Hella, la diosa de la muerte

Daven salió de su escondite tras unas horas de silencio. Su madre decidió esconderlo allí, luego ella se fue y ya no volvió a verla más. Caminaba cojeando y despacio a causa de una pequeña herida que habría sufrido durante el asalto. Miró con espanto su alrededor, comprobando que no quedaba ni un rastro de vida en su poblado. La mayoría de casas tenían fuego en sus tejados y los cadáveres de hombres, mujeres y niños se amontonaban por zonas. Entonces vio la que claramente había sido su madre hace tan solo unas horas, su cuerpo tapaba parte de la entrada de su antigua casa, ahora marcada por la sangre que brotaba del cuello de ella.

A Daven le hubiese gustado llorar, pero se sentía tan derrotado que ni siquiera podía. Se acercó a lo que quedaba de su casa y se sentó con cuidado en el suelo, cerca de los pies de su madre. Se abrazó a sus propias piernas, percatándose entonces del frío que hacía y agachó la cabeza, abatido. Lo mejor sería dejarse morir ahí, ¿no? De todos modos, el curandero del poblado llevaba tiempo diciendo que la muerte había posado los ojos en él, que no viviría más allá de este invierno, una pena que alguien tan joven fuera a morir así decía el curandero. ¿No era irónico que ahora fuese el único ser con vida que quedaba en esa zona? Cerró los ojos y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando volvió a despertarse, sobresaltado por el ruido de una cabaña derrumbarse, se percató que ya era entrada la noche. Tosió apenas sin fuerzas, llevándose una mano a los labios, y miró con indiferencia la sangre escupida por él mismo. Las primeras veces que había tosido sangre se había asustado, ahora ya estaba acostumbrado. En el poblado dijeron que estaba maldito, pero a su madre no le había importado, lo había cuidado lo mejor que podía, como si para él hubiese un futuro. Entonces algo llamó la atención de Daven, levantó la cabeza y vio embelesado la aurora boreal, cosa que le sacó una pequeña sonrisa. Siempre le había parecido algo bonito de ver, y jamás la había visto tan cercana como esa noche. Demasiado cercana quizás. Fijó bien la vista y entonces se percató de que algo iba hacia el poblado, era un grupo de nueve chicas, todas montando caballos alados. Eran las Valkirias, lo sabía porque la anciana del pueblo les había contado muchas historias sobre ellas, sobre sus caballos, y sus armaduras brillantes que se confundían con la aurora boreal. Daven presionó los labios algo asustado, ¿por qué las veía? ¿no se supone que sólo los muertos podían verlas? ¿había llegado su momento? Las siguió con la vista, sin parpadear, hasta que estas aterrizaron a la entrada del poblado, dejaron ahí sus caballos y empezaron a pasear entre los muertos, escogiendo las almas de los guerreros que merecían ir al Valhalla. No parecía que les costase, se notaba que estaban acostumbradas a ello. Sin darse cuenta Daven se había puesto de pie, aún cojo, para acercarse un poco a ellas. Eran chicas hermosas, fuertes, desprendían algo que transmitía calma.

Fue entonces cuando una de ellas se giró y se percató de que Daven estaba ahí. Juraría que ella le había mostrado una pequeña sonrisa antes de continuar con su misión. Aquellos escogidos por las Valkirias se separaban en cuerpo y alma, y mientras que el cuerpo permanecía tirado al suelo, el alma ascendía a algún lugar que Daven desconocía, que jamás podría llegar a conocer, pues ni era guerrero ni había muerto en batalla con honor.

Pasaron varios minutos, cada vez quedaban menos cadáveres para la selección, y algo empezó a inquietar a Daven. ¿Y todos aquellos que no estaban siendo escogidos? ¿Qué pasaba con ellos…? La alarma de Daven fue absoluta cuando se percató en que algunas de las Valkirias regresaban a sus caballos, ¿se iban así, sin más? Miró con horror y con los ojos muy abiertos el cadáver de su madre y de vuelta las Valkirias, la misma que antes le había ofrecido una sonrisa volvió a tener contacto visual con él y Daven supo que era el momento. No sabía muy bien qué hacía, solamente se dejó llevar, dio tres pasos torpes y acelerados hacia ella y gritó con las pocas fuerzas que tenía:

– ¡Esperad! ¡No podéis iros así! ¡¿Y mi madre?! – Sin darse cuenta las lágrimas que no habían podido salir antes empezaron a brotar ahora. Todas ellas se giraron para mirarlo, con curiosidad, y con la que había tenido contacto visual se acercó hacía él. Una vez la tuvo justo en frente se percató de lo alta que era. Daven se sintió algo pequeño y absurdo, pero no podía permitir que su madre se quedase ahí, siendo un alma en pena en el mundo de los humanos. Ella se arrodilló para quedar a su altura y sonrió.

– No te preocupes, nosotras no podemos hacernos cargo de ella, pero alguien de gran poder lo hará. – Parecía que de algún modo ella tenía la capacidad de entender los pensamientos del chico.

– ¿Quién? ¿Cuándo? – Daven se frotó los ojos con la palma de la mano y se quedó mirando algo hipnotizado los ojos de aquella chica.

– Tu madre fue una mujer noble, murió dignamente defendiendo vuestro hogar, ella será acogida por la diosa Freya, nosotras ahora estamos aquí para traer a Odín sus guerreros. Pero te prometo que Freya no tardará mucho en reclamar a tu madre y a otras mujeres de aquí.

– ¿Y… qué pasa conmigo…? – Daven preguntó con respeto y miedo. Sabía por los cuentos que solo los muertos, o aquellos que iban a morir, podían ver las Valkirias. Eso lo convertía a él en un casi-muerto. Ella lo miró unos segundos, y Daven se preguntó por qué el rostro de ella rozaba casi la inexpresión. Solo le había parecido verla sonreír hace rato, pero a pesar de transmitir calma, su rostro no expresaba nada.

– Tú irás con Hella, los muertos por enfermedad van con ella. No podrás ver más a tu madre, pero vas a estar bien, créeme. – Daven la miró con terror, ¿cómo podía decirle que iba a estar bien? Había escuchado solamente historias terroríficas sobre Hella, la diosa de los muertos. Sintió que el corazón se le aceleraba y volvió a toser sangre hacia el suelo. Alzó la cabeza para volver a mirar a la Valkiria, ella no se turbaba, lo seguía mirando con la misma convicción de calma, y de nuevo, como si leyese la mente del chico, ella puso una mano en su hombro y repitió – Vas a estar bien, no tengas miedo, ella es justa con los buenos. – La Valkiria se incorporó, dando por zanjado el tema, se dio la vuelta para regresar con el resto de su grupo y sin dudarlo se montó a su caballo alado para partir. Ahora Daven se había quedado solo.

Se había quedado petrificado, de pie, como una estatua viendo a las Valkirias partir. Presionó los labios y se frotó los brazos con las manos, dándose cuenta de nuevo del frío que sentía. Miró a su alrededor, perdido, sintiéndose aún más solo al saber que la mayoría de los hombres que yacían estaban ya sin alma. Volvió cerca del cuerpo de su madre y volvió a sentarse, sin saber qué hacer, ni a donde ir. Si Hella iba a buscarlo, tampoco importaba mucho a dónde se fuera. Nuevamente cerró los ojos, pues se sentía agotado, hasta quedarse dormido otra vez.

Daven abrió los ojos al sentir la presencia de alguien en frente de él, alzó la cabeza y soltó un pequeño grito al ver la persona que estaba en frente de él. Se quiso echar atrás, pero la madera de su cabaña se lo impidió. Sin duda esa era Hella. La mujer que tenía enfrente era igualmente hermosa y horrorosa. La mitad de su rostro era bello y joven, con una cabellera blanca y brillante como la luna. La otra mitad de su rostro estaba sumido en la putrefacción, la carne de esa zona desprendía un hedor a muerte. Sus brazos y sus piernas seguían la misma lógica, un lado desprendía vida, el otro era un vivo retrato de la descomposición. Contra todo pronóstico ella sonrió, Daven casi hubiese jurado que lo miraba con compasión. Ofreció al chico la mano viva y escondió con disimulo la mano putrefacta dentro de su túnica, consciente de lo que causaba en el pequeño la visión de la muerte.

– Es hora de que vengas conmigo. – Hella se percató de que Daven miraba de reojo el cuerpo de su madre y sonrió. – No sufras, ella ya no está aquí, Freya vino hace rato a buscarla mientras dormías. Ahora tienes que venir con nosotros.

– ¿Vosotros…? – Daven preguntó con cierto miedo y fue entonces que se dio cuenta que detrás de Hella estaban todos los ancianos y las ancianas del poblado que habían muerto durante el asalto. Hella seguía ofreciendo su mano, y Daven acabó por tomársela. Se sorprendió al notarla cálida, y más aún cuando al levantarse se percató de que ya no le dolía la pierna, ni el pecho, ni le dolía respirar, ni siquiera tenía tos. Miró a Hella con cierto asombro y murmuró. – Ya no me duele… nada.

– Es normal, ya has muerto. – Ella sonrió, con cierta lástima en su mirada, pero con una sonrisa sincera y Daven, inconscientemente, sonrió también. – Vamos.

Ella tiró de la mano de él con suavidad y Daven se preguntó a dónde irían todos ellos, o mejor ¿cómo llegarían a donde tenían que ir? Giró la cabeza mientras andaba, dejándose guiar por la mano de la diosa, para ver a las almas de los ancianos que caminaban detrás de ellos y le sorprendió ver que el cuerpo de él se había quedado atrás, sentado y apoyado contra su cabaña, parecía que estaba durmiendo. Allí murió y allí se quedaría el cuerpo humano hasta que algún animal se lo comiera. Miró de nuevo a Hella, algo contrariado ante la idea de estar muerto y dejar atrás su cadáver. Pero enseguida algo llamó su atención lo suficientemente para dejar de prestar atención a su antiguo cuerpo. Un barco enorme, el más grande que jamás hubiese podido imaginar se asomaba en frente de ellos, y ese barco estaba, inexplicablemente, en tierra. ¿Cómo podía ser? Hella se dirigió hacia el barco, subiendo junto a Daven y todo el séquito de almas que iban detrás de ellos. Y sin que Daven pudiese explicarse cómo, el barco comenzó a moverse, hundiéndose bajo tierra hacia algún lugar desconocido. Tardaron bastante hasta llegar al mundo más profundo del Yggdrasil y en cruzar un río subterráneo enorme. De algún modo supo que ese río marcaba la frontera entre el que sería su nuevo hogar y los otros mundos.

Una vez el barco ancló, cómo si los ancianos supiesen su camino, todos bajaron del barco y se dispersaron por la zona, unos hacia un lado, otros hacia otro. Pero Daven no sabía dónde ir o qué hacer en ese reino desconocido.

– Ven, sígueme. – Hella le hizo un gesto con la mano a la vez que bajaba de ese barco gigantesco.

Daven optó por seguirla, ¿qué más podía hacer? Caminaron un rato en ese nuevo reino, el Hellheim. Pasaron por varios senderos, los cuales tenían desviaciones que nadie sabía hasta donde llegaban, pero se sumían en la oscuridad de algo tenebroso. A veces a Daven le parecía escuchar susurros, gritos en la lejanía. Era un lugar bastante oscuro y frío, pero tampoco le molestaba ya esa sensación. Tras un buen rato cruzando zonas lúgubres llegaron delante unos muros gigantescos, tan altos que ni siquiera los gigantes podrían ver que se asomaba más allá. Hella lo cruzó, junto a varios de los ancianos que se habían dirigido hacia esa misma zona, y Daven, nuevamente sin más opciones cruzó la entrada a esos muros detrás de ellos.

Y ahora, lo que se mostraba delante los ojos del chico era totalmente diferente. Un suspiro de asombro se le escapó a Daven mientras miraba encantado su alrededor. Cómo si hubiesen entrado en un universo paralelo, todo era verde, era un jardín de tamaño descomunal, con frutas, flores, praderas, riachuelos y muchos colores. Entre los diferentes arbustos y árboles se podían divisar otras almas de niños, adultos y ancianos. Al final de ese jardín gigante, o en algún punto que a él se le antojaba lejano, había una especie de castillo y por la sorpresa de Daven un perro enorme, gigante, parecía custodiar su entrada.

– A partir de ahora te quedarás aquí. Aquí es donde os quedáis aquellos que fuisteis inocentes y buenos en vida. Nunca os faltará nada, ni agua, ni comida, ni suelo donde descansar. Podrás hacerte amigo de otros niños y niñas que han llegado aquí por el mismo motivo que tú, podrás escuchar relatos de ancianos y ancianas de mismo modo que hacías en vida, podrás entrenar con los adultos con las espadas si es lo que te gusta. Y si me buscas, ese es mi hogar. – Con un gesto elegante Hella señaló el imponente castillo. – No sufras por Garm, es mi perro, está aquí para protegernos a todos, es grande pero jamás te haría daño. Sólo hay un sitio al que no debes ir. – Hella entrecerró los ojos y lo miró con advertencia mientras alzaba un dedo para luego señalar el camino de dónde habían venido. – No vuelvas jamás por el camino que hemos recorrido hoy. No cruces jamás esa puerta hacia el otro lado de esos muros. Más allá de estos muros de hiedras y flores, más allá de este jardín, están los que murieron sin honor, los que no quieren ni Odín, ni Freya, y realmente yo tampoco… Yo solo los acepto porque son una espada más, pero son deshonrosos y desalmados… son los de alma oscura y perversa. Me deben lealtad como su señora que soy, pero no tienen mi simpatía ni empatía. Más allá de esos muros sólo hay castigos, miserias y agonía. Para ellos, yo soy lo que ves – Hella estiró el brazo putrefacto para que la túnica lo dejase al descubierto. – muerte. Para los que estáis aquí soy muerte, sí, pero también algo más. – Alzó el otro brazo, mostrando ahora la parte de ella que era blanca y tersa como las chicas de las mejores casas. – No lo olvides, soy vuestra amiga, pero también soy la diosa de la muerte y vuestras almas me pertenecen.

Daven se giró para mirar el camino que habían recorrido y sintió un pequeño escalofrío al jurar escuchar, nuevamente, gritos de agonía lejos, en algún lugar escondido y más profundo de lo que cualquier humano pudiese imaginar. Volvió a encararse hacia Hella para darse cuenta que ella había empezado a encaminarse hacia su castillo, pero como si supiera que Daven la observaba, se detuvo un segundo, se giró levemente hacia él mostrándole la parte del rostro putrefacta y sonrió antes de retomar su camino. Daven se quedó unos segundos viendo como ella se alejaba por el camino, hasta que finalmente sonrió al percatarse que todos los que se cruzaban con ella en ese asombroso jardín le sonreían y le mostraban reverencias de respeto. De repente le pareció que entendía perfectamente porqué Hella era mitad vida y mitad muerte, y pensó que en el mundo humano no se hablaba con justicia de la diosa. De ella sólo contaban lo tenebroso, lo horrible y temeroso, la muerte. Pero nadie hablaba de su otra cara ¿verdad? De que no era diferente de otros dioses, ni más injusta, ni más bondadosa, pero tal vez si era un poco más humana en su corazón. Hella ofrecía dos destinos a los que acababan en su reino, a cuál fueras tú, dependía de tus actos en vida. Entendió lo absurdo que era tener miedo a la muerte, pues todos morían, pero Hella, a diferencia de Odín y Freya, los aceptaba a todos, no pedía que fueran mujeres nobles, mujeres vírgenes, ni valerosos caballeros. Cualquiera era bienvenido en su reino, lo que no era igual era el trato personal que ofrecía la diosa, ni las comodidades que brindaba. Entendió por qué todas aquellas almas la respetaban. Ella era su dueña, sí, pero le daba la opción de disfrutar de un modo que no había podido en vida, hasta que llegase el día del Ragnarok.

Unas risas lo distrajeron de sus pensamientos, miró hacia su izquierda y vio a 2 niños y una niña que parecían tener su edad, jugando y corriendo entre los árboles. Uno de ellos se detuvo en seco al ver a Daven y con aspavientos saludó mientras gritaba “¡Ven!”. Daven sonrió más aún y salió corriendo hacia ellos, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía fuerzas para correr? ¿Qué no podía reírse sin preocupaciones? Mientras jugaba con sus nuevos amigos lo tuvo claro, él serviría a Hella hasta el mismísimo Ragarok.

Relato inventado por El tapiz de Skuld

Medusa, la más bella. Medusa, la gorgona.

Medusa

Vejada. Humillada. Condenada injustamente. Oh, dioses, ¿qué hice por merecer tamaño castigo? Toco mi rostro y sólo siento arrugas, frío, monstruosidad. Cuando miro mis manos, grisáceas, viejas, horrendas, no puedo sino chillar de rabia. Porque ya no me quedan lágrimas por derramar.

El silbido de las serpientes es mi única compañía. Bueno, también lo son las estatuas de todos los hombres a los que he petrificado. Paseo entre ellos, acaricio la fría superficie rocosa en la que los convertí. Rabia repentina. Odio. Grito de nuevo y empujo al suelo una de las cientos de estatuas que me acompañan rompiéndola en miles de pedazos.

Respiro hondo, intento calmarme, pero sigo sintiendo la misma rabia. Y finalmente caigo de rodillas al suelo con un grito afligido. Cubro mis ojos con las manos, si fuera humana ahora estaría llorando de impotencia. ¿Si fuera humana? Nunca dejé de serlo. Mi corazón sigue siendo el de esa joven sacerdotisa que servía a Atenea.

Atenea.

Atenea.

Oh, Atenea, cuánto odio me causa tu nombre. Yo te serví, entregué mi vida, mi juventud, mi pureza. Todo a tu servicio. ¿Y así me lo pagaste? En esa horrible noche, cuando tu propio hermano Poseidón abusó de mí, tú te enfadaste. Pero me castigaste a mí. ¿Por qué fui yo la juzgada en lugar de él? Me convertiste en este horrible monstruo para que jamás un hombre osara mirarme, para que jamás me desearan… y para que si alguien osaba mirarme, se encontrase con la más horrible de las muertes.

Miro hacia el techo y grito tu nombre con mi monstruosa voz. Es un grito desgarrador. Y el eco de tu nombre resuena por todo el templo. En este templo subterráneo. Mi jardín de piedra. Sé que me escuchas, ahí fuera, donde estés. Sé que percibes mi odio. Mi locura. Mi desesperación. ¿Te divierte? Juro que un día pagarás por ello. Tal vez no seré yo quien cobre venganza. Pero un día pagarás por ello. Porque yo soy Medusa. Me otorgaste grandes poderes, en tu cínico castigo me convertiste en un monstruo sin igual. ¿Qué pretendías con ello? Tú, Atenea, la gran diosa de la sabiduría, la guerrera… fuiste incapaz de proteger a una de las tuyas. Yo jamás moriré. Todos los humanos sabrán quién es Medusa, incluso después de que yo ya no exista. Y tú… Tú, Poseidón, todos los hombres que intenten someterme… todos viviréis con el temor a Medusa. Me lanzaste una maldición, pero yo os maldigo a vosotros.

Un ruido llama mi atención. Sonrío y el silbido de las serpientes crece. Se acerca una nueva pieza para mi jardín.

 

Perseo

Llevo mucho tiempo siguiendo la pista a este horrible monstruo. Los dioses me han ayudado, me han otorgado las sandalias de Hermes y me han favorecido, todo para que mate a esa bruja gorgona. Tras días viajando he conseguido llegar a su guarida. Empuño mi espada con la diestra y con toda mi fuerza sujeto el magnífico escudo con la izquierda. Con sigilo me adentro a su guarida. ¡Que horror! Centenares de estatuas de hombres me rodean. Todos entraron con mis intenciones y todos fracasaron. Debo mantenerme alerta. El sitio es oscuro y está lleno de columnas y corredores. Me advirtieron de que no debo mirar los ojos a la bruja, ni siquiera tras muerta. Así que uso el escudo como espejo para no mirar directamente a nada.

¡Ahí está! ¡Cuánto horror! ¡Es un monstruo de verdad y debe morir! Todo sucede rápido. Un salto, un grito espeluznante, un golpe. Caigo al suelo, ruedo y me levanto rápidamente alzando el escudo por encima de mi cabeza. No la veo, pero la presiento y escucho las serpientes que recubren su cráneo. Me abalanzo contra ella y agarro con fuerzas mi espada. Ella o yo. Otro golpe, giro sobre mi mismo y aprovecho el movimiento para impulsar la espalda. Un golpe certero contra su cuello. La cabeza de la bruja salta por el aire y su cuerpo poco a poco cae al suelo, impulsado por su propio peso.

He ganado. Las leyendas hablaran sobre mí, Perseo, el valiente guerrero que acabó con la bruja. El héroe. Ahora debo regresar, salvar a mi madre y ofrecer la bolsa con la cabeza del monstruo a Atenea. Yo, Perseo, me acabo de convertir en leyenda. La historia me recordará como el hombre que acabó con la bruja gorgona.

 

Atenea

El saco con tu cabeza ha llegado a mí. ¿Qué debería hacer contigo? Incluso muerta sigues siendo un poderoso monstruo. Tus ojos siguen convirtiendo en piedra a los humanos, de tu sangre nació Pegaso y Crisaor. Incluso coral rojo ha nacido en el mar cuando tu sangre ha caído al agua. De algo tan horrible como tú han nacido cosas preciosas. Y más aún, tu sangre es prodigiosa. La sangre de tu vena izquierda es un veneno mortal, pero la de tu vena derecha puede incluso resucitar a los muertos. Debo guardar este trofeo a gran recaudo. Por horrenda que seas, eres un arma mortal.

¿Y si pongo tu cabeza en mi escudo? Sí, un arma perfecta. No habrá rival que ose hacerme frente. Ah, Medusa. Fuiste tan bella, y ahora sólo eres un monstruo que va a servirme de arma. Pero tenías razón. Nadie va a olvidarte, yo misma me encargaré de que todos conozcan tu historia. Todas las generaciones futuras te temerán. Supongo que tu maldición en parte surgió efecto. Mientras muchos te juzgaran como la bruja gorgona, otros tal vez escucharán tu historia verdadera. ¿Eso querías no? Que sepan que fuiste humana, que yo te castigué. Tal vez incluso que sientan pena por ti, tal vez incluso que te vean como una mujer fuerte a la que admirar. Un icono de mujer independiente, maltratada y juzgada de manera injusta y cruel.

No puedo sino sonreír. Medusa, mi pequeña e ingenua Medusa. ¿Querías que me odiasen por haberte castigado por haber sido atacada y violada? ¿Que jamás otra mujer fuera tratada con tanta injusticia? ¿No estarías sobrevalorando a la humanidad? ¿No aprendiste nada de mi castigo? El mundo no es justo. Los humanos no son justos. Pero quién sabe. Tal vez, en algún día muy, muy lejano, tu tormento llegará a su fin.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito de Medusa.

Baldr, el dios blanco, príncipe de príncipes

La tormenta de nieve no cesaba. Nuestros padres y hermanos se habían quedado atrapados fuera en ella desde hacía días. ¿Estarían bien padre y hermano mayor?. Esta vez tampoco me dejaron ir. A pesar de mi insistencia para demostrar que ya era un hombre, madre se negó.

– ¡Pero ya puedo cargar con el hacha! ¡Padre díselo! ¡Hemos entrenado muchas horas!

– Déjalo que venga Aðallaug… tiene que empezar a aprender y…

– No. Hoy no. Lo he visto.

Ése fue el fin de la discusión entre padre y madre. Padre es el jarl de nuestro poblado. A pesar de su gran fuerza física y maestría en combate jamás le discute a madre. Eso es porque ella se comunica con los dioses. Madre es una völva. Conoce secretos que los mortales no deberíamos saber, conoce las historias de los dioses… y conoce su destino.

– ¿Einarr? Acércate. Ven junto al fuego, voy a contarte una historia.

De repente la voz de madre me sacó de mis pensamientos. Aunque ella había sido quien había prohibido mi aventura, no podía enfadarme con ella. Tan fuerte, tan dulce, tan bella, tan sabia. Sólo cuando llegué a su lado me di cuenta de que tenía las manos heladas y temblorosas. Las puntas de mis dedos habían cogido un color oscuro. Las soplé, las froté y las acerqué al fuego esperando entrar en calor. Una rama se rompió haciendo saltar varias chispas que se dispersaron en el aire. Madre pasó su capa por encima de mis hombros y me hizo sentar junto ella. No pude evitar sonreír al sentir el calor que emanaba, pero al mirar su rostro noté la tristeza en sus ojos. Una tristeza que me desconcertó.

– ¿Qué historia vas a contarme hoy madre?

– Einarr, tu nombre significa valor. Antes de que nacieras los dioses me prepararon para éste día. Eres el segundo hijo varón de esta familia, como el dios Baldr. Señor de guerreros, príncipe de príncipes. Hoy voy a contarte su historia…

Vi mi propio vaho salir de entre mis labios al ritmo de mi pausada respiración. La historia no había empezado, pero algo me había cautivado. ¿Sería Baldr fuerte? ¿Tanto como Odín? ¿Por qué madre nos relacionaba?.

– Segundo hijo de Odín y Frigg, esposo de Nanna y padre de Foresti. Su casa es Breidablik y no hay salón en todo Asgard que rivalice con su belleza. Nadie puede hablar mal de él, el más sabio de los Aesir, el más justo. Tanto es su esplendor que luz blanca emana de él. Pero no todo en su vida es perfecto. Será uno de los primeros en morir, su muerte será uno de los desencadenantes del Ragnarök. Su madre, Frigg, conociendo el fatal destino de su hijo hizo jurar a todos los objetos de la tierra que creía peligrosos que jamás harían daño a Baldr. Pero cometió un error… infravaloró el muérdago. Lo juzgó inofensivo y demasiado joven y no lo sometió a ningún juramento.

Fruncí el ceño. ¿El muérdago? ¿El primer dios en morir? ¿Por qué madre quería con mi nombre honorar a un dios así? Abrí la boca dispuesto a replicar, pero ella negó con la cabeza y puso dos dedos en mis labios, indicando así que callase y le dejase acabar el relato.

– A parte de Frigg, nadie más conocía la única debilidad de Baldr, así que era inmortal a ojos de todos. Y eso hacía que Loki ardiese de rabia, pues él, amante del caos, astuto y señor de las mentiras ansiaba la muerte de Baldr. Así pues decidió disfrazarse de anciana y visitar a Frigg y la molestó miles de veces hasta que ella le reveló el único objeto que podía arrebatar la vida de Baldr. Loki corrió a los bosques, a buscar muérdago, y con él creó una flecha. Pero matarlo con sus propias manos no era divertido. Si conseguía que otro dios, ignorante del poder del objeto, usara la flecha para matar a Baldr, así sería mucho más divertido.

Escuchaba atento, el corazón me palpitaba con rapidez. ¿Se saldría Loki con la suya? Entreabrí los labios y abrí bastante los ojos, esperando que madre me revelase el desenlace.

– Entonces en un día aún por llegar, Loki propondrá un juego. Todos lanzarán objetos a Baldr, a fin de cuentas, nada va a dañarlo, ¿no?. Loki se acercará a Hodr, uno de los hermanos pequeños de Baldr y le dará la flecha de muérdago y así será como morirá a manos de su propio hermano. Desprovistos de luz y de verdad los dioses anunciarán el Ragnarök, y Odín y la giganta Rindr darán a luz a Váli para que éste vengue la muerte de Baldr y mate a Hodr. Nanna se tirará a la pira mortuoria de Baldr, aguardando el fin del Ragnarök para reencontrarse con su amor. Y Hodr y Baldr se reconciliarán en el reino de Hela. Loki será castigado por su acto una vez se descubra que él fue el que planeó todo, y su castigo será estar atado a tres rocas mientras una serpiente gotea veneno en su cabeza por la eternidad. Y finalmente se acabará el caos, la gran batalla acabará, Baldr renacerá y él, junto a otros hijos de Odín, reinaran el nuevo mundo.

Madre besó mi frente, y sin separarse apenas susurró.

– Einarr, el dios Baldr es justo, es bueno con sus guerreros, es amado y respetado, como todo líder debería ser. A pesar de no ser el primer hijo de Odín, él será quien reine en el nuevo mundo. Y tu, pequeño mío, a partir de hoy tendrás que convertirte en un jarl al que Baldr no pueda envidiar nada. Sé que deseas demostrar al mundo lo fuerte y valiente que eres. Pero no olvides, la fuerza y la valentía no lo son todo. Si quieres ser un buen líder tendrás que aprender otras habilidades.

– ¿Cómo? Madre… ¿y mi hermano mayor…?

Me separé abruptamente y la miré confuso. Entonces recordé la tristeza que vi en sus ojos antes de empezar el relato. Esa tristeza parecía ser mayor que antes, sin embargo ella sonrió y acarició mi mejilla. No sé cuánto rato había pasado, pero de repente reparé en que el sonido de la tormenta había cesado y que se escuchaba el ruido de los hombres que habían vuelto al poblado. Me levanté de un salto y salí corriendo hacia la puerta. Tal vez, de haber permanecido al lado de madre me habría percatado del dolor intenso que sentía. Pues ella ya sabía lo que había pasado. Se lo habían dicho los dioses.

Abrí la puerta y salí corriendo con una gran sonrisa, saltando entre las pilas de nieve acumuladas por la tormenta. Deseoso por reunirme con los guerreros.

– ¡Padre! ¡Hermano! ¡Padre!

Mis brincos fueron perdiendo intensidad y la sonrisa se desdibujó de mi rostro instantáneamente cuando llegué junto a ellos. Padre se arrodilló frente a mí, puso una mano en mi hombro y me dio un pequeño apretón. Juraría que su rostro reflejaba una tristeza contenida. La tristeza de un guerrero que ha visto morir a demasiada gente como para entender que la vida es efímera y la muerte un paso más. Que no tenemos ningún control sobre el destino, que los dioses juegan con nosotros. Que el destino es inescrutable. La tristeza contenida de un guerrero que confía en que se reunirá en el Valhalla con sus seres amados.

– Einarr, a partir de mañana comenzaremos un entrenamiento más duro. Te llevaré de hoy en adelante conmigo a toda batalla y cacería que se presente. Vivirás tu primer muro de escudos, te enfrentarás a osos y a señores de la guerra. Lucharemos hacha con hacha hasta que muramos, y entonces seguiremos luchando cuando nos reencontremos en el Valhalla, dónde tu hermano nos espera. Toma, a partir de ahora esto es tuyo, a tu hermano le hubiese gustado que lo tuvieras.

Me colocó en el cuello un amuleto ensangrentado, se levantó y dio otro apretón sobre mi hombro mientras otros guerreros pasaban por nuestro lado con la madera que transportaba el cadáver de mi hermano mayor.

 

El tapiz de Skuld

Relato inventado y mito de Baldr