Prometeo negó ligeramente con la cabeza, consciente que Zeus jamás entendería esto.- Merecen una vida que les llene y de la que no sientan arrepentimiento o remordimientos al morir. Por eso los ayudé a obtener la carne de los bueyes, por eso les devolví el fuego. Pero, ¿qué vas a entender tú?

-Sacadlo de mi vista.- Zeus miraba a Prometeo con ira, jamás se había sentido tan insultado ni humillado. Y nada de lo que dijera lo libraría de su castigo eterno. Mientras se llevaban a Prometeo encadenado, el resto de los dioses se miraron de reojo, con las cabezas gachas. Fue Hermes, quién, de nuevo, se acercó a Zeus para murmurar con un hilo de voz.

-Señor… ¿sabéis que los humanos lo van a adorar…? A ojos de los humanos Prometeo va a ser el bueno… y… nosotros… -No pudo acabar la frase, pues el grito de rabia de Zeus lo hizo salir corriendo de su lado. Prometeo se había salido con la suya, pero sufriría toda la eternidad por ello.

Por eso tenemos que vivir, dándolo todo, una sola vez. Dar sentido a nuestra existencia, hacer que este viaje sea único e inmemorable. Tenemos que soñar, atrevernos a amar con locura, atrevernos a vivir sin miedo. Correr bajo la lluvia, hacer locuras para demostrar nuestro amor, subir al monte más alto y gritar nuestro nombre, saltar a por nuestros sueños, gritar a las estrellas nuestros deseos. Para que Prometeo, desde el confín del mundo, escuche el eco de nuestros gritos de victoria, de risa, de felicidad, nuestros deseos y sepa que lo que hizo, no fue en vano.

Idunn y las manzanas de oro

Esta historia empezó antes de que existieran los héroes, los mitos sobre dioses, las leyendas sobre reyes. Mucho antes de todo esto. Antes de que fuera saber de todos que el sol nacía por el este y moría por el oeste. Antes de que los dioses fueran inmortales. Esta historia empezó en la casa del enano Ivald.

Fue una gran noticia para la familia de Ivald que su mujer estuviera embarazada. Vivían en tierras pacíficas, rodeados de grandes campos y montañas. Su vida era sencilla, pero llena y feliz, especialmente ahora que sabía que tendría un heredero. Amaba a su mujer de pelo dorado como el maíz, y ella lo amaba a él. Juntos habían construido esa casa, habían arado sus tierras, plantado sus manzaneros.  Juntos se habían construido un paraíso en el que pasaron 9 meses llenos de risas, muestras de cariño y esperanza. Y así, en ese entorno, nació una joven bella y brillante como el sol. La llamaron Idunn.

Idunn enamoró a sus padres y a todos sus vecinos desde pequeña. Su pelo era aún más dorado que el de su madre, su belleza resplandecía como la del sol y sus ojos eran tan verdes como el de las hojas de los manzanos en su momento más hermoso. Ya desde pequeña supo qué era recibir amor, y creció dichosa y alegre ayudando en las tierras de sus padres.

Ivald no tardó en percatarse que los manzanos parecían crecer más rápido y grandes con los cuidados de su hija. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero a medida que Idún crecía, las manzanas de sus árboles se volvían indudablemente más doradas y grandes, más jugosas y más refrescantes. Contra más bella se hacía su hija al pasar de los años, más sanos y fuertes eran las manzanas que ella cuidaba. Y más aún, uno parecía adquirir más fuerza y salud al ingerirlas. Así pues no tardó en correrse la voz de las famosas manzanas de Idunn, y de Idunn, la joven hermosa de pelo dorado que no parecía envejecer al lado de sus padres.

Entonces, un buen día, un tal Bragi se presentó ante la puerta de Ivald.

– Señor Ivald, permita que me presente. Me llamo Bragi, músico y poeta. Mi padre es el sabio Odín y mi madre es la giganta Gunnlod.- Bragi hizo una perfecta y elegante reverencia.

– ¿Y qué se te ha perdido por aquí?- Preguntó Ivald, con cierta suspicacia.- He oído hablar de tu padre, aquí nunca nos hemos metido con problemas. ¿A qué te manda Odín?

– Señor, no vengo con intención de problemas. Mi padre, qué todo lo sabe, ha escuchado hablar de las manzanas de oro de Idunn, y creemos que pueden ser la solución a nuestros problemas. Mi padre envejece Ivald, y mientras todos envejecemos en Asgard, su familia parece que no lo ha hecho durante los últimos 20 años. Todo parece ser que es por las manzanas.

– ¿Quieres llevarte a mis manzanas?- Ivald se rió con fuerza.- Dame un buen precio y te las vendo, tenemos muchas, y cada año crecen más.

– Queremos las manzanas sí, pero queremos que únicamente las comercie con los señores de Asgard.- Bragi enmudeció cuando vio a una joven hermosa entrar por la puerta con un cesto de manzanas preguntando a su padre quién era el forastero. No sabía qué brillaba más, si las manzanas o la joven. Todo su aspecto era hermoso, pero más aún lo era su voz. Dulce y refrescante, seguramente como las manzanas que llevaba. Su sonrisa brillaba, y sus ojos parecían tener un fuego cálido dentro. La joven se acercó a él e hizo una reverencia, ofreciéndole acto seguido una manzana. Bragi la aceptó, enmudecido y le dio un mordisco. Se quedó mudo. Él, el dios de la poesía, el que tenía palabras para describirlo todo, era incapaz de articular nada. Únicamente regresó en si cuando Ivald carraspeó fuerte.

– Sea como sea, ya es de noche. Puedes quedarte aquí hoy, cena con nosotros y acabamos de cerrar el trato con un buen cuerno de hidromiel. Idunn, avisa a tu madre de que hoy tendremos un invitado de más.

Bragi contempló como la joven sonreía y salía hacia la cocina. Y por una vez estaba seguro de algo, él que había intentado tantos años describir la belleza del mundo, acababa de encontrarse con su personificación. Ni siquiera Freya podía competir con Idunn. La cena siguió con normalidad, la família de Ivald era de trato amable y cordial. Viendo el amor que se tenían entre ellos Bragi creía entender de dónde procedía ese don de Idunn. Cada vez le importaban menos las manzanas, y más la joven.

Acabada la cena, Ivald retomó el negocio de las manzanas doradas.

– Y dime Bragi, ¿por qué debería yo ofreceros unas manzanas que os conceden salud e inmortalidad? ¿Qué garantías tengo de que las usaréis con sabiduría?

– Porque en Asgard cumplimos con nuestras promesas, si nos ofrecéis ese don de las manzanas, prometemos protegeros siempre de cualquier amenaza.

– ¡Ja, ja, ja! Nadie ha amenazado estas tierras por siglos, ¿por qué deberían hacerlo ahora?

– Porque ahora las manzanas de oro de Idunn son famosas, y al igual que nosotros otros estarán interesados en obtener las manzanas, o directamente a su hija.- Ivald se puso serio de repente. Miró de reojo a su hija y luego a Bragi. Cierto era lo que decía Bragi. Otros podrían intentar venir, y tal vez con una postura hostil. Idunn también mostró una sombra de preocupación al ser consciente de esa nueva realidad. Ambos miraron a Bragi cuando volvió a hablar.- Sin embargo, nosotros nos comprometemos a defender a su familia y a su hija.- Bragi miró a Idunn con fascinación y tomó una bocanada de aire antes de seguir hablando.- Entiendo que no se confíe de mi padre o mis hermanos, pero le doy mi palabra de que yo jamás dejaría que algo le sucediera a Idunn. Si… Si Idunn aceptara ser mi esposa y vivir con nosotros en Asgard, le juro que jamás le faltaría de nada.

Idunn sonrió y dejó escapar una pequeña risa sin maldad alguna. Ivald la miró serio. Luego miró a Bragi, valorando su oferta.

– ¿Qué dices Idunn…? Es tu mano de la que estamos hablando.

– Acepto el trato.- Idunn siguió sonriendo, miró a su padre y luego a Bragi. Algo en ese guerrero le había gustado desde el primer momento. Supo desde el segundo en el que lo vió que sería feliz al lado de un hombre como él. Y así fue como Idunn se fue a vivir a Asgard con Bragi. Fue bien recibida por todos sus habitantes. Todos ellos quedaron enamorados de su sonrisa y su aroma dulce, y todos celebraron la boda de la pareja. No tardó Odín en ofrecerle a la joven un jardín enorme en Asgard. Bello y majestuoso para que pudiese cultivar ahí sus manzanas. Estas no tardaron en crecer, pues el don de Idunn parecía verse fortalecido por los poemas de amor que le componía su marido. La felicidad de la chica y de la pareja se respiraba por todo Asgard. Sólo ellos conocían el paradero de su jardín. Así fue como los dioses consiguieron ser inmunes a las enfermedades, ser inmortales. Así fue como Idunn se convirtió en la diosa de la juventud y la fertilidad.

Así fue como empezaron los mitos de los dioses fuertes e inmortales entre los humanos.

 

Relato inventado sobre el origen de Idunn

El Tapiz de Skuld

La mano de Tyr

Y aquí estoy, con la cabeza gacha, sin osar mirarte a los ojos. Tan sólo hace unos segundos te miré directamente cuando acepté el trato, ahora la vergüenza me inunda. Te va a doler tanto como a mí, mi traición. ¿Algún día entenderás por qué lo he hecho?

Me recorre un pequeño escalofrío a lo largo de la espalda y tenso ligeramente los dedos. Es por culpa de la sensación de tus babas, tu lengua rasposa y el tacto de tus colmillos afilados. Un simple preludio de lo que se acerca, del destino que no podemos evitar. Respiro hondo, con pesadez y dificultad, desearía que las cosas fueran diferentes. El destino es inexorable, las tres nornas se divierten tejiendo con nuestros hilos de la vida. ¿Cuál de ellas tres habrá sido la que opinó que sería divertido crear este enredo?

Se acercan con las cadenas y miro de reojo como te las colocan, son tan finas, tan delgadas… pero son indestructibles. Ni siquiera tú, con tu fuerza sobrehumana serás capaz de romperlas. ¿Lo sabías verdad? ¿Sabías que esto era una trampa, por qué has aceptado? Chasqueo la lengua, molesto, enfadado, indignado, triste, pero sabiendo que estoy cumpliendo mi deber.

Una vez te atan bien las cadenas haces un intento de romperlas, de liberarte, pero en seguida te das cuenta que no puedes, que te han engañado. No, te hemos. Yo también. Yo, yo he formado parte de esto. Mis silencios, ofrecerme como voluntario, me hacen cómplice. Intentas por segunda vez romper las cadenas, incluso una tercera. Con pena y con dolor alzo la cabeza para mirarte. Sin pronunciar sonido muevo los labios y susurro un silencioso “¿por qué lo haces?” ¿Por qué te torturas intentando romperlas si sabes que es imposible? ¿Si sabes que los dioses te hemos engañado? ¿Lo haces por evitar llevar a cabo el trato? ¿Lo haces por pena hacia mí?

Odín, Thor, Frey, Heimdall, Freya… todos empiezan a reírse. Se burlan de ti. Yo no puedo dejar de mirarte. Me avergüenza su comportamiento, lo mínimo que puedo hacer es mirarte a los ojos y dar la cara por nuestros actos. Tu también me estás mirando, e intento buscar el dolor y la rabia en tus ojos. Y creo encontrarlos, pero junto al dolor de la traición y a la rabia del engaño veo algo más, la duda. Hemos hecho un trato Fenrir, tu sabías que eso era una trampa, pediste que alguno de los dioses colocase la mano en tu boca, y que si todo resultaba ser una farsa, arrancarías la mano al voluntario. Y yo acepté. Te traicioné a sabiendas, porqué aunque eres mi amigo, aunque te he cuidado y criado, soy uno de ellos. Así que no dudes, no dudes y arráncame la mano. Tu duda sólo añade más dolor a la situación.

De algún modo veo que buscas la confirmación en mi mirada, así que asiento con la cabeza una sola vez, con firmeza y determinación. Mientras todos siguen riéndose, ajenos a nuestro dolor emocional, ajenos al dolor físico que estoy a punto de recibir. Un pequeño suspiro se te escapa y en menos de un segundo dejo de notar la sensación húmeda de tu lengua, tu respiración y tus colmillos afilados. Sólo siento dolor, sangre brotar. Ha sido rápido, en un segundo has arrancado mi mano, y en ese mismo segundo he visto toda nuestra historia. A Thor y a mi encontrarte a ti y a tus hermanos, llevaros a Asgard, criarte, alimentarte, jugar contigo, verte pasar de cachorro al imponente lobo gigante que eres ahora. Los castigos impuestos a tus hermanos, el temor creciente de Odín hacia tu fuerza.

Noto alguien que me sujeta por los hombros y me separa de ti con rapidez. Me llevo mi única mano a dónde estaría la opuesta. Es raro notar únicamente el vacío y la sangre. Te miro por última vez antes de darte la espalda e irme a buscar a una curandera. Es sorprendente pero el dolor emocional es peor que el físico, te escucho aullar, rabioso, amenazar a Odín con acabar con todos nosotros. Escucho el sonido de las cadenas cuando tiras de ellas, tal vez en un último intento desesperado de soltarlas, y finalmente otro aullido de rabia, uno que juraría que lleva mi nombre y lo esparce por todo el cielo de Asgard… “Tyr!”.

Tu no hiciste nada malo, tu única condena es ser hijo de Loki. Te hemos castigado por miedo, y por ese mismo miedo en el Ragnarok algunos caerán muertos entre tus colmillos. Volveremos a vernos mi amigo canino. No sé si serás capaz de perdonar mi traición, yo no podré.

Pero el destino es inexcrutable.

 

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito nórdico de Fenrir y Tyr

La leyenda de Garajonay

Parte 1

Todos conocían Los Chorros de Epina y sus poderes. Siete chorros de los que emanaba agua mágica. El agua no sólo regalaba virtudes, también revelaba el futuro en el amor. Las historias decían que si al mirarte al agua ésta era cristalina, el amor llegaría; pero si el agua se volvía turbia poco había que esperar.

En esa misma mañana, cercana a las fiestas de Beñesmén, Gara, princesa de Agulo, y otras jóvenes se disponían a acercarse al sitio mágico. Entre risas y chismes, las jóvenes esperaban recibir un reflejo nítido y claro de su imagen en el agua, un presagio de amor. Algo que les permitiera soñar en un futuro amor ideal.

– Princesa, es su turno, acérquese al agua.- Una de las jóvenes sonrió mientras hacía hueco para que la princesa se acercara a ver su reflejo. Gara se acercó, con el corazón encogido. Cerró un segundo los ojos con fuerza y despacio abrió uno de los ojos para mirar su reflejo.

– ¿Y bien? ¿Qué ves princesa?- Preguntó otra de las chicas al instante, con las mejillas sonrosadas, aún con la emoción de haberse visto a si misma en aguas claras y limpias.

– El agua está tranquila, es clara.- Gara suspiró aliviada, aún con un ojo cerrado. Se disponía a sonreír cuando de repente las aguas empezaron a devolverle una imagen oscura, sombría y agitada. Abrió ambos ojos a la par y dio un paso atrás con el corazón tan agitado como el reflejo que percibía.- No… No.- Sin decir nada más giró y salió a paso acelerado hacia la ciudad, dejando atrás las demás jóvenes con rostros de confusión.- Necesito hablar con Gerián.- Murmuraba para si misma acelerando cada vez más el paso en busca del anciano sabio. Antes de darse cuenta estaba corriendo de vuelta a la ciudad, flechada, directa a casa del sabio. Al llegar llamó la puerta, y sin esperar respuesta entró agitada en su casa. Aliviada al ver que se encontraba allí suspiró y se llevó una mano al corazón.- Oh Gerián, suerte que lo encuentro… necesito vuestra ayuda.

– ¿Princesa Gara?- Parpadeó un par de veces, confuso por la repentina incursión pero dejó lo que tenía entre manos y se acercó a ella, ofreciéndole las manos como soporte de consolación, pues veía la agonía en el rostro de la princesa.- ¿Qué sucede pequeña?

– Nos acercamos a Los Chorros de Epina… vi mi reflejo… primero era claro y nítido pero luego… se volvió sombrío, agitado, el agua estaba enturbiada… ¿Qué significa eso?

– Ah… – El sabio suspiró y ofreció una palmada suave en las manos de la joven.- Siento ser portador de malas noticias. No puedes evitar lo que viene, lo que tiene que suceder ocurrirá.- Volvió a suspirar y con una mirada fija advirtió a la princesa.- Aunque de calor, alumbre y te atraiga… Huye del fuego, Gara, o el fuego habrá de consumirte. Conoceréis el amor, pero si queréis vivir deberéis ignorarlo.

Gara bajó la vista, triste por el presagio.

Parte 2

Se acercaban ya las vísperas de Beñesmén, y nobles y jóvenes de otras islas llegaron. Entre ellos se encontraba Mencey de Adeje y su hijo, Jonay, un joven apuesto y fuerte.

– ¿Quién es él…?- Susurró Gara a una de sus doncellas, mirando de soslayo a Jonay.

– Jonay de la isla de Achinech.- La dama tapó su boca para cubrir una pequeña risa y observó a su princesa con afecto.- Creo que le gustáis Gara, no deja de mirarla. ¿Es apuesto verdad?

– Lo es.- Presionó los labios en una sonrisa tímida y miró de nuevo a Jonay, esta vez fijamente, sin esconderse. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron directamente por primera vez y la joven sintió como todo a su alrededor se congelaba por unos segundos que se convirtieron en una eternidad. Atrapada completamente en los ojos de Jonay no volvió a ser consciente hasta que notó a su dama codear con suavidad su brazo y los susurros de ella, avisándola de que Jonay se acercaba a ellas.

– Permitidme presentarme. Soy Jonay, príncipe de la isla de Achinech.- Se inclinó en una elegante reverencia, sin apartar sus ojos de Gara.- ¿Me daríais el honor de conocer su nombre?

– Gara, princesa de Agulo.- Devolvió una reverencia con igual elegancia y con una enorme sonrisa en el rostro.- Bienvenido a nuestra isla, espero que disfrutéis de las fiestas de Beñesmén.

Como si se tratara de dos piezas de puzzle que encajaban a la perfección, Gara y Jonay pasaron cada instante de las fiestas juntos, atrapados en un amor desenfrenado, intenso e irremediable. ¿Tal vez Gerián se habría equivocado? ¿Tal vez las aguas no le dieron el presagio correcto? Gara no dejaba de hacerse esas preguntas, intentando convencerse a si misma que el amor que sentía por Jonay no podía acarrear nada fatal.

Así pues, no tardaron muchos días en decidir hacer su compromiso público. Sin embargo, la advertencia del sabio Gerián, ese presagio que había intentado ignorar y fingir desconocer, en seguida cayó sobre los hombros de Gara. Poco, muy poco después de propagar la feliz noticia, el Teide, entonces conocido como Echeyde (infierno) empezó a escupir lava y fuego con la mayor intensidad que cualquier habitante podía recordar. Un aterrador espectáculo que heló la sangre de todos los isleños. Ante semejante horror, Gara agarró con fuerza las manos de Jonay, y con ojos apenados le explicó la advertencia del sabio.

– Mi amor, Gerián dijo que debía escapar del fuego… evitarlo. Yo soy Gara, princesa del lugar del agua… y tú, Jonay, eres puro fuego, procedes de la isla del infierno. Si seguimos juntos algo terrible pasará.

– No, no puede ser.- Jonay negó con la cabeza, negándose a aceptar esa realidad.- ¿Cómo puede algo tan puro como lo que siento por ti hacer mal a alguien?

¡Mira esto!- Gara señaló con una de las manos el fuego y el humo que salían del volcán, con los ojos llenos de lágrimas.- Es un mal presagio, nuestro amor es imposible… eso creen nuestros padres. Jamás nos van a dejar estar juntos.- Se abrazaron fuerte por última vez, pues ambos sabían que sus padres se negaban a tolerar su relación y los obligarían a separarse.

Y así fue como acabadas las fiestas, separada la unión de los amantes y con el volcán apaciguado, loa nobles regresaron a sus islas. Sin embargo uno de ellos, Jonay, regresaba con el alma vacía y el corazón quebrado.

Parte 3

Jonay suspiró, desde la pequeña llanura situada en la cima del monte miraba hacia la isla de Gara. Volvió a suspirar. Deseaba tanto regresar a su lado, ¿cómo podía estar maldito su amor si era tan puro? Estiró la mano hacia la dirección en la que sabía que estaba Gara. Si pudiese alcanzarla sólo así. Bajó la mirada a las aguas que separaban las islas, y un tercero suspiró se escapó de sus labios. Únicamente tenía que cruzar nadando el mar. Era joven y fuerte, él podía, estaba seguro. Presionó los puños con determinación, se giró para mirar su ciudad una vez y volvió a mirar hacia isla de Gara. Determinado, lleno de coraje. Lo haría, iría a por ella.

Llegada la noche, Jonay se acercó al mar y se ató alrededor de su cintura un par de vejigas de animal infladas, así tendría un soporte para flotar cuando le fallaran las fuerzas. Cogió aire con fuerza y sin dudar ni un instante se lanzó al agua y nadó. Nadó, y nadó. Fue una larga travesía pero no paró ni un momento, únicamente con un pensamiento en su mente: Gara.

Con las primeras luces del sol llegó a la isla de su amada princesa, se deshizo de sus flotadores y furtivamente salió en busca de su amada. Al encontrarse se abrazaron con fuerza, y sin temor alguno ambos salieron corriendo hacia los bosques, escapando del padre de Gara. Estaban decididos a renunciar a todo si así podían estar juntos. ¿Qué más daban los títulos, las riquezas y las posesiones? Si no podían tocarse, si no podían amarse, su vida estaba vacía. Así que corrieron y corrieron hasta que llegaron bajo un cedro y allí, creyéndose estar a salvo de todo, creyéndose haber ganado la batalla contra el destino, se entregaron a la pasión.

Sin embargo, el padre de Gara, ya habiendo descubierto la huida de su hija estaba siguiendo el rastro de la pareja de enamorados, lleno de furia, dispuesto a imponerles un castigo. ¿Cómo osaba su hija desobedecerlo? ¿Y cómo osaba Jonay poner su autoridad en duda? No tardó mucho en encontrar a la pareja de enamorados, su rastro era obvio, pero la visión de su hija desnuda junto a Jonay lo llenó de rabia. Gritó con fuerza, con toda la furia que un rey podía poseer, amenazando a Jonay con quitarle la vida por tal impertinencia. El corazón de Gara dio un salto, sorpresa y presa del pánico al ver la figura de su padre a lo lejos. Pero en seguida notó la calidez de las manos de Jonay en sus mejillas, obligándola a redirigir la mirada hacia él, causando en ella una sensación de paz. Ambos se miraron, hablándose con los ojos. Sabiendo que no existía ninguna solución para ellos, sabiendo que su amor estaba prohibido, sabiendo que no podían vivir el uno sin el otro.

Gara cerró los ojos un segundo, respiró hondo y volvió a observar el rostro de Jonay, mostrándole una enorme sonrisa que él devolvió mientras asentía con la cabeza, conocedor de sus pensamientos. Si no podían estar juntos en vida, en esta vida, tal vez había otro camino. Tal vez en otra vida, en el más allá, si se les permitiría amarse. Gara agarró del suelo una vara de cedro, afilada, y sin temblor alguno colocó una de las puntas sobre su corazón con suavidad, sin dejar de mirarlo a los ojos. Jonay por su lado agarró la otra punta e hizo la misma acción. Sin perder contacto visual, reafirmándose el uno en el otro.

– ¿Qué sentido tiene vivir una vida de maldición? ¿Una vida sin poder amarte?- Murmuró Gara antes de respirar hondo. Sería la última vez que sentiría el placer del aire hinchar sus pulmones.- Te amo.

– Y yo, te amo.- Jonay, aún con una mano en la mejilla de Gara acarició su piel. Sin dejar de mirarse a los ojos se apretaron el uno contra el otro en un último beso, atravesando sus corazones con la vara de cedro, quedando unidos para siempre.

Gara, princesa del agua, y Jonay, príncipe del fuego. Un amor que fue fatal en vida. Pero hoy, en la cumbre más alta de la Gomera, en el Alto de Garajonay, aún se pueden escuchar los susurros de los enamorados. Hay quien dice haber visto a la pareja, corriendo libres como el viento, amándose con la pasión del fuego, mostrando una fortaleza sólida como la tierra, jugando flexibles como el agua. Riendo, amándose, celebrando un amor eterno y etéreo, libre de maldiciones.

El tapiz de Skuld

Adaptación de la leyenda canaria de Garajonay

Morrigan: La gran reina

Triskel de Morrigan

La hallaréis en todos los enfrentamientos bélicos. Armadura negra, escudo y arma en mano. Cuervos la acompañan mientras sobrevuela el campo de batalla. Es la Reina Fantasma, ¡la Gran Reina! Es inconfundible, su belleza es sin igual. Tez pálida como la luna, labios rosados de doncella, cabellera negra y suave como el cielo nocturno que te acaricia al dormir, ojos oscuros pero brillantes como las estrellas, aliento de rocío. Poderosa como ninguna. Ella es la Reina Espectral.

Más no debéis temerla; si junto a vuestro ejército pasea la victoria os concederá. A los guerreros que sonría les infundirá la fuerza, valor y la ira para ganar. Si su sonrisa queréis ganaros, luchad pues, luchad con honor y braveza. Cuando en vosotros se fije, de gloria os llenará. Pues ella es la triada, doncella, madre y viuda, ¡hija de los Tuatha Dé Danann!

Ella es vida, es muerte, es el placer carnal, es violencia. Es guerra, nacimiento, renovación, amor. Nutre a los dioses, es amante de reyes. Capaz de destruir y dar la vida. Conoce el destino de los hombres, el porvenir y la fortuna de todo.

¿Su voz y sus pasos en el campo de batalla escucháis? Luchad con braveza guerreros, pues ha venido a buscar vuestra alma, a arrancar vuestro último hálito de vida. Ha venido a reclamaros para un nuevo ciclo. Y sólo a los bravos y honorables les concede una muerta digna y sin dolor. Más no lloréis, no entréis en pánico si la veis acercarse a vosotros. Es el fin de esta vida, pero será el inicio de otra. Sentiréis el frío momentáneo cuando arranque vuestra alma, pero luego os concederá un cálido beso. ¡Afortunados seréis!

Ella es Morrigan. La más bella, la más temida, la más poderosa. Un símbolo de totalidad, un símbolo de eternidad.

¿Queréis volver a casa con vuestras familias? ¡Gritad su nombre pues al blandir vuestras espadas, lanzas y hachas! Pues mañana, en este campo, sólo si nos sonríe obtendremos la victoria. Ofrecerle una batalla digna de su rango, digna de una reina, digna de una diosa.

El tapiz de Skuld

Interpretación de la diosa celta Morrigan

Hipatia de Alejandría

Segunda Década del mes de Gamelión

Mientras escribo estas memorias pienso en lo rápido que creces. Hace apenas unos años te sujetaba en brazos y ahora ya dominas álgebra, astronomía y geometría como si llevaras mil años dedicándote a ello. Inventas, haces filosofía y te mueves entre números con comodidad y energía. Hierocles y yo te hemos transmitido todo nuestro conocimiento, y tu lo has superado con creces. Incluso has inventado el densímetro, posicionándote como pionera en las ciencias.

Siento orgullo de que seas mi hija. Pero a la vez me inquieta. ¿Estaré haciendo lo correcto? Eres la primera mujer que veo al mando de una escuela, enseñando a altos cargos aristócratas. Si bien soñaba en que fueras así de fuerte y perspicaz, temo por tu seguridad. Muchos en nuestros tiempos no entienden que una mujer ostente tu poder y posición. Todo lo que puedo hacer es rezar a los dioses por ti y protegerte mientras siga en vida.

No importa cuan lejos llegues, a cuántos políticos enseñes ni cuántos descubrimientos hagas, para mí sigues siendo mi pequeña Hipatia.

Teón de Alejandría

 

Primera década del mes de Muniquión

En un día como hoy he tenido el honor de conocer a la Maestra Alejandrina. ¿Qué puedo decir? Es de naturaleza más noble que su padre, Teón, y no se conforma con saber que viene de las ciencias matemáticas, sino que se dedica a las otras ciencias filosóficas con mucha entrega. Es justa y sabia, y sin duda se le debe otorgar el grado más alto en la virtud práctica del arte de enseñar. La he visto con sus discípulos, y es maravillosa.

Hipatia me ha confesado una anécdota con uno de sus discípulos fascinante. Cuando él le declaró su amor, ella le arrojó un paño manchado de sangre menstrual, espetándole: “De esto estás enamorado, y no tiene nada hermoso”. Siento deseos de inmortalizar a la Maestra Alejandrina y sus virtudes, conocimientos y anécdotas.

Es una pena que no haya más mujeres en frente de escuelas, pero tal vez ella será la primera de muchas otras que se atreverán a entrar en el jardín del conocimiento y lo desconocido.

Damascio, Academia de Atenas

 

Noumênía, mes de Elafebolión

Han pasado varios días y sigo llorando la muerte de mi maestra, Hipatia. Cirilo pagará por ello, juro que será así. Dios, el Dios cristiano que Cirilo tanto dice adorar, si de verdad existes deberás castigarlo por sus actos. No les bastó con acabar con la vida de la mujer con la mente más maravillosa de todos los tiempos, humillaron su cadáver, la arrastraron por Alejandría y expusieron su cuerpo desnudo como un perro.

Todo lo que puedo hacer ahora es pedir a Constantinopla que intervenga. La iglesia cristiana de Alejandría no mengua su violencia, sus actos atroces contra el saber y el conocimiento. Nos llaman paganos y nos acusan de actos jamás cometidos.

Hipatia, si algo puedo prometer a tu alma mientras escribo estas páginas es que no permitiré que tu escuela desaparezca. Necesitamos que tus discípulos, mis compañeros más preparados sigan enseñando álgebra, filosofía, geometría, astronomía… No vamos a escondernos de la iglesia. Que la Escuela Neoplatónica de Alejandría siga funcionando es el mayor homenaje que puedo hacerte. Tus obras no van a desaparecer, con mis contactos voy a asegurarme que tu conocimiento llegue a generaciones futuras y todos sepan quién fue la gran, virtuosa y noble Maestra de Alejandría.

Hipatia de Alejandría, mi admirada maestra, espero que tu alma encuentre la paz.

Orestes, Perfecto de Egipto

 

Había una mujer en Alejandría que se llamaba Hipatia, hija del filósofo Teón, que logró tales conocimientos en literatura y ciencia, que sobrepasó en mucho a todos los filósofos de su propio tiempo. Habiendo sucedido a la escuela de Platón y Plotino, explicaba los principios de la filosofía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de lejos para recibir su instrucción.

El tapiz de Skuld

Orihime y Hikoboshi: la leyenda de Tanabata

La princesa

Se acerca la noche que hemos estado esperando durante un año. No importa que llevemos miles de años así, jamás me acostumbro a ello, a los nervios que me causa saber que cuando se haga la noche por fin me reuniré contigo. Mil dudas me acechan durante estos minutos. Tengo tanto que contarte, tanto que preguntarte, tantas ganas de verte y tanto miedo de afrontar la realidad.

Recuerdo como si fuera ayer cuando padre nos castigó. Hikoboshi, ¿lo recuerdas también? Mientras vivimos separados por un universo de estrellas, ¿piensas en como nos conocimos? Yo me dirigía al telar, a preparar los vestidos de padre y entonces te vi, vigilando tus bueyes pastar. Me pregunto si te intimidaste ante mi presencia la primera vez. Un humilde pastor frente a la hija del Rey Celestial. No pudimos remediarlo, en seguida supimos que nos amaríamos eternamente. Al principio nos veíamos en secreto, finalmente padre nos casó. Todo iba tan bien… Y míranos ahora, separados por el Río Amanogawa, brillando en el cielo nocturno, sin poder vernos, acariciarnos ni hablarnos. Padre dijo que lo merecíamos por haber descuidado nuestras tareas, pero que nos permitiría vernos una noche al año. Es un destino triste. Es cruel.

Mientras me paso los días y las noches tejiendo me pregunto si te arrepientes. ¿Te arrepientes de haberme amado? ¿Verme una noche al año hace que tu sufrimiento desaparezca, ni que sea un poco? Yo sé que para mí es suficiente, que nada más ver tu sonrisa se disiparán todos mis nervios y miedos. Me llevo las manos al pecho y puedo escuchar mi corazón latir con nerviosismo. Pronto desaparecerán los últimos rayos de luz, pronto podremos cruzar el río y encontrarnos. Hikoboshi, ¿me sonreirás también este año?

Escucho las urracas, ya están empezando a crear el puente. Sin dudarlo salgo corriendo hacia ti.

El pastor

Orihime. Orihime. Me gusta repetir tu nombre. He perdido la cuenta de los milenios que llevamos con esta condena. Cientos de noches en el cielo, separados por las estrellas, esperando. Esperando la noche en la que ambos cruzaremos el río y nos reencontraremos.

Mientras veo los últimos rayos de sol desaparecer no puedo dejar de sonreír. Conozco tus miedos, cada año son los mismos, y son mutuos. Pero no puedo hacer más que confiar. Nada más desaparece el último rayo de sol me lanzo corriendo hacia el puente de urracas que acuden a nuestra ayuda cada año, corriendo hacia dónde sé que estás. Una vez empieza la noche no puedo perder ni un segundo.

Y ahí estás, radiante. Puedo ver que corriste a mi encuentro, pues ambos tenemos la respiración agitada.

– Princesa Orihime.- Hago una reverencia, pero antes de acabarla te lanzas a mis brazos. Te abrazo con fuerza y no puedo evitar sonreír. Me reconforta percatar que tu aroma no ha cambiado, tu pelo sigue desprendiendo el mismo aroma dulce. Pronuncio una vez más tu nombre, esta vez sin rangos. Respondes pronunciando mi nombre. No hay lágrimas como las primeras veces, te has vuelto más fuerte, y yo también. Poco a poco nos separamos y tenemos el mismo acto reflejo, acariciar el rostro del otro. Sonrío, sonríes, y eso me hace sonreír más. Veo en tus ojos, esos ojos tan profundos, que tienes tantas cosas que contarme, y seguro que tu ves lo mismo en los míos. Pero un año es demasiado tiempo para condensarlo en una noche. Es algo que hemos aprendido con el pasar de los milenios. Hemos aprendido a expresarnos con caricias, besos y sonrisas, con el menor número de palabras posibles, pues la noche no tiene segundos suficientes para pronunciar todas las palabras que desearíamos.

Esta es nuestra noche, y la llama de nuestro amor arderá del mismo modo que mañana arderán todos  los deseos escritos en papel y colgados en las cañas de bambú. Esta es nuestra noche, y hasta que no salga el primer rayo de sol pienso amarte con todas mis fuerzas.

De algún modo hemos aprendido a leernos la mente, a comunicarnos con miradas. Me besas la mejilla con esa dulzura tan característica tuya y entonces demuestras tu capacidad de leer mis pensamientos. Mientras me rodeas la cabeza obligándome a apoyarme contra tu pecho susurras a mi oído.

– Jamás lo dudes, ni un universo de estrellas, ni cientos de noches sin vernos harán que deje de amarte.

Esta es nuestra noche, y una vez salga el primer rayo de sol y nos separemos me seguiré sintiendo afortunado. Pues aunque estemos separados, compartimos el mismo cielo estrellado.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito japonés de Tanabata.

La leyenda del amor eterno: el halcón y el águila

 

Cuentan que era una pareja para envidiar. El guerrero más bravo y la joven más bella. Así es como nos llamaban en el poblado. Eran jóvenes, impacientes, tenían la bendición de todos para casarse y, lo más importante, danzaban con intensidad el baile del amor.

En una noche estrellada, poco después de hacer oficial su compromiso, ella se agarró a su brazo y susurró con dulzura:

– ¿Te has fijado? Los mayores… con el tiempo dejan de mostrar su amor.- Él la miraba atentamente, absorto en la profundidad de sus ojos oscuros.- Con la convivencia se acostumbran uno al otro… creo que por eso dejan de amarse… o mejor dicho empiezan a dar por sentado que el otro siempre estará ahí. Quiero que nuestra alianza sea eterna… de verdad.

– Pero eso no nos pasará a nosotros.- Respondió con seguridad mientras acariciaba su rostro, no sin pasar por alto la sombra de la duda en ella.- ¿Acaso temes que nos convirtamos en una pareja así?

Ella asintió con la cabeza mientras se agarraba un poco más fuerte a su amado. Él besó su pelo y  se quedaron así varios segundos, en silencio, aspirando el aroma del otro, hasta que decidieron que en la mañana siguiente visitarían al anciano brujo de su tribu.

– ¿Qué os trae aquí hijos míos? ¿Cómo  puedo ayudaros?- Dijo el brujo al ver entrar la joven pareja tomados de la mano.

– Queremos hacer nuestro amor eterno, queremos que nuestra alianza jamás se pueda romper.

– Entiendo… entonces tengo la solución para vosotros.- Ambos esbozaron una sonrisa genuina.- Tú, joven guerrero, irás a las montañas del norte, subirás la cima más alta y cuando llegues ahí cazarás al halcón más vigoroso, el más valiente, el más fuerte de todos. Cázalo y tráelo vivo aquí.- Luego la miró a ella, se acercó y agarró una de sus manos con gentileza.- Y tú, hermosa muchacha, irás a las montañas del sur. Buscarás en la cordillera más grande el águila más cazadora, la que vuele más alto y de mirada más profunda. Tú sola debes cazarla y traerla viva hasta aquí.- Soltó su mano y tras separarse unos pasos se sentó al suelo, cogió sus runas con una mano y tras mecerlas las tiró al suelo.- Ambos debéis regresar con las aves vivas, entonces haré que vuestra unión sea eterna.

Así fue como ambos se prepararon, no sin cierto miedo, pues no sabían cuánto tardarían en reencontrarse. Pero jóvenes e impetuosos como eran partieron, él al norte, ella al sur. Ambos con la ilusión y la promesa de regresar con las aves. Y pasados varios días la joven pareja regresó al poblado. Él con su halcón, ella con águila, regresaron a ver el brujo.

– Veo que habéis conseguido el objetivo.- Los recibió el anciano brujo, sentado delante del fuego e haciendo señas para que se acercaran.

– Sí, ¿qué debemos hacer con ellas?

– Son hermosas y fuertes estas aves, ¿verdad?- Miró fijamente a los enamorados.

– Sí, éste era el halcón más vigoroso, el más fuerte. Me costó mucho cazarlo.- Respondió él bravo guerrero, hinchando el pecho con la arrogancia de su juventud.

– Y ésta es el águila que volaba más alto, la que mejor surcaba los cielos, más alto y más rápido.- Prosiguió la hermosa muchacha, con la dulzura y determinación que la hacían tan única.

– Muy bien, ahora quiero que las atéis una a la otra por una pata y las dejéis moverse a su aire.- Se miraron confusos, pero lo hicieron. Ataron la pata derecha del halcón con la izquierda del águila y luego, con cuidado, las soltaron. Ambas aves intentaron levantar el vuelo, pero con las patas atadas se estorbaban, no podían. Se tropezaban, revolcaban por el suelo y dañaban una a la otra. Entonces fue cuando el brujo atrapó de nuevo a las aves para separarlas y dejarlas volar, ahora sí, con total libertad.- ¿Visteis que pasó con las aves? Atadas una a la otra eran incapaces de volar, a pesar de ser las mejores aves, las más fuertes, vigorosas y rápidas cuando estaban solas en la montaña. Este es el conjuro que os doy para el amor eterno.

“Que vuestra alianza no sea atadura para ninguno, sino fuerza y aliento para crecer y mejorar como personas. Que vuestro amor no os cree dependencias, sino que manifieste el cariño y la solidaridad de quienes comparten el mismo pan. Respetaros como personas y dejar que cada uno pueda volar libremente para ir aprendiendo a volar juntos por el ancho cielo. Si actuáis así, vuestro amor podrá ser realmente eterno porque nunca será una limitación, sino un estímulo para que cada uno pueda crecer. Si queréis que vuestro amor sea inmortal, no ahoguéis con vuestro abrazo la libertad del otro y que vuestro pacto sea siempre de mutuo crecimiento. Que vuestro amor os de fuerzas para volar muy alto como las águilas en el cielo, trazando círculos juntos pero sabiendo volar en solitario y sin miedo. Sólo así vuestro amor podrá ser realmente eterno, porque no solo será alimento y gozo para el cuerpo, sino fuerza para vuestro espíritu.”

El tapiz de Skuld

Adaptación de una leyenda de los indios Sioux

Medusa, la más bella. Medusa, la gorgona.

Medusa

Vejada. Humillada. Condenada injustamente. Oh, dioses, ¿qué hice por merecer tamaño castigo? Toco mi rostro y sólo siento arrugas, frío, monstruosidad. Cuando miro mis manos, grisáceas, viejas, horrendas, no puedo sino chillar de rabia. Porque ya no me quedan lágrimas por derramar.

El silbido de las serpientes es mi única compañía. Bueno, también lo son las estatuas de todos los hombres a los que he petrificado. Paseo entre ellos, acaricio la fría superficie rocosa en la que los convertí. Rabia repentina. Odio. Grito de nuevo y empujo al suelo una de las cientos de estatuas que me acompañan rompiéndola en miles de pedazos.

Respiro hondo, intento calmarme, pero sigo sintiendo la misma rabia. Y finalmente caigo de rodillas al suelo con un grito afligido. Cubro mis ojos con las manos, si fuera humana ahora estaría llorando de impotencia. ¿Si fuera humana? Nunca dejé de serlo. Mi corazón sigue siendo el de esa joven sacerdotisa que servía a Atenea.

Atenea.

Atenea.

Oh, Atenea, cuánto odio me causa tu nombre. Yo te serví, entregué mi vida, mi juventud, mi pureza. Todo a tu servicio. ¿Y así me lo pagaste? En esa horrible noche, cuando tu propio hermano Poseidón abusó de mí, tú te enfadaste. Pero me castigaste a mí. ¿Por qué fui yo la juzgada en lugar de él? Me convertiste en este horrible monstruo para que jamás un hombre osara mirarme, para que jamás me desearan… y para que si alguien osaba mirarme, se encontrase con la más horrible de las muertes.

Miro hacia el techo y grito tu nombre con mi monstruosa voz. Es un grito desgarrador. Y el eco de tu nombre resuena por todo el templo. En este templo subterráneo. Mi jardín de piedra. Sé que me escuchas, ahí fuera, donde estés. Sé que percibes mi odio. Mi locura. Mi desesperación. ¿Te divierte? Juro que un día pagarás por ello. Tal vez no seré yo quien cobre venganza. Pero un día pagarás por ello. Porque yo soy Medusa. Me otorgaste grandes poderes, en tu cínico castigo me convertiste en un monstruo sin igual. ¿Qué pretendías con ello? Tú, Atenea, la gran diosa de la sabiduría, la guerrera… fuiste incapaz de proteger a una de las tuyas. Yo jamás moriré. Todos los humanos sabrán quién es Medusa, incluso después de que yo ya no exista. Y tú… Tú, Poseidón, todos los hombres que intenten someterme… todos viviréis con el temor a Medusa. Me lanzaste una maldición, pero yo os maldigo a vosotros.

Un ruido llama mi atención. Sonrío y el silbido de las serpientes crece. Se acerca una nueva pieza para mi jardín.

 

Perseo

Llevo mucho tiempo siguiendo la pista a este horrible monstruo. Los dioses me han ayudado, me han otorgado las sandalias de Hermes y me han favorecido, todo para que mate a esa bruja gorgona. Tras días viajando he conseguido llegar a su guarida. Empuño mi espada con la diestra y con toda mi fuerza sujeto el magnífico escudo con la izquierda. Con sigilo me adentro a su guarida. ¡Que horror! Centenares de estatuas de hombres me rodean. Todos entraron con mis intenciones y todos fracasaron. Debo mantenerme alerta. El sitio es oscuro y está lleno de columnas y corredores. Me advirtieron de que no debo mirar los ojos a la bruja, ni siquiera tras muerta. Así que uso el escudo como espejo para no mirar directamente a nada.

¡Ahí está! ¡Cuánto horror! ¡Es un monstruo de verdad y debe morir! Todo sucede rápido. Un salto, un grito espeluznante, un golpe. Caigo al suelo, ruedo y me levanto rápidamente alzando el escudo por encima de mi cabeza. No la veo, pero la presiento y escucho las serpientes que recubren su cráneo. Me abalanzo contra ella y agarro con fuerzas mi espada. Ella o yo. Otro golpe, giro sobre mi mismo y aprovecho el movimiento para impulsar la espalda. Un golpe certero contra su cuello. La cabeza de la bruja salta por el aire y su cuerpo poco a poco cae al suelo, impulsado por su propio peso.

He ganado. Las leyendas hablaran sobre mí, Perseo, el valiente guerrero que acabó con la bruja. El héroe. Ahora debo regresar, salvar a mi madre y ofrecer la bolsa con la cabeza del monstruo a Atenea. Yo, Perseo, me acabo de convertir en leyenda. La historia me recordará como el hombre que acabó con la bruja gorgona.

 

Atenea

El saco con tu cabeza ha llegado a mí. ¿Qué debería hacer contigo? Incluso muerta sigues siendo un poderoso monstruo. Tus ojos siguen convirtiendo en piedra a los humanos, de tu sangre nació Pegaso y Crisaor. Incluso coral rojo ha nacido en el mar cuando tu sangre ha caído al agua. De algo tan horrible como tú han nacido cosas preciosas. Y más aún, tu sangre es prodigiosa. La sangre de tu vena izquierda es un veneno mortal, pero la de tu vena derecha puede incluso resucitar a los muertos. Debo guardar este trofeo a gran recaudo. Por horrenda que seas, eres un arma mortal.

¿Y si pongo tu cabeza en mi escudo? Sí, un arma perfecta. No habrá rival que ose hacerme frente. Ah, Medusa. Fuiste tan bella, y ahora sólo eres un monstruo que va a servirme de arma. Pero tenías razón. Nadie va a olvidarte, yo misma me encargaré de que todos conozcan tu historia. Todas las generaciones futuras te temerán. Supongo que tu maldición en parte surgió efecto. Mientras muchos te juzgaran como la bruja gorgona, otros tal vez escucharán tu historia verdadera. ¿Eso querías no? Que sepan que fuiste humana, que yo te castigué. Tal vez incluso que sientan pena por ti, tal vez incluso que te vean como una mujer fuerte a la que admirar. Un icono de mujer independiente, maltratada y juzgada de manera injusta y cruel.

No puedo sino sonreír. Medusa, mi pequeña e ingenua Medusa. ¿Querías que me odiasen por haberte castigado por haber sido atacada y violada? ¿Que jamás otra mujer fuera tratada con tanta injusticia? ¿No estarías sobrevalorando a la humanidad? ¿No aprendiste nada de mi castigo? El mundo no es justo. Los humanos no son justos. Pero quién sabe. Tal vez, en algún día muy, muy lejano, tu tormento llegará a su fin.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito de Medusa.