Idunn y las manzanas de oro

Esta historia empezó antes de que existieran los héroes, los mitos sobre dioses, las leyendas sobre reyes. Mucho antes de todo esto. Antes de que fuera saber de todos que el sol nacía por el este y moría por el oeste. Antes de que los dioses fueran inmortales. Esta historia empezó en la casa del enano Ivald.

Fue una gran noticia para la familia de Ivald que su mujer estuviera embarazada. Vivían en tierras pacíficas, rodeados de grandes campos y montañas. Su vida era sencilla, pero llena y feliz, especialmente ahora que sabía que tendría un heredero. Amaba a su mujer de pelo dorado como el maíz, y ella lo amaba a él. Juntos habían construido esa casa, habían arado sus tierras, plantado sus manzaneros.  Juntos se habían construido un paraíso en el que pasaron 9 meses llenos de risas, muestras de cariño y esperanza. Y así, en ese entorno, nació una joven bella y brillante como el sol. La llamaron Idunn.

Idunn enamoró a sus padres y a todos sus vecinos desde pequeña. Su pelo era aún más dorado que el de su madre, su belleza resplandecía como la del sol y sus ojos eran tan verdes como el de las hojas de los manzanos en su momento más hermoso. Ya desde pequeña supo qué era recibir amor, y creció dichosa y alegre ayudando en las tierras de sus padres.

Ivald no tardó en percatarse que los manzanos parecían crecer más rápido y grandes con los cuidados de su hija. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero a medida que Idún crecía, las manzanas de sus árboles se volvían indudablemente más doradas y grandes, más jugosas y más refrescantes. Contra más bella se hacía su hija al pasar de los años, más sanos y fuertes eran las manzanas que ella cuidaba. Y más aún, uno parecía adquirir más fuerza y salud al ingerirlas. Así pues no tardó en correrse la voz de las famosas manzanas de Idunn, y de Idunn, la joven hermosa de pelo dorado que no parecía envejecer al lado de sus padres.

Entonces, un buen día, un tal Bragi se presentó ante la puerta de Ivald.

– Señor Ivald, permita que me presente. Me llamo Bragi, músico y poeta. Mi padre es el sabio Odín y mi madre es la giganta Gunnlod.- Bragi hizo una perfecta y elegante reverencia.

– ¿Y qué se te ha perdido por aquí?- Preguntó Ivald, con cierta suspicacia.- He oído hablar de tu padre, aquí nunca nos hemos metido con problemas. ¿A qué te manda Odín?

– Señor, no vengo con intención de problemas. Mi padre, qué todo lo sabe, ha escuchado hablar de las manzanas de oro de Idunn, y creemos que pueden ser la solución a nuestros problemas. Mi padre envejece Ivald, y mientras todos envejecemos en Asgard, su familia parece que no lo ha hecho durante los últimos 20 años. Todo parece ser que es por las manzanas.

– ¿Quieres llevarte a mis manzanas?- Ivald se rió con fuerza.- Dame un buen precio y te las vendo, tenemos muchas, y cada año crecen más.

– Queremos las manzanas sí, pero queremos que únicamente las comercie con los señores de Asgard.- Bragi enmudeció cuando vio a una joven hermosa entrar por la puerta con un cesto de manzanas preguntando a su padre quién era el forastero. No sabía qué brillaba más, si las manzanas o la joven. Todo su aspecto era hermoso, pero más aún lo era su voz. Dulce y refrescante, seguramente como las manzanas que llevaba. Su sonrisa brillaba, y sus ojos parecían tener un fuego cálido dentro. La joven se acercó a él e hizo una reverencia, ofreciéndole acto seguido una manzana. Bragi la aceptó, enmudecido y le dio un mordisco. Se quedó mudo. Él, el dios de la poesía, el que tenía palabras para describirlo todo, era incapaz de articular nada. Únicamente regresó en si cuando Ivald carraspeó fuerte.

– Sea como sea, ya es de noche. Puedes quedarte aquí hoy, cena con nosotros y acabamos de cerrar el trato con un buen cuerno de hidromiel. Idunn, avisa a tu madre de que hoy tendremos un invitado de más.

Bragi contempló como la joven sonreía y salía hacia la cocina. Y por una vez estaba seguro de algo, él que había intentado tantos años describir la belleza del mundo, acababa de encontrarse con su personificación. Ni siquiera Freya podía competir con Idunn. La cena siguió con normalidad, la família de Ivald era de trato amable y cordial. Viendo el amor que se tenían entre ellos Bragi creía entender de dónde procedía ese don de Idunn. Cada vez le importaban menos las manzanas, y más la joven.

Acabada la cena, Ivald retomó el negocio de las manzanas doradas.

– Y dime Bragi, ¿por qué debería yo ofreceros unas manzanas que os conceden salud e inmortalidad? ¿Qué garantías tengo de que las usaréis con sabiduría?

– Porque en Asgard cumplimos con nuestras promesas, si nos ofrecéis ese don de las manzanas, prometemos protegeros siempre de cualquier amenaza.

– ¡Ja, ja, ja! Nadie ha amenazado estas tierras por siglos, ¿por qué deberían hacerlo ahora?

– Porque ahora las manzanas de oro de Idunn son famosas, y al igual que nosotros otros estarán interesados en obtener las manzanas, o directamente a su hija.- Ivald se puso serio de repente. Miró de reojo a su hija y luego a Bragi. Cierto era lo que decía Bragi. Otros podrían intentar venir, y tal vez con una postura hostil. Idunn también mostró una sombra de preocupación al ser consciente de esa nueva realidad. Ambos miraron a Bragi cuando volvió a hablar.- Sin embargo, nosotros nos comprometemos a defender a su familia y a su hija.- Bragi miró a Idunn con fascinación y tomó una bocanada de aire antes de seguir hablando.- Entiendo que no se confíe de mi padre o mis hermanos, pero le doy mi palabra de que yo jamás dejaría que algo le sucediera a Idunn. Si… Si Idunn aceptara ser mi esposa y vivir con nosotros en Asgard, le juro que jamás le faltaría de nada.

Idunn sonrió y dejó escapar una pequeña risa sin maldad alguna. Ivald la miró serio. Luego miró a Bragi, valorando su oferta.

– ¿Qué dices Idunn…? Es tu mano de la que estamos hablando.

– Acepto el trato.- Idunn siguió sonriendo, miró a su padre y luego a Bragi. Algo en ese guerrero le había gustado desde el primer momento. Supo desde el segundo en el que lo vió que sería feliz al lado de un hombre como él. Y así fue como Idunn se fue a vivir a Asgard con Bragi. Fue bien recibida por todos sus habitantes. Todos ellos quedaron enamorados de su sonrisa y su aroma dulce, y todos celebraron la boda de la pareja. No tardó Odín en ofrecerle a la joven un jardín enorme en Asgard. Bello y majestuoso para que pudiese cultivar ahí sus manzanas. Estas no tardaron en crecer, pues el don de Idunn parecía verse fortalecido por los poemas de amor que le componía su marido. La felicidad de la chica y de la pareja se respiraba por todo Asgard. Sólo ellos conocían el paradero de su jardín. Así fue como los dioses consiguieron ser inmunes a las enfermedades, ser inmortales. Así fue como Idunn se convirtió en la diosa de la juventud y la fertilidad.

Así fue como empezaron los mitos de los dioses fuertes e inmortales entre los humanos.

 

Relato inventado sobre el origen de Idunn

El Tapiz de Skuld

Medusa, la más bella. Medusa, la gorgona.

Medusa

Vejada. Humillada. Condenada injustamente. Oh, dioses, ¿qué hice por merecer tamaño castigo? Toco mi rostro y sólo siento arrugas, frío, monstruosidad. Cuando miro mis manos, grisáceas, viejas, horrendas, no puedo sino chillar de rabia. Porque ya no me quedan lágrimas por derramar.

El silbido de las serpientes es mi única compañía. Bueno, también lo son las estatuas de todos los hombres a los que he petrificado. Paseo entre ellos, acaricio la fría superficie rocosa en la que los convertí. Rabia repentina. Odio. Grito de nuevo y empujo al suelo una de las cientos de estatuas que me acompañan rompiéndola en miles de pedazos.

Respiro hondo, intento calmarme, pero sigo sintiendo la misma rabia. Y finalmente caigo de rodillas al suelo con un grito afligido. Cubro mis ojos con las manos, si fuera humana ahora estaría llorando de impotencia. ¿Si fuera humana? Nunca dejé de serlo. Mi corazón sigue siendo el de esa joven sacerdotisa que servía a Atenea.

Atenea.

Atenea.

Oh, Atenea, cuánto odio me causa tu nombre. Yo te serví, entregué mi vida, mi juventud, mi pureza. Todo a tu servicio. ¿Y así me lo pagaste? En esa horrible noche, cuando tu propio hermano Poseidón abusó de mí, tú te enfadaste. Pero me castigaste a mí. ¿Por qué fui yo la juzgada en lugar de él? Me convertiste en este horrible monstruo para que jamás un hombre osara mirarme, para que jamás me desearan… y para que si alguien osaba mirarme, se encontrase con la más horrible de las muertes.

Miro hacia el techo y grito tu nombre con mi monstruosa voz. Es un grito desgarrador. Y el eco de tu nombre resuena por todo el templo. En este templo subterráneo. Mi jardín de piedra. Sé que me escuchas, ahí fuera, donde estés. Sé que percibes mi odio. Mi locura. Mi desesperación. ¿Te divierte? Juro que un día pagarás por ello. Tal vez no seré yo quien cobre venganza. Pero un día pagarás por ello. Porque yo soy Medusa. Me otorgaste grandes poderes, en tu cínico castigo me convertiste en un monstruo sin igual. ¿Qué pretendías con ello? Tú, Atenea, la gran diosa de la sabiduría, la guerrera… fuiste incapaz de proteger a una de las tuyas. Yo jamás moriré. Todos los humanos sabrán quién es Medusa, incluso después de que yo ya no exista. Y tú… Tú, Poseidón, todos los hombres que intenten someterme… todos viviréis con el temor a Medusa. Me lanzaste una maldición, pero yo os maldigo a vosotros.

Un ruido llama mi atención. Sonrío y el silbido de las serpientes crece. Se acerca una nueva pieza para mi jardín.

 

Perseo

Llevo mucho tiempo siguiendo la pista a este horrible monstruo. Los dioses me han ayudado, me han otorgado las sandalias de Hermes y me han favorecido, todo para que mate a esa bruja gorgona. Tras días viajando he conseguido llegar a su guarida. Empuño mi espada con la diestra y con toda mi fuerza sujeto el magnífico escudo con la izquierda. Con sigilo me adentro a su guarida. ¡Que horror! Centenares de estatuas de hombres me rodean. Todos entraron con mis intenciones y todos fracasaron. Debo mantenerme alerta. El sitio es oscuro y está lleno de columnas y corredores. Me advirtieron de que no debo mirar los ojos a la bruja, ni siquiera tras muerta. Así que uso el escudo como espejo para no mirar directamente a nada.

¡Ahí está! ¡Cuánto horror! ¡Es un monstruo de verdad y debe morir! Todo sucede rápido. Un salto, un grito espeluznante, un golpe. Caigo al suelo, ruedo y me levanto rápidamente alzando el escudo por encima de mi cabeza. No la veo, pero la presiento y escucho las serpientes que recubren su cráneo. Me abalanzo contra ella y agarro con fuerzas mi espada. Ella o yo. Otro golpe, giro sobre mi mismo y aprovecho el movimiento para impulsar la espalda. Un golpe certero contra su cuello. La cabeza de la bruja salta por el aire y su cuerpo poco a poco cae al suelo, impulsado por su propio peso.

He ganado. Las leyendas hablaran sobre mí, Perseo, el valiente guerrero que acabó con la bruja. El héroe. Ahora debo regresar, salvar a mi madre y ofrecer la bolsa con la cabeza del monstruo a Atenea. Yo, Perseo, me acabo de convertir en leyenda. La historia me recordará como el hombre que acabó con la bruja gorgona.

 

Atenea

El saco con tu cabeza ha llegado a mí. ¿Qué debería hacer contigo? Incluso muerta sigues siendo un poderoso monstruo. Tus ojos siguen convirtiendo en piedra a los humanos, de tu sangre nació Pegaso y Crisaor. Incluso coral rojo ha nacido en el mar cuando tu sangre ha caído al agua. De algo tan horrible como tú han nacido cosas preciosas. Y más aún, tu sangre es prodigiosa. La sangre de tu vena izquierda es un veneno mortal, pero la de tu vena derecha puede incluso resucitar a los muertos. Debo guardar este trofeo a gran recaudo. Por horrenda que seas, eres un arma mortal.

¿Y si pongo tu cabeza en mi escudo? Sí, un arma perfecta. No habrá rival que ose hacerme frente. Ah, Medusa. Fuiste tan bella, y ahora sólo eres un monstruo que va a servirme de arma. Pero tenías razón. Nadie va a olvidarte, yo misma me encargaré de que todos conozcan tu historia. Todas las generaciones futuras te temerán. Supongo que tu maldición en parte surgió efecto. Mientras muchos te juzgaran como la bruja gorgona, otros tal vez escucharán tu historia verdadera. ¿Eso querías no? Que sepan que fuiste humana, que yo te castigué. Tal vez incluso que sientan pena por ti, tal vez incluso que te vean como una mujer fuerte a la que admirar. Un icono de mujer independiente, maltratada y juzgada de manera injusta y cruel.

No puedo sino sonreír. Medusa, mi pequeña e ingenua Medusa. ¿Querías que me odiasen por haberte castigado por haber sido atacada y violada? ¿Que jamás otra mujer fuera tratada con tanta injusticia? ¿No estarías sobrevalorando a la humanidad? ¿No aprendiste nada de mi castigo? El mundo no es justo. Los humanos no son justos. Pero quién sabe. Tal vez, en algún día muy, muy lejano, tu tormento llegará a su fin.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito de Medusa.