Prometeo, el ladrón del fuego

“¿Cómo te atreves?”, el grito de Zeus retumbó por todo el Olimpo. Todos los dioses se miraron en silencio, cohibidos ante la furia del dios de los dioses. No se podía sentir ni siquiera la respiración de nadie, hasta que la risa de Prometeo interrumpió el silencio. Una risa acompañada de una sonrisa victoriosa, un gesto ofensivo para Zeus que respondió golpeando con fuerza el reposabrazos de su trono.

-¡Vas a ser castigado por esto! No te bastó con una vez, ¡me insultaste una segunda! ¿¡Qué hacéis todos mirando sin más!? ¡Llevadlo al confín del mundo, encadenadlo, obligadlo a sostener el cielo y que cada día un águila se coma sus entrañas!

Todos los dioses se miraron, cohibidos y asustados. ¿Tan grande castigo merecía Prometeo? ¿Pero cómo llevar la contraria a Zeus? Fue al final Hermes quién carraspeó suavemente y mirando al suelo preguntó.

-Señor… ¿No deberíamos antes permitir a Prometeo una justificación…?- Hermes pudo sentir como Zeus lo apuñalaba con la mirada, y de mala gana este accedió a que Prometeo se explicara.

-No hay mucho que explicar…- Una pequeña risa de sorna se escapó de Prometeo- ¿Qué vais a entender vosotros? Dioses del Olimpo, vivís una vida perfecta, con vuestra ambrosía de la inmortalidad, ajenos al dolor de los humanos que vosotros mismos habéis creado. Ellos están ahí abajo, sufriendo el calor, el frío, el viento, la falta de lluvia o el exceso de ella. Trabajan de sol a sol, enferman, envejecen y mueren. Con fortuna conocerán el amor y tendrán alimento para sus hijos durante unos años. Todo esto sin parar de adoraros, de suplicaros que los ayudéis. ¿Y qué hacéis vosotros? Les exigís las mejores ofrendas. ¡Ellos son los que crían a los bueyes! – Prometeo sintió de repente una ira impotente que crecía ante las injusticias cometidas por los dioses.- ¡Tienen derecho a alimentarse de esa carne! A vosotros no os hace servicio alguno, ellos mueren sin alimentarse. Pero luego vas tú, Zeus, el gran dios, y les robas el fuego. Sin el calor del fuego ellos enferman, mueren, no pueden cocinar ni siquiera crear sus armas para defenderse. Vosotros jamás moriréis pero ellos sólo viven una vez. ¡Una vez! ¿Y qué tipo de vida les ofrecéis? Unos pocos que lo tienen todo, muchos que no poseen nada… y tantos otros que ni siquiera son considerados seres vivos, son esclavos, simples herramientas. Ellos ven guerras, plagas, el caos del que vosotros os librasteis para ellos sigue siendo real. ¿Acaso no tienen derecho a ser felices? ¿A una vida digna? Si únicamente viven una vez, permitidles que vivan con honor, que tengan al menos la posibilidad de hacer que su vida sea buena. Que puedan amar y vivir sin miedo al mañana, a lo que les faltará. Que el calor del fuego los caliente, los una en grupos para contar historias, los proteja y conmueva. Ya tienen suficientes miserias para que les añadáis más. Ya viven con suficientes preocupaciones… ¿podré conseguir alimento para mi familia? ¿volverán mis hijos de la guerra? ¿morirá mi mujer en el parto? ¿me casarán con alguien a quién yo quiera y me quiera? ¿podré pagar a mi señor? -Prometeo negó ligeramente con la cabeza, consciente que Zeus jamás entendería esto.- Merecen una vida que les llene y de la que no sientan arrepentimiento o remordimientos al morir. Por eso los ayudé a obtener la carne de los bueyes, por eso les devolví el fuego. Pero, ¿qué vas a entender tú?

-Sacadlo de mi vista.- Zeus miraba a Prometeo con ira, jamás se había sentido tan insultado ni humillado. Y nada de lo que dijera lo libraría de su castigo eterno. Mientras se llevaban a Prometeo encadenado, el resto de los dioses se miraron de reojo, con las cabezas gachas. Fue Hermes, quién, de nuevo, se acercó a Zeus para murmurar con un hilo de voz.

-Señor… ¿sabéis que los humanos lo van a adorar…? A ojos de los humanos Prometeo va a ser el bueno… y… nosotros… -No pudo acabar la frase, pues el grito de rabia de Zeus lo hizo salir corriendo de su lado. Prometeo se había salido con la suya, pero sufriría toda la eternidad por ello.

Por eso tenemos que vivir, dándolo todo, una sola vez. Dar sentido a nuestra existencia, hacer que este viaje sea único e inmemorable. Tenemos que soñar, atrevernos a amar con locura, atrevernos a vivir sin miedo. Correr bajo la lluvia, hacer locuras para demostrar nuestro amor, subir al monte más alto y gritar nuestro nombre, saltar a por nuestros sueños, gritar a las estrellas nuestros deseos. Para que Prometeo, desde el confín del mundo, escuche el eco de nuestros gritos de victoria, de risa, de felicidad, nuestros deseos y sepa que lo que hizo, no fue en vano.

Hipatia de Alejandría

Segunda Década del mes de Gamelión

Mientras escribo estas memorias pienso en lo rápido que creces. Hace apenas unos años te sujetaba en brazos y ahora ya dominas álgebra, astronomía y geometría como si llevaras mil años dedicándote a ello. Inventas, haces filosofía y te mueves entre números con comodidad y energía. Hierocles y yo te hemos transmitido todo nuestro conocimiento, y tu lo has superado con creces. Incluso has inventado el densímetro, posicionándote como pionera en las ciencias.

Siento orgullo de que seas mi hija. Pero a la vez me inquieta. ¿Estaré haciendo lo correcto? Eres la primera mujer que veo al mando de una escuela, enseñando a altos cargos aristócratas. Si bien soñaba en que fueras así de fuerte y perspicaz, temo por tu seguridad. Muchos en nuestros tiempos no entienden que una mujer ostente tu poder y posición. Todo lo que puedo hacer es rezar a los dioses por ti y protegerte mientras siga en vida.

No importa cuan lejos llegues, a cuántos políticos enseñes ni cuántos descubrimientos hagas, para mí sigues siendo mi pequeña Hipatia.

Teón de Alejandría

 

Primera década del mes de Muniquión

En un día como hoy he tenido el honor de conocer a la Maestra Alejandrina. ¿Qué puedo decir? Es de naturaleza más noble que su padre, Teón, y no se conforma con saber que viene de las ciencias matemáticas, sino que se dedica a las otras ciencias filosóficas con mucha entrega. Es justa y sabia, y sin duda se le debe otorgar el grado más alto en la virtud práctica del arte de enseñar. La he visto con sus discípulos, y es maravillosa.

Hipatia me ha confesado una anécdota con uno de sus discípulos fascinante. Cuando él le declaró su amor, ella le arrojó un paño manchado de sangre menstrual, espetándole: “De esto estás enamorado, y no tiene nada hermoso”. Siento deseos de inmortalizar a la Maestra Alejandrina y sus virtudes, conocimientos y anécdotas.

Es una pena que no haya más mujeres en frente de escuelas, pero tal vez ella será la primera de muchas otras que se atreverán a entrar en el jardín del conocimiento y lo desconocido.

Damascio, Academia de Atenas

 

Noumênía, mes de Elafebolión

Han pasado varios días y sigo llorando la muerte de mi maestra, Hipatia. Cirilo pagará por ello, juro que será así. Dios, el Dios cristiano que Cirilo tanto dice adorar, si de verdad existes deberás castigarlo por sus actos. No les bastó con acabar con la vida de la mujer con la mente más maravillosa de todos los tiempos, humillaron su cadáver, la arrastraron por Alejandría y expusieron su cuerpo desnudo como un perro.

Todo lo que puedo hacer ahora es pedir a Constantinopla que intervenga. La iglesia cristiana de Alejandría no mengua su violencia, sus actos atroces contra el saber y el conocimiento. Nos llaman paganos y nos acusan de actos jamás cometidos.

Hipatia, si algo puedo prometer a tu alma mientras escribo estas páginas es que no permitiré que tu escuela desaparezca. Necesitamos que tus discípulos, mis compañeros más preparados sigan enseñando álgebra, filosofía, geometría, astronomía… No vamos a escondernos de la iglesia. Que la Escuela Neoplatónica de Alejandría siga funcionando es el mayor homenaje que puedo hacerte. Tus obras no van a desaparecer, con mis contactos voy a asegurarme que tu conocimiento llegue a generaciones futuras y todos sepan quién fue la gran, virtuosa y noble Maestra de Alejandría.

Hipatia de Alejandría, mi admirada maestra, espero que tu alma encuentre la paz.

Orestes, Perfecto de Egipto

 

Había una mujer en Alejandría que se llamaba Hipatia, hija del filósofo Teón, que logró tales conocimientos en literatura y ciencia, que sobrepasó en mucho a todos los filósofos de su propio tiempo. Habiendo sucedido a la escuela de Platón y Plotino, explicaba los principios de la filosofía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de lejos para recibir su instrucción.

El tapiz de Skuld