Hella, la diosa de la muerte

Daven salió de su escondite tras unas horas de silencio. Su madre decidió esconderlo allí, luego ella se fue y ya no volvió a verla más. Caminaba cojeando y despacio a causa de una pequeña herida que habría sufrido durante el asalto. Miró con espanto su alrededor, comprobando que no quedaba ni un rastro de vida en su poblado. La mayoría de casas tenían fuego en sus tejados y los cadáveres de hombres, mujeres y niños se amontonaban por zonas. Entonces vio la que claramente había sido su madre hace tan solo unas horas, su cuerpo tapaba parte de la entrada de su antigua casa, ahora marcada por la sangre que brotaba del cuello de ella.

A Daven le hubiese gustado llorar, pero se sentía tan derrotado que ni siquiera podía. Se acercó a lo que quedaba de su casa y se sentó con cuidado en el suelo, cerca de los pies de su madre. Se abrazó a sus propias piernas, percatándose entonces del frío que hacía y agachó la cabeza, abatido. Lo mejor sería dejarse morir ahí, ¿no? De todos modos, el curandero del poblado llevaba tiempo diciendo que la muerte había posado los ojos en él, que no viviría más allá de este invierno, una pena que alguien tan joven fuera a morir así decía el curandero. ¿No era irónico que ahora fuese el único ser con vida que quedaba en esa zona? Cerró los ojos y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando volvió a despertarse, sobresaltado por el ruido de una cabaña derrumbarse, se percató que ya era entrada la noche. Tosió apenas sin fuerzas, llevándose una mano a los labios, y miró con indiferencia la sangre escupida por él mismo. Las primeras veces que había tosido sangre se había asustado, ahora ya estaba acostumbrado. En el poblado dijeron que estaba maldito, pero a su madre no le había importado, lo había cuidado lo mejor que podía, como si para él hubiese un futuro. Entonces algo llamó la atención de Daven, levantó la cabeza y vio embelesado la aurora boreal, cosa que le sacó una pequeña sonrisa. Siempre le había parecido algo bonito de ver, y jamás la había visto tan cercana como esa noche. Demasiado cercana quizás. Fijó bien la vista y entonces se percató de que algo iba hacia el poblado, era un grupo de nueve chicas, todas montando caballos alados. Eran las Valkirias, lo sabía porque la anciana del pueblo les había contado muchas historias sobre ellas, sobre sus caballos, y sus armaduras brillantes que se confundían con la aurora boreal. Daven presionó los labios algo asustado, ¿por qué las veía? ¿no se supone que sólo los muertos podían verlas? ¿había llegado su momento? Las siguió con la vista, sin parpadear, hasta que estas aterrizaron a la entrada del poblado, dejaron ahí sus caballos y empezaron a pasear entre los muertos, escogiendo las almas de los guerreros que merecían ir al Valhalla. No parecía que les costase, se notaba que estaban acostumbradas a ello. Sin darse cuenta Daven se había puesto de pie, aún cojo, para acercarse un poco a ellas. Eran chicas hermosas, fuertes, desprendían algo que transmitía calma.

Fue entonces cuando una de ellas se giró y se percató de que Daven estaba ahí. Juraría que ella le había mostrado una pequeña sonrisa antes de continuar con su misión. Aquellos escogidos por las Valkirias se separaban en cuerpo y alma, y mientras que el cuerpo permanecía tirado al suelo, el alma ascendía a algún lugar que Daven desconocía, que jamás podría llegar a conocer, pues ni era guerrero ni había muerto en batalla con honor.

Pasaron varios minutos, cada vez quedaban menos cadáveres para la selección, y algo empezó a inquietar a Daven. ¿Y todos aquellos que no estaban siendo escogidos? ¿Qué pasaba con ellos…? La alarma de Daven fue absoluta cuando se percató en que algunas de las Valkirias regresaban a sus caballos, ¿se iban así, sin más? Miró con horror y con los ojos muy abiertos el cadáver de su madre y de vuelta las Valkirias, la misma que antes le había ofrecido una sonrisa volvió a tener contacto visual con él y Daven supo que era el momento. No sabía muy bien qué hacía, solamente se dejó llevar, dio tres pasos torpes y acelerados hacia ella y gritó con las pocas fuerzas que tenía:

– ¡Esperad! ¡No podéis iros así! ¡¿Y mi madre?! – Sin darse cuenta las lágrimas que no habían podido salir antes empezaron a brotar ahora. Todas ellas se giraron para mirarlo, con curiosidad, y con la que había tenido contacto visual se acercó hacía él. Una vez la tuvo justo en frente se percató de lo alta que era. Daven se sintió algo pequeño y absurdo, pero no podía permitir que su madre se quedase ahí, siendo un alma en pena en el mundo de los humanos. Ella se arrodilló para quedar a su altura y sonrió.

– No te preocupes, nosotras no podemos hacernos cargo de ella, pero alguien de gran poder lo hará. – Parecía que de algún modo ella tenía la capacidad de entender los pensamientos del chico.

– ¿Quién? ¿Cuándo? – Daven se frotó los ojos con la palma de la mano y se quedó mirando algo hipnotizado los ojos de aquella chica.

– Tu madre fue una mujer noble, murió dignamente defendiendo vuestro hogar, ella será acogida por la diosa Freya, nosotras ahora estamos aquí para traer a Odín sus guerreros. Pero te prometo que Freya no tardará mucho en reclamar a tu madre y a otras mujeres de aquí.

– ¿Y… qué pasa conmigo…? – Daven preguntó con respeto y miedo. Sabía por los cuentos que solo los muertos, o aquellos que iban a morir, podían ver las Valkirias. Eso lo convertía a él en un casi-muerto. Ella lo miró unos segundos, y Daven se preguntó por qué el rostro de ella rozaba casi la inexpresión. Solo le había parecido verla sonreír hace rato, pero a pesar de transmitir calma, su rostro no expresaba nada.

– Tú irás con Hella, los muertos por enfermedad van con ella. No podrás ver más a tu madre, pero vas a estar bien, créeme. – Daven la miró con terror, ¿cómo podía decirle que iba a estar bien? Había escuchado solamente historias terroríficas sobre Hella, la diosa de los muertos. Sintió que el corazón se le aceleraba y volvió a toser sangre hacia el suelo. Alzó la cabeza para volver a mirar a la Valkiria, ella no se turbaba, lo seguía mirando con la misma convicción de calma, y de nuevo, como si leyese la mente del chico, ella puso una mano en su hombro y repitió – Vas a estar bien, no tengas miedo, ella es justa con los buenos. – La Valkiria se incorporó, dando por zanjado el tema, se dio la vuelta para regresar con el resto de su grupo y sin dudarlo se montó a su caballo alado para partir. Ahora Daven se había quedado solo.

Se había quedado petrificado, de pie, como una estatua viendo a las Valkirias partir. Presionó los labios y se frotó los brazos con las manos, dándose cuenta de nuevo del frío que sentía. Miró a su alrededor, perdido, sintiéndose aún más solo al saber que la mayoría de los hombres que yacían estaban ya sin alma. Volvió cerca del cuerpo de su madre y volvió a sentarse, sin saber qué hacer, ni a donde ir. Si Hella iba a buscarlo, tampoco importaba mucho a dónde se fuera. Nuevamente cerró los ojos, pues se sentía agotado, hasta quedarse dormido otra vez.

Daven abrió los ojos al sentir la presencia de alguien en frente de él, alzó la cabeza y soltó un pequeño grito al ver la persona que estaba en frente de él. Se quiso echar atrás, pero la madera de su cabaña se lo impidió. Sin duda esa era Hella. La mujer que tenía enfrente era igualmente hermosa y horrorosa. La mitad de su rostro era bello y joven, con una cabellera blanca y brillante como la luna. La otra mitad de su rostro estaba sumido en la putrefacción, la carne de esa zona desprendía un hedor a muerte. Sus brazos y sus piernas seguían la misma lógica, un lado desprendía vida, el otro era un vivo retrato de la descomposición. Contra todo pronóstico ella sonrió, Daven casi hubiese jurado que lo miraba con compasión. Ofreció al chico la mano viva y escondió con disimulo la mano putrefacta dentro de su túnica, consciente de lo que causaba en el pequeño la visión de la muerte.

– Es hora de que vengas conmigo. – Hella se percató de que Daven miraba de reojo el cuerpo de su madre y sonrió. – No sufras, ella ya no está aquí, Freya vino hace rato a buscarla mientras dormías. Ahora tienes que venir con nosotros.

– ¿Vosotros…? – Daven preguntó con cierto miedo y fue entonces que se dio cuenta que detrás de Hella estaban todos los ancianos y las ancianas del poblado que habían muerto durante el asalto. Hella seguía ofreciendo su mano, y Daven acabó por tomársela. Se sorprendió al notarla cálida, y más aún cuando al levantarse se percató de que ya no le dolía la pierna, ni el pecho, ni le dolía respirar, ni siquiera tenía tos. Miró a Hella con cierto asombro y murmuró. – Ya no me duele… nada.

– Es normal, ya has muerto. – Ella sonrió, con cierta lástima en su mirada, pero con una sonrisa sincera y Daven, inconscientemente, sonrió también. – Vamos.

Ella tiró de la mano de él con suavidad y Daven se preguntó a dónde irían todos ellos, o mejor ¿cómo llegarían a donde tenían que ir? Giró la cabeza mientras andaba, dejándose guiar por la mano de la diosa, para ver a las almas de los ancianos que caminaban detrás de ellos y le sorprendió ver que el cuerpo de él se había quedado atrás, sentado y apoyado contra su cabaña, parecía que estaba durmiendo. Allí murió y allí se quedaría el cuerpo humano hasta que algún animal se lo comiera. Miró de nuevo a Hella, algo contrariado ante la idea de estar muerto y dejar atrás su cadáver. Pero enseguida algo llamó su atención lo suficientemente para dejar de prestar atención a su antiguo cuerpo. Un barco enorme, el más grande que jamás hubiese podido imaginar se asomaba en frente de ellos, y ese barco estaba, inexplicablemente, en tierra. ¿Cómo podía ser? Hella se dirigió hacia el barco, subiendo junto a Daven y todo el séquito de almas que iban detrás de ellos. Y sin que Daven pudiese explicarse cómo, el barco comenzó a moverse, hundiéndose bajo tierra hacia algún lugar desconocido. Tardaron bastante hasta llegar al mundo más profundo del Yggdrasil y en cruzar un río subterráneo enorme. De algún modo supo que ese río marcaba la frontera entre el que sería su nuevo hogar y los otros mundos.

Una vez el barco ancló, cómo si los ancianos supiesen su camino, todos bajaron del barco y se dispersaron por la zona, unos hacia un lado, otros hacia otro. Pero Daven no sabía dónde ir o qué hacer en ese reino desconocido.

– Ven, sígueme. – Hella le hizo un gesto con la mano a la vez que bajaba de ese barco gigantesco.

Daven optó por seguirla, ¿qué más podía hacer? Caminaron un rato en ese nuevo reino, el Hellheim. Pasaron por varios senderos, los cuales tenían desviaciones que nadie sabía hasta donde llegaban, pero se sumían en la oscuridad de algo tenebroso. A veces a Daven le parecía escuchar susurros, gritos en la lejanía. Era un lugar bastante oscuro y frío, pero tampoco le molestaba ya esa sensación. Tras un buen rato cruzando zonas lúgubres llegaron delante unos muros gigantescos, tan altos que ni siquiera los gigantes podrían ver que se asomaba más allá. Hella lo cruzó, junto a varios de los ancianos que se habían dirigido hacia esa misma zona, y Daven, nuevamente sin más opciones cruzó la entrada a esos muros detrás de ellos.

Y ahora, lo que se mostraba delante los ojos del chico era totalmente diferente. Un suspiro de asombro se le escapó a Daven mientras miraba encantado su alrededor. Cómo si hubiesen entrado en un universo paralelo, todo era verde, era un jardín de tamaño descomunal, con frutas, flores, praderas, riachuelos y muchos colores. Entre los diferentes arbustos y árboles se podían divisar otras almas de niños, adultos y ancianos. Al final de ese jardín gigante, o en algún punto que a él se le antojaba lejano, había una especie de castillo y por la sorpresa de Daven un perro enorme, gigante, parecía custodiar su entrada.

– A partir de ahora te quedarás aquí. Aquí es donde os quedáis aquellos que fuisteis inocentes y buenos en vida. Nunca os faltará nada, ni agua, ni comida, ni suelo donde descansar. Podrás hacerte amigo de otros niños y niñas que han llegado aquí por el mismo motivo que tú, podrás escuchar relatos de ancianos y ancianas de mismo modo que hacías en vida, podrás entrenar con los adultos con las espadas si es lo que te gusta. Y si me buscas, ese es mi hogar. – Con un gesto elegante Hella señaló el imponente castillo. – No sufras por Garm, es mi perro, está aquí para protegernos a todos, es grande pero jamás te haría daño. Sólo hay un sitio al que no debes ir. – Hella entrecerró los ojos y lo miró con advertencia mientras alzaba un dedo para luego señalar el camino de dónde habían venido. – No vuelvas jamás por el camino que hemos recorrido hoy. No cruces jamás esa puerta hacia el otro lado de esos muros. Más allá de estos muros de hiedras y flores, más allá de este jardín, están los que murieron sin honor, los que no quieren ni Odín, ni Freya, y realmente yo tampoco… Yo solo los acepto porque son una espada más, pero son deshonrosos y desalmados… son los de alma oscura y perversa. Me deben lealtad como su señora que soy, pero no tienen mi simpatía ni empatía. Más allá de esos muros sólo hay castigos, miserias y agonía. Para ellos, yo soy lo que ves – Hella estiró el brazo putrefacto para que la túnica lo dejase al descubierto. – muerte. Para los que estáis aquí soy muerte, sí, pero también algo más. – Alzó el otro brazo, mostrando ahora la parte de ella que era blanca y tersa como las chicas de las mejores casas. – No lo olvides, soy vuestra amiga, pero también soy la diosa de la muerte y vuestras almas me pertenecen.

Daven se giró para mirar el camino que habían recorrido y sintió un pequeño escalofrío al jurar escuchar, nuevamente, gritos de agonía lejos, en algún lugar escondido y más profundo de lo que cualquier humano pudiese imaginar. Volvió a encararse hacia Hella para darse cuenta que ella había empezado a encaminarse hacia su castillo, pero como si supiera que Daven la observaba, se detuvo un segundo, se giró levemente hacia él mostrándole la parte del rostro putrefacta y sonrió antes de retomar su camino. Daven se quedó unos segundos viendo como ella se alejaba por el camino, hasta que finalmente sonrió al percatarse que todos los que se cruzaban con ella en ese asombroso jardín le sonreían y le mostraban reverencias de respeto. De repente le pareció que entendía perfectamente porqué Hella era mitad vida y mitad muerte, y pensó que en el mundo humano no se hablaba con justicia de la diosa. De ella sólo contaban lo tenebroso, lo horrible y temeroso, la muerte. Pero nadie hablaba de su otra cara ¿verdad? De que no era diferente de otros dioses, ni más injusta, ni más bondadosa, pero tal vez si era un poco más humana en su corazón. Hella ofrecía dos destinos a los que acababan en su reino, a cuál fueras tú, dependía de tus actos en vida. Entendió lo absurdo que era tener miedo a la muerte, pues todos morían, pero Hella, a diferencia de Odín y Freya, los aceptaba a todos, no pedía que fueran mujeres nobles, mujeres vírgenes, ni valerosos caballeros. Cualquiera era bienvenido en su reino, lo que no era igual era el trato personal que ofrecía la diosa, ni las comodidades que brindaba. Entendió por qué todas aquellas almas la respetaban. Ella era su dueña, sí, pero le daba la opción de disfrutar de un modo que no había podido en vida, hasta que llegase el día del Ragnarok.

Unas risas lo distrajeron de sus pensamientos, miró hacia su izquierda y vio a 2 niños y una niña que parecían tener su edad, jugando y corriendo entre los árboles. Uno de ellos se detuvo en seco al ver a Daven y con aspavientos saludó mientras gritaba “¡Ven!”. Daven sonrió más aún y salió corriendo hacia ellos, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía fuerzas para correr? ¿Qué no podía reírse sin preocupaciones? Mientras jugaba con sus nuevos amigos lo tuvo claro, él serviría a Hella hasta el mismísimo Ragarok.

Relato inventado por El tapiz de Skuld

Prometeo, el ladrón del fuego

“¿Cómo te atreves?”, el grito de Zeus retumbó por todo el Olimpo. Todos los dioses se miraron en silencio, cohibidos ante la furia del dios de los dioses. No se podía sentir ni siquiera la respiración de nadie, hasta que la risa de Prometeo interrumpió el silencio. Una risa acompañada de una sonrisa victoriosa, un gesto ofensivo para Zeus que respondió golpeando con fuerza el reposabrazos de su trono.

-¡Vas a ser castigado por esto! No te bastó con una vez, ¡me insultaste una segunda! ¿¡Qué hacéis todos mirando sin más!? ¡Llevadlo al confín del mundo, encadenadlo, obligadlo a sostener el cielo y que cada día un águila se coma sus entrañas!

Todos los dioses se miraron, cohibidos y asustados. ¿Tan grande castigo merecía Prometeo? ¿Pero cómo llevar la contraria a Zeus? Fue al final Hermes quién carraspeó suavemente y mirando al suelo preguntó.

-Señor… ¿No deberíamos antes permitir a Prometeo una justificación…?- Hermes pudo sentir como Zeus lo apuñalaba con la mirada, y de mala gana este accedió a que Prometeo se explicara.

-No hay mucho que explicar…- Una pequeña risa de sorna se escapó de Prometeo- ¿Qué vais a entender vosotros? Dioses del Olimpo, vivís una vida perfecta, con vuestra ambrosía de la inmortalidad, ajenos al dolor de los humanos que vosotros mismos habéis creado. Ellos están ahí abajo, sufriendo el calor, el frío, el viento, la falta de lluvia o el exceso de ella. Trabajan de sol a sol, enferman, envejecen y mueren. Con fortuna conocerán el amor y tendrán alimento para sus hijos durante unos años. Todo esto sin parar de adoraros, de suplicaros que los ayudéis. ¿Y qué hacéis vosotros? Les exigís las mejores ofrendas. ¡Ellos son los que crían a los bueyes! – Prometeo sintió de repente una ira impotente que crecía ante las injusticias cometidas por los dioses.- ¡Tienen derecho a alimentarse de esa carne! A vosotros no os hace servicio alguno, ellos mueren sin alimentarse. Pero luego vas tú, Zeus, el gran dios, y les robas el fuego. Sin el calor del fuego ellos enferman, mueren, no pueden cocinar ni siquiera crear sus armas para defenderse. Vosotros jamás moriréis pero ellos sólo viven una vez. ¡Una vez! ¿Y qué tipo de vida les ofrecéis? Unos pocos que lo tienen todo, muchos que no poseen nada… y tantos otros que ni siquiera son considerados seres vivos, son esclavos, simples herramientas. Ellos ven guerras, plagas, el caos del que vosotros os librasteis para ellos sigue siendo real. ¿Acaso no tienen derecho a ser felices? ¿A una vida digna? Si únicamente viven una vez, permitidles que vivan con honor, que tengan al menos la posibilidad de hacer que su vida sea buena. Que puedan amar y vivir sin miedo al mañana, a lo que les faltará. Que el calor del fuego los caliente, los una en grupos para contar historias, los proteja y conmueva. Ya tienen suficientes miserias para que les añadáis más. Ya viven con suficientes preocupaciones… ¿podré conseguir alimento para mi familia? ¿volverán mis hijos de la guerra? ¿morirá mi mujer en el parto? ¿me casarán con alguien a quién yo quiera y me quiera? ¿podré pagar a mi señor? -Prometeo negó ligeramente con la cabeza, consciente que Zeus jamás entendería esto.- Merecen una vida que les llene y de la que no sientan arrepentimiento o remordimientos al morir. Por eso los ayudé a obtener la carne de los bueyes, por eso les devolví el fuego. Pero, ¿qué vas a entender tú?

-Sacadlo de mi vista.- Zeus miraba a Prometeo con ira, jamás se había sentido tan insultado ni humillado. Y nada de lo que dijera lo libraría de su castigo eterno. Mientras se llevaban a Prometeo encadenado, el resto de los dioses se miraron de reojo, con las cabezas gachas. Fue Hermes, quién, de nuevo, se acercó a Zeus para murmurar con un hilo de voz.

-Señor… ¿sabéis que los humanos lo van a adorar…? A ojos de los humanos Prometeo va a ser el bueno… y… nosotros… -No pudo acabar la frase, pues el grito de rabia de Zeus lo hizo salir corriendo de su lado. Prometeo se había salido con la suya, pero sufriría toda la eternidad por ello.

Por eso tenemos que vivir, dándolo todo, una sola vez. Dar sentido a nuestra existencia, hacer que este viaje sea único e inmemorable. Tenemos que soñar, atrevernos a amar con locura, atrevernos a vivir sin miedo. Correr bajo la lluvia, hacer locuras para demostrar nuestro amor, subir al monte más alto y gritar nuestro nombre, saltar a por nuestros sueños, gritar a las estrellas nuestros deseos. Para que Prometeo, desde el confín del mundo, escuche el eco de nuestros gritos de victoria, de risa, de felicidad, nuestros deseos y sepa que lo que hizo, no fue en vano.

Idunn y las manzanas de oro

Esta historia empezó antes de que existieran los héroes, los mitos sobre dioses, las leyendas sobre reyes. Mucho antes de todo esto. Antes de que fuera saber de todos que el sol nacía por el este y moría por el oeste. Antes de que los dioses fueran inmortales. Esta historia empezó en la casa del enano Ivald.

Fue una gran noticia para la familia de Ivald que su mujer estuviera embarazada. Vivían en tierras pacíficas, rodeados de grandes campos y montañas. Su vida era sencilla, pero llena y feliz, especialmente ahora que sabía que tendría un heredero. Amaba a su mujer de pelo dorado como el maíz, y ella lo amaba a él. Juntos habían construido esa casa, habían arado sus tierras, plantado sus manzaneros.  Juntos se habían construido un paraíso en el que pasaron 9 meses llenos de risas, muestras de cariño y esperanza. Y así, en ese entorno, nació una joven bella y brillante como el sol. La llamaron Idunn.

Idunn enamoró a sus padres y a todos sus vecinos desde pequeña. Su pelo era aún más dorado que el de su madre, su belleza resplandecía como la del sol y sus ojos eran tan verdes como el de las hojas de los manzanos en su momento más hermoso. Ya desde pequeña supo qué era recibir amor, y creció dichosa y alegre ayudando en las tierras de sus padres.

Ivald no tardó en percatarse que los manzanos parecían crecer más rápido y grandes con los cuidados de su hija. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero a medida que Idún crecía, las manzanas de sus árboles se volvían indudablemente más doradas y grandes, más jugosas y más refrescantes. Contra más bella se hacía su hija al pasar de los años, más sanos y fuertes eran las manzanas que ella cuidaba. Y más aún, uno parecía adquirir más fuerza y salud al ingerirlas. Así pues no tardó en correrse la voz de las famosas manzanas de Idunn, y de Idunn, la joven hermosa de pelo dorado que no parecía envejecer al lado de sus padres.

Entonces, un buen día, un tal Bragi se presentó ante la puerta de Ivald.

– Señor Ivald, permita que me presente. Me llamo Bragi, músico y poeta. Mi padre es el sabio Odín y mi madre es la giganta Gunnlod.- Bragi hizo una perfecta y elegante reverencia.

– ¿Y qué se te ha perdido por aquí?- Preguntó Ivald, con cierta suspicacia.- He oído hablar de tu padre, aquí nunca nos hemos metido con problemas. ¿A qué te manda Odín?

– Señor, no vengo con intención de problemas. Mi padre, qué todo lo sabe, ha escuchado hablar de las manzanas de oro de Idunn, y creemos que pueden ser la solución a nuestros problemas. Mi padre envejece Ivald, y mientras todos envejecemos en Asgard, su familia parece que no lo ha hecho durante los últimos 20 años. Todo parece ser que es por las manzanas.

– ¿Quieres llevarte a mis manzanas?- Ivald se rió con fuerza.- Dame un buen precio y te las vendo, tenemos muchas, y cada año crecen más.

– Queremos las manzanas sí, pero queremos que únicamente las comercie con los señores de Asgard.- Bragi enmudeció cuando vio a una joven hermosa entrar por la puerta con un cesto de manzanas preguntando a su padre quién era el forastero. No sabía qué brillaba más, si las manzanas o la joven. Todo su aspecto era hermoso, pero más aún lo era su voz. Dulce y refrescante, seguramente como las manzanas que llevaba. Su sonrisa brillaba, y sus ojos parecían tener un fuego cálido dentro. La joven se acercó a él e hizo una reverencia, ofreciéndole acto seguido una manzana. Bragi la aceptó, enmudecido y le dio un mordisco. Se quedó mudo. Él, el dios de la poesía, el que tenía palabras para describirlo todo, era incapaz de articular nada. Únicamente regresó en si cuando Ivald carraspeó fuerte.

– Sea como sea, ya es de noche. Puedes quedarte aquí hoy, cena con nosotros y acabamos de cerrar el trato con un buen cuerno de hidromiel. Idunn, avisa a tu madre de que hoy tendremos un invitado de más.

Bragi contempló como la joven sonreía y salía hacia la cocina. Y por una vez estaba seguro de algo, él que había intentado tantos años describir la belleza del mundo, acababa de encontrarse con su personificación. Ni siquiera Freya podía competir con Idunn. La cena siguió con normalidad, la família de Ivald era de trato amable y cordial. Viendo el amor que se tenían entre ellos Bragi creía entender de dónde procedía ese don de Idunn. Cada vez le importaban menos las manzanas, y más la joven.

Acabada la cena, Ivald retomó el negocio de las manzanas doradas.

– Y dime Bragi, ¿por qué debería yo ofreceros unas manzanas que os conceden salud e inmortalidad? ¿Qué garantías tengo de que las usaréis con sabiduría?

– Porque en Asgard cumplimos con nuestras promesas, si nos ofrecéis ese don de las manzanas, prometemos protegeros siempre de cualquier amenaza.

– ¡Ja, ja, ja! Nadie ha amenazado estas tierras por siglos, ¿por qué deberían hacerlo ahora?

– Porque ahora las manzanas de oro de Idunn son famosas, y al igual que nosotros otros estarán interesados en obtener las manzanas, o directamente a su hija.- Ivald se puso serio de repente. Miró de reojo a su hija y luego a Bragi. Cierto era lo que decía Bragi. Otros podrían intentar venir, y tal vez con una postura hostil. Idunn también mostró una sombra de preocupación al ser consciente de esa nueva realidad. Ambos miraron a Bragi cuando volvió a hablar.- Sin embargo, nosotros nos comprometemos a defender a su familia y a su hija.- Bragi miró a Idunn con fascinación y tomó una bocanada de aire antes de seguir hablando.- Entiendo que no se confíe de mi padre o mis hermanos, pero le doy mi palabra de que yo jamás dejaría que algo le sucediera a Idunn. Si… Si Idunn aceptara ser mi esposa y vivir con nosotros en Asgard, le juro que jamás le faltaría de nada.

Idunn sonrió y dejó escapar una pequeña risa sin maldad alguna. Ivald la miró serio. Luego miró a Bragi, valorando su oferta.

– ¿Qué dices Idunn…? Es tu mano de la que estamos hablando.

– Acepto el trato.- Idunn siguió sonriendo, miró a su padre y luego a Bragi. Algo en ese guerrero le había gustado desde el primer momento. Supo desde el segundo en el que lo vió que sería feliz al lado de un hombre como él. Y así fue como Idunn se fue a vivir a Asgard con Bragi. Fue bien recibida por todos sus habitantes. Todos ellos quedaron enamorados de su sonrisa y su aroma dulce, y todos celebraron la boda de la pareja. No tardó Odín en ofrecerle a la joven un jardín enorme en Asgard. Bello y majestuoso para que pudiese cultivar ahí sus manzanas. Estas no tardaron en crecer, pues el don de Idunn parecía verse fortalecido por los poemas de amor que le componía su marido. La felicidad de la chica y de la pareja se respiraba por todo Asgard. Sólo ellos conocían el paradero de su jardín. Así fue como los dioses consiguieron ser inmunes a las enfermedades, ser inmortales. Así fue como Idunn se convirtió en la diosa de la juventud y la fertilidad.

Así fue como empezaron los mitos de los dioses fuertes e inmortales entre los humanos.

 

Relato inventado sobre el origen de Idunn

El Tapiz de Skuld

Orihime y Hikoboshi: la leyenda de Tanabata

La princesa

Se acerca la noche que hemos estado esperando durante un año. No importa que llevemos miles de años así, jamás me acostumbro a ello, a los nervios que me causa saber que cuando se haga la noche por fin me reuniré contigo. Mil dudas me acechan durante estos minutos. Tengo tanto que contarte, tanto que preguntarte, tantas ganas de verte y tanto miedo de afrontar la realidad.

Recuerdo como si fuera ayer cuando padre nos castigó. Hikoboshi, ¿lo recuerdas también? Mientras vivimos separados por un universo de estrellas, ¿piensas en como nos conocimos? Yo me dirigía al telar, a preparar los vestidos de padre y entonces te vi, vigilando tus bueyes pastar. Me pregunto si te intimidaste ante mi presencia la primera vez. Un humilde pastor frente a la hija del Rey Celestial. No pudimos remediarlo, en seguida supimos que nos amaríamos eternamente. Al principio nos veíamos en secreto, finalmente padre nos casó. Todo iba tan bien… Y míranos ahora, separados por el Río Amanogawa, brillando en el cielo nocturno, sin poder vernos, acariciarnos ni hablarnos. Padre dijo que lo merecíamos por haber descuidado nuestras tareas, pero que nos permitiría vernos una noche al año. Es un destino triste. Es cruel.

Mientras me paso los días y las noches tejiendo me pregunto si te arrepientes. ¿Te arrepientes de haberme amado? ¿Verme una noche al año hace que tu sufrimiento desaparezca, ni que sea un poco? Yo sé que para mí es suficiente, que nada más ver tu sonrisa se disiparán todos mis nervios y miedos. Me llevo las manos al pecho y puedo escuchar mi corazón latir con nerviosismo. Pronto desaparecerán los últimos rayos de luz, pronto podremos cruzar el río y encontrarnos. Hikoboshi, ¿me sonreirás también este año?

Escucho las urracas, ya están empezando a crear el puente. Sin dudarlo salgo corriendo hacia ti.

El pastor

Orihime. Orihime. Me gusta repetir tu nombre. He perdido la cuenta de los milenios que llevamos con esta condena. Cientos de noches en el cielo, separados por las estrellas, esperando. Esperando la noche en la que ambos cruzaremos el río y nos reencontraremos.

Mientras veo los últimos rayos de sol desaparecer no puedo dejar de sonreír. Conozco tus miedos, cada año son los mismos, y son mutuos. Pero no puedo hacer más que confiar. Nada más desaparece el último rayo de sol me lanzo corriendo hacia el puente de urracas que acuden a nuestra ayuda cada año, corriendo hacia dónde sé que estás. Una vez empieza la noche no puedo perder ni un segundo.

Y ahí estás, radiante. Puedo ver que corriste a mi encuentro, pues ambos tenemos la respiración agitada.

– Princesa Orihime.- Hago una reverencia, pero antes de acabarla te lanzas a mis brazos. Te abrazo con fuerza y no puedo evitar sonreír. Me reconforta percatar que tu aroma no ha cambiado, tu pelo sigue desprendiendo el mismo aroma dulce. Pronuncio una vez más tu nombre, esta vez sin rangos. Respondes pronunciando mi nombre. No hay lágrimas como las primeras veces, te has vuelto más fuerte, y yo también. Poco a poco nos separamos y tenemos el mismo acto reflejo, acariciar el rostro del otro. Sonrío, sonríes, y eso me hace sonreír más. Veo en tus ojos, esos ojos tan profundos, que tienes tantas cosas que contarme, y seguro que tu ves lo mismo en los míos. Pero un año es demasiado tiempo para condensarlo en una noche. Es algo que hemos aprendido con el pasar de los milenios. Hemos aprendido a expresarnos con caricias, besos y sonrisas, con el menor número de palabras posibles, pues la noche no tiene segundos suficientes para pronunciar todas las palabras que desearíamos.

Esta es nuestra noche, y la llama de nuestro amor arderá del mismo modo que mañana arderán todos  los deseos escritos en papel y colgados en las cañas de bambú. Esta es nuestra noche, y hasta que no salga el primer rayo de sol pienso amarte con todas mis fuerzas.

De algún modo hemos aprendido a leernos la mente, a comunicarnos con miradas. Me besas la mejilla con esa dulzura tan característica tuya y entonces demuestras tu capacidad de leer mis pensamientos. Mientras me rodeas la cabeza obligándome a apoyarme contra tu pecho susurras a mi oído.

– Jamás lo dudes, ni un universo de estrellas, ni cientos de noches sin vernos harán que deje de amarte.

Esta es nuestra noche, y una vez salga el primer rayo de sol y nos separemos me seguiré sintiendo afortunado. Pues aunque estemos separados, compartimos el mismo cielo estrellado.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito japonés de Tanabata.

Medusa, la más bella. Medusa, la gorgona.

Medusa

Vejada. Humillada. Condenada injustamente. Oh, dioses, ¿qué hice por merecer tamaño castigo? Toco mi rostro y sólo siento arrugas, frío, monstruosidad. Cuando miro mis manos, grisáceas, viejas, horrendas, no puedo sino chillar de rabia. Porque ya no me quedan lágrimas por derramar.

El silbido de las serpientes es mi única compañía. Bueno, también lo son las estatuas de todos los hombres a los que he petrificado. Paseo entre ellos, acaricio la fría superficie rocosa en la que los convertí. Rabia repentina. Odio. Grito de nuevo y empujo al suelo una de las cientos de estatuas que me acompañan rompiéndola en miles de pedazos.

Respiro hondo, intento calmarme, pero sigo sintiendo la misma rabia. Y finalmente caigo de rodillas al suelo con un grito afligido. Cubro mis ojos con las manos, si fuera humana ahora estaría llorando de impotencia. ¿Si fuera humana? Nunca dejé de serlo. Mi corazón sigue siendo el de esa joven sacerdotisa que servía a Atenea.

Atenea.

Atenea.

Oh, Atenea, cuánto odio me causa tu nombre. Yo te serví, entregué mi vida, mi juventud, mi pureza. Todo a tu servicio. ¿Y así me lo pagaste? En esa horrible noche, cuando tu propio hermano Poseidón abusó de mí, tú te enfadaste. Pero me castigaste a mí. ¿Por qué fui yo la juzgada en lugar de él? Me convertiste en este horrible monstruo para que jamás un hombre osara mirarme, para que jamás me desearan… y para que si alguien osaba mirarme, se encontrase con la más horrible de las muertes.

Miro hacia el techo y grito tu nombre con mi monstruosa voz. Es un grito desgarrador. Y el eco de tu nombre resuena por todo el templo. En este templo subterráneo. Mi jardín de piedra. Sé que me escuchas, ahí fuera, donde estés. Sé que percibes mi odio. Mi locura. Mi desesperación. ¿Te divierte? Juro que un día pagarás por ello. Tal vez no seré yo quien cobre venganza. Pero un día pagarás por ello. Porque yo soy Medusa. Me otorgaste grandes poderes, en tu cínico castigo me convertiste en un monstruo sin igual. ¿Qué pretendías con ello? Tú, Atenea, la gran diosa de la sabiduría, la guerrera… fuiste incapaz de proteger a una de las tuyas. Yo jamás moriré. Todos los humanos sabrán quién es Medusa, incluso después de que yo ya no exista. Y tú… Tú, Poseidón, todos los hombres que intenten someterme… todos viviréis con el temor a Medusa. Me lanzaste una maldición, pero yo os maldigo a vosotros.

Un ruido llama mi atención. Sonrío y el silbido de las serpientes crece. Se acerca una nueva pieza para mi jardín.

 

Perseo

Llevo mucho tiempo siguiendo la pista a este horrible monstruo. Los dioses me han ayudado, me han otorgado las sandalias de Hermes y me han favorecido, todo para que mate a esa bruja gorgona. Tras días viajando he conseguido llegar a su guarida. Empuño mi espada con la diestra y con toda mi fuerza sujeto el magnífico escudo con la izquierda. Con sigilo me adentro a su guarida. ¡Que horror! Centenares de estatuas de hombres me rodean. Todos entraron con mis intenciones y todos fracasaron. Debo mantenerme alerta. El sitio es oscuro y está lleno de columnas y corredores. Me advirtieron de que no debo mirar los ojos a la bruja, ni siquiera tras muerta. Así que uso el escudo como espejo para no mirar directamente a nada.

¡Ahí está! ¡Cuánto horror! ¡Es un monstruo de verdad y debe morir! Todo sucede rápido. Un salto, un grito espeluznante, un golpe. Caigo al suelo, ruedo y me levanto rápidamente alzando el escudo por encima de mi cabeza. No la veo, pero la presiento y escucho las serpientes que recubren su cráneo. Me abalanzo contra ella y agarro con fuerzas mi espada. Ella o yo. Otro golpe, giro sobre mi mismo y aprovecho el movimiento para impulsar la espalda. Un golpe certero contra su cuello. La cabeza de la bruja salta por el aire y su cuerpo poco a poco cae al suelo, impulsado por su propio peso.

He ganado. Las leyendas hablaran sobre mí, Perseo, el valiente guerrero que acabó con la bruja. El héroe. Ahora debo regresar, salvar a mi madre y ofrecer la bolsa con la cabeza del monstruo a Atenea. Yo, Perseo, me acabo de convertir en leyenda. La historia me recordará como el hombre que acabó con la bruja gorgona.

 

Atenea

El saco con tu cabeza ha llegado a mí. ¿Qué debería hacer contigo? Incluso muerta sigues siendo un poderoso monstruo. Tus ojos siguen convirtiendo en piedra a los humanos, de tu sangre nació Pegaso y Crisaor. Incluso coral rojo ha nacido en el mar cuando tu sangre ha caído al agua. De algo tan horrible como tú han nacido cosas preciosas. Y más aún, tu sangre es prodigiosa. La sangre de tu vena izquierda es un veneno mortal, pero la de tu vena derecha puede incluso resucitar a los muertos. Debo guardar este trofeo a gran recaudo. Por horrenda que seas, eres un arma mortal.

¿Y si pongo tu cabeza en mi escudo? Sí, un arma perfecta. No habrá rival que ose hacerme frente. Ah, Medusa. Fuiste tan bella, y ahora sólo eres un monstruo que va a servirme de arma. Pero tenías razón. Nadie va a olvidarte, yo misma me encargaré de que todos conozcan tu historia. Todas las generaciones futuras te temerán. Supongo que tu maldición en parte surgió efecto. Mientras muchos te juzgaran como la bruja gorgona, otros tal vez escucharán tu historia verdadera. ¿Eso querías no? Que sepan que fuiste humana, que yo te castigué. Tal vez incluso que sientan pena por ti, tal vez incluso que te vean como una mujer fuerte a la que admirar. Un icono de mujer independiente, maltratada y juzgada de manera injusta y cruel.

No puedo sino sonreír. Medusa, mi pequeña e ingenua Medusa. ¿Querías que me odiasen por haberte castigado por haber sido atacada y violada? ¿Que jamás otra mujer fuera tratada con tanta injusticia? ¿No estarías sobrevalorando a la humanidad? ¿No aprendiste nada de mi castigo? El mundo no es justo. Los humanos no son justos. Pero quién sabe. Tal vez, en algún día muy, muy lejano, tu tormento llegará a su fin.

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito de Medusa.

El mito de la creación egipcio

El mito

Sólo existía Nun, el océano. Ni tierra, ni plantas, ni seres habitaban el planeta. Todo era agua y oscuridad. Entonces surgió el primer montículo, y gracias al soporte terrestre nació Ra, el primer dios, y comenzó la vida.

Ra creó el sol, que se levantó lentamente por el horizonte hasta iluminarlo todo. Acto seguido el gran dios nombró a Shu, y el viento comenzó a soplar. Luego mencionó el nombre de Tefnut, y comenzó a llover. El viento y la lluvia habían sido creados. Shu y Tefnut tuvieron hijos, Geb, la tierra (masculino), y por encima de él Nut, el cielo (femenino). Geb y Nut se casaron y de su unión nacieron todas las estrellas.

Geb y Nut dibujados en papiro.

Shu y Tefnunt, descontentos con la relación de sus hijos, pidieron a Ra que los vigilase. Así que Ra mandó uno de sus ojos a vigilar a Geb y Nut, y cuando el ojo regresó, un nuevo ojo ocupaba su lugar. El Ojo de Ra, entristecido y lleno de pena comenzó a llorar. Así, de las lágrimas del Ojo de Ra, apareció la humanidad.

Geb y Nut, negándose a romper su unión, siguieron copulando y así nacieron Osiris, Isis, Seth, Horus (Mejentienirti) y Neftis. Y de ellos siguió apareciendo todo tipo de vida.

Ra, bajo su aspecto humano, gobernó Egipto con justicia y bondad durante miles de años, logrando la felicidad de sus súbditos. Pero el paso de los años comenzó a pesar sobre el cuerpo humano de Ra y sus súbditos comenzaron a perderle el respeto a su envejecido y debilitado rey.

Jeroglífico de la diosa Sekhmet.

A lo largo del reino se alzaron las revueltas y Ra, enfurecido, mandó a su hija Sekhmet, nacida de su Ojo, para castigarlos. La furia de la peligrosa leona se sembró a su paso, desolando con violencia y crueldad todo lo que se encontraba, llenando Egipto de plagas y pestes. Ra, apiadado de los humanos al darse cuenta de la fuerza destructora de su hija, decidió transformarla en Hathor/Bastet, diosa de la dulzura y el amor, de la medicina y la sanación.

Pero Ra seguía siendo senil, y un dios más joven tenía que ocupar su lugar. Isis, hábilmente elaboró un plan. De la baba de su abuelo Ra creó una serpiente que mordió a Ra, envenenándolo. Lleno de dolor por el veneno, Ra llamó a Isis, su sanadora, en busca de ayuda. Y ella aceptó curarlo sólo si le descubría su verdadera deidad: “Si conozco tu nombre secreto, podré curarte”.

Pues quién conociera el verdadero nombre de Ra, podría convertirse en faraón de Egipto. Y Ra le respondió que sólo se lo diría bajo la promesa que ella únicamente daría esa información a su futuro hijo, al que debía llamar Horus, y éste a su hijo, y luego a su hijo, generación tras generación.

De este modo Ra se curó e Isis obtuvo sus poderes. Ya curado y mayor, Ra se volvió al cielo, donde vigila el mundo transportando en su barca sagrada el Sol hasta que por la noche Nut se lo traga, siguiendo el viaje por el infierno hasta el nuevo amanecer. Porque Ra es el Sol, y aparece con el alba y desaparece con la oscuridad.

Jeroglífico de Ra viajando en su barca.

Y así Isis convirtió a su hijo Horus en el nuevo señor de Egipto, quién todo lo gobierna y todo lo ve.

Reflexión

Dos cosas a decir.

Siempre me ha parecido curioso que los egipcios diesen tanta importáncia al poder de los nombres. Ellos creían que si conocías el nombre real de los dioses, no podían hacer nada contra ti. Por eso en el libro de los muertos siempre se daba a conocer los nombres de cada dios y monstruo. Se ve claramente en este mito, cuando Isis le pide a Ra su verdadera identidad, lo importante que era para ellos. ¿Por qué motivo sería?

Y, no es el primer mito en el que se menciona que al principio sólo existía el agua. Tal vez sea porque estoy leyendo ahora mismo la novela de El informe Phaeton: El diario secreto de Noe y estoy dando muchas vueltas a los mensajes de las leyendas del pasado, pero no deja de llamar mi atención que tantas culturas antiguas apunten al echo de que al principio sólo existía un planeta de agua, y que más tarde aparecieron los continentes. ¿Cómo podían conocer ellos tanto sobre geografía como para saber que los continentes terrestres se formaron tras siglos de ser la Tierra un planeta de únicamente agua?

 

Bibliografía

[1] Hart, G., (2003). Mitos egipcios. Akal, Madrid.

[2] https://papirosperdidos.com

[3] https://sobreleyendas.com

El mito de la creación Celta

Los celtas no ofrecen una única versión de la creación del universo. Al igual que las culturas nórdicas, la suya era una tradición más oral que escrita. Sumando esto a que la cultura celta se estableció en un marco geográfico muy grande, con diferentes idiomas e influencias, nos ha llevado a que existan diferentes historias en lugar de un único relato.

Así que hoy voy a explicar uno de los mitos de la creación. Posiblemente este mito pertenece a las comunidades celtas que se establecieron en Irlanda.

La yegua blanca

Al principio no había ni dioses ni humanos habitando la tierra. Tampoco existía el tiempo. Tan sólo existía la tierra y el mar. Entonces Eiocha, la yegua blanca, nació de la espuma blanca que el mar hacía al tocar la tierra. Cerca de ella creció un roble fuerte, del cual brotaban bayas blancas, las lágrimas del mar. Eiocha, que se alimentaba de estas bayas, creció fuerte y dio a luz al primer dios: Cernunnos. Durante el parto, Eiocha sufría tales dolores que rompió algunas piezas de corteza del roble y las tiró al mar. Fue entonces cuando los gigantes de las profundidades aparecieron por primera vez.

Relieve de Cernunnos rodeado de animales.

Cernunnos, solitario, tuvo hijos con su propia madre, y así fue como nacieron Maponus, Tauranus, Teutates y la diosa Epona*. Tras dar a luz a sus nuevos 4 hijos, Eiocha regresó al mar y así se convirtió en Tethra, la diosa de las profundidades.

 

El trabajo de los dioses

Entonces sólo habitaban la tierra algunos dioses y el roble. Los dioses se sentían solitarios y tristes de que nadie los adorase, así pues decidieron crear la vida, y de la madera del roble diseñaron al primer hombre y a la primera mujer. Uno a uno empezaron a crear sus propios diseños. Cernunnos pidió al roble que crease bosques, y los pobló con diferentes animales: ciervos, osos, serpientes, perros, cuervos y liebres. Por otro lado, Epona creó una yegua y un semental; Tetuates creó flechas, arcos y un garrote; Tauranus dio lugar a los rayos y al fuego; y Maponus creó una exquisita arpa que tocaba con tal maestría que el viento y todos los animales se reunían a su alrededor para escucharlo.

Figurilla de la diosa Danu, diosa madre de los Tuatha de Dannan.

Pero mientras los dioses vivían felizmente y con comodidad los gigantes de las profundidades marinas, llenos de envidia, decidieron girar la tierra. Eiocha avisó a sus hijos, y gracias a ello los dioses devolvieron los gigantes al fondo del mar, donde fueron obligados a vivir eternamente. Sin embargo algunos gigantes escaparon. Dirigidos por Fomhoire, se escondieron al perímetro exterior de la tierra jurando venganza.

Otros dioses aparecieron cuando el cielo y el mar se entremezclaron durante el tumulto. Belenus y Danu, su hermana, nacieron del primer fuego. Lir, que de las aguas ya más calmadas creó al poderoso Manannan, al sabio Bran y a Branwen la más hermosa de las diosas. Y entonces Danu, la diosa madre, dió a luz a los dioses más importantes, a los dioses de Tuatha de Dannan: Dagda, Nuada de la tierra plateada, Diancecht el sabio, Goihbhio el herrero, Morrigan la aterradora y la gentil Brigit.

Y de ellos nacieron muchos otros dioses, héroes y reyes. Así fue como empezaron todas las batallas, todos los romances y todas las guerras que inundarían la vida de los dioses, de los druidas y de los reyes.

 

*A pesar de que Epona es una diosa celta, la diosa de los caballos, gustó tanto a los soldados romanos que fue incorporada al panteón de dioses romanos. Por eso es posible encontrar su nombre en la mitología romana también.

 

Bibliografía

Hourly History (2016). Celtic Mythology: A Concise Guide to the Gods, Sagas and Beliefs.

http://www.irishtribes.com/articles/2012-11-lost-celtic-creation-myth-in-english.html

El mito de la creación coreano

A diferencia del mito de la creación Maori, el mito coreano no se centra tanto en la creación del planeta, sino en la aparición del humano. Así pues, el mito de la creación coreano, también conocido como el mito de Tangun es una narración que tiene lugar en un universo y un planeta ya creados pero en el que sólo habitaban dioses y espíritus.

El mito

Todo empezó un día cuando Hwanung, Príncipe del Cielo, miró abajo hacia la Tierra. Al verla deseó ser el señor de esas tierras y dirigir a su futura humanidad. Su padre, Hwanin, el Señor del Cielo, conocedor de los deseos de su hijo y sabiendo que su hijo haría a la humanidad feliz, escogió el Monte Taebaek como el lugar adecuado para que su hijo descendiera.

Así pues Hwanung bajo al Monte Taebaek y debajo de un árbol de sándalo creó la ciudad sagrada qué habitaría. Consigo se llevó tres sellos sagrados y 3000 servidores (espíritus). Además también lo acompañaron hacia la Tierra tres ministros: el Señor del Viento, el Maestro de la Lluvia y el Maestro de las Nubes.

Un buen día, paseando por la montaña, un tigre y un oso que habían escuchado sobre los poderes del príncipe, se acercaron a Hwanung con la misma petición.

– Príncipe celestial, deseo convertirme en un ser humano. Dime qué tengo que hacer, y así lo haré.

Hwanung, tras meditarlo, les propuso un trato.

– Tengo un reto para vosotros. Tendréis que vivir durante 100 días en una cueva, sin ver la luz del sol, y todo lo que tendréis para comer son 20 dientes de ajo y un poco de altamisa. Ahora entrad en la cueva y superad el reto.

El oso y el tigre entraron con su comida en la cueva, pero el tigre, impaciente y nervioso, fue incapaz de aguantar más que unos días y huyó de nuevo hacia el bosque. Por contra, el oso, paciente, se dedicó a dormir  durante 100 días. Superado el último día de la prueba el oso se convirtió en una hermosa mujer, Ungyo, pero pronto se sintió sola y triste por lo que empezó a rezar a Hwanung para que le diese un hijo. El dios, escuchando sus ofrecimientos, tomó a Ungyo por esposa y la dejó embarazada.

De su matrimonio nació Tangun, Rey del Sándalo, el primer Rey de Gojoseon. Tangun reinó en paz y justícia durante 1500 años, hasta que decidió volver al Monte Taebaek y convertirse en un dios de la montaña.

Si alguno ha viajado a Corea y aún no conocía este mito, ahora tal vez entenderá varias cosas que puede haber visto durante el viaje, como una enorme variedad de souvenirs en forma de osos vestidos con hanbok, el vestido tradicional coreano. Pues, según el mito de Tangun, los coreanos vienen del oso.

Lo que me parece curioso del mito es que, a pesar de ser Tangun el personaje más conocido y poderoso, el primer ser humano que apareció fue Ungyo, una mujer. Algo parecido pasa en el mito de la creación del ser humano de los Maori (ya lo contaré dentro de poco), pues según los Maori la mujer humana fue la primera en ser creada. Sé suficiente de Corea y su historia para decir que Corea había sido, hace muchos muchos siglos, un reino fuertemente influenciado por el shamanismo y, tal vez, una sociedad matriarcal antes de la Era de los Tres Reinos. Se han encontrado tumbas anteriores a esa época en las que las mujeres eran enterradas con más riquezas y ostentación que los hombres.

Ambos casos, tanto el mito maori como el mito coreano, me parecen curiosos. Son muy pocos los mitos de la creación en los que la mujer apareció primera/fue creada antes que el hombre. Y a su vez me hace pensar sobre la relación entre el matriarcado y las sociedades shamánicas. ¿Alguien más le ve relación a esos dos conceptos?

La realidad

A fecha de hoy no está claro si Tangun es simplemente un nombre de leyenda o si responde a algún rey que existió ya hace milenios en la península. Documentos parecen apoyar la idea de que un Rey llamado Tangun reinó en la península sobre el 2333 AC. Aunque no está clara su veracidad, los Anales de la Dinastía Joseon y los documentos del Dongguk Tongram y del Samguk Yusa, parecen apoyar la idea de que el soberano Tangun reinó a la vez que el Emperador chino Yao, pero entre los 3 documentos hay cierto desliz de fechas impidiendo determinar claramente el inicio y el fin del mandato de Tangun.

Un hecho curioso es que Kim Il-sung, primer líder de la República Popular Democrática de Corea del Norte, siempre estuvo convencido de la existencia de Tangun y se propuso encontrar su tumba. Dijo encontrarla en el Monte Taebaek de Kangdong (no confundir con el Monte Taebaek de Corea del Sur), zona cercana a Pyeongyang, y allí levantó el Mausuleo de Tangun que se puede visitar si se viaja a Corea del Norte. Al día de hoy el sitio sigue siendo un tema de controversia entre historiadores y arqueólogos de las dos Corea y de China.

El mito de la creación Maori

Quiero publicar un seguido de entradas sobre los diferentes mitos de la creación del mundo. Y en lugar de empezar por los típicos que todos conocemos, he optado por explicar la creación del mundo según los Maori, antiguos habitantes de Nueva Zelanda. Al igual que nos pasa con tantas otras culturas antiguas, la tradición Maori era más oral que escrita, así pues tenemos diferentes versiones de los mitos. Además, como todo mito de la creación es rocambolesco, y de ante mano os digo que tiene enormes similitudes con los mitos de la creación de Babilonia y Grecia, pero espero que lo disfrutéis.

La creación del cielo, la tierra y los dioses

Al principio únicamente existía la oscuridad. No había nada en el universo. Fue la época conocida como Te Kore. En medio de la oscuridad aparecieron dos dioses: Rangi-nui, dios del cielo*, y Papa-tua-nuku, diosa de la tierra. Ambos enamorados se abrazaron fuerte y empezaron a vivir como un matrimonio. Rangi-nui quiso tapar la desnudez de su esposa, así que sembró semillas de plantas y árboles para tapar el cuerpo de Papa y darle calor. Luego creó insectos, cangrejos, mejillones y demás criaturas para adornar el cuerpo de la madre tierra.

Rangi y Papa abrazados, tallados en madera.

Finalmente Rangi-nui y Papa tuvieron sus propios hijos. En total dieron luz a seis (algunas versiones dicen que tuvieron hasta 70): Tawhiri, dios del clima; Rongo, dios de las cosechas; Tu, dios de la guerra y la humanidad; Tangaroa, dios del mar; Tane, dios de los bosques; y Haumia, dios de las plantas y la comida salvaje. Pero los dioses no tenían espacio suficiente para crecer entre sus padres y vivían en la completa oscuridad. Se arrastraban, estaban estirados, de lado, de rodillas, todo entre el abrazo de Rangi-nui y Papa.

Unión y Separación

Tras 7 po (eras o espacios de tiempo) los hijos estaban cansados de la oscuridad y de no tener espacio. Así pues los hermanos empezaron a discutir sobre qué hacer. El hermano más valiente y feroz, Tu (Tumatauenga), propuso matar a sus padres. Pero Tane (Tane-mahuta) se negó y propuso separar a sus padres: dejar a su padre como un extraño colgando encima de ellos y a Papa debajo de ellos para nutrirlos y protegerlos. La mayoría estaban de acuerdo con Tane así que empezaron con sus intentos de separar a sus padres. Rongo, Tangaroa y Haumia-tiketike fueron los primeros en probarlo, pero fallaron. Fue el mismo Tane quien lo consiguió. En lugar de empujar con los brazos como sus hermanos, se tumbó de espaldas y empujó con sus fuertes piernas a su padre hasta conseguir separarlos en medio de gritos y llantos. Y así fue como los hermanos vieron la luz por primera vez.

Una vez separados Tane decidió buscar cuerpos celestiales para vestir a su padre, ofreciéndole así las estrellas, la luna y el sol. Al día de hoy Rangi-nui y Papa siguen echándose tanto de menos que las lágrimas de Rangi-nui caen en forma de lluvia sobre la tierra y de vez en cuando Rangi deja caer las piezas de su vestido sobre Papa en señal de su amor. Por otro lado, el calor corporal de Papa se eleva en forma de niebla hacia el cielo, y los terremotos son intentos fallidos de Papa de elevarse hasta su marido.

Sello de Nueva Zelanda que muestra a Tane separando a sus padres.

La guerra en el cielo y la tierra

La primera discusión llenó a los hermanos de deseos relacionados con el poder, el control, los celos y el odio. A pesar de que la mayoría de hermanos habían aceptado separar a sus padres, Tawhiri (Tawhiri-matea) entró en cólera al ver el sufrimiento de sus padres. Sin ser capaz de aguantar el llanto de su padre  ni tanto dolor se elevó al cielo, junto a Rangi, y juró a sus hermanos que tendrían que soportar su ira permanentemente. Tawhiri, junto a sus hijos, los 4 vientos y todas las clases de nubes, atacó a sus hermanos con tormentas, huracanes, tifones, lluvias y nieblas.

Primero atacó a Tane, y sus árboles fueron tumbados y destrozados, convirtiéndose en comida para insectos.

Seguidamente atacó a Tangaroa, causando remolinos y olas gigantes que volvían inestable al mar. Tangaroa, asustado, huyó. El hijo de Tangaroa, Punga, tenía dos hijos: Ikatere, padre de los peces, y Tu-te-wehiwehi, ancestro de los reptiles. Atemorizados por Tawhiri, los hijos de Ikatere se escondieron en lo más profundo del mar y los hijos de Tu-te-wehiwehi se escondieron en los bosques con Tane. Desde entonces Tangaroa está furioso con Tane por dar refugio a sus nietos tras la huida. Tal fue el enfado entre los dos hermanos que Tane ofrece a los descendientes de Tu canoas, anzuelos y redes para cazar a los descendientes de Tangaroa, y Tangaroa como venganza ataca las costas e inunda ríos para llevarse canoas, casas y árboles de Tane.

Los siguientes en recibir la ira de Tawhiri fueron Rongo y Haumia. Ambos estaban aterrorizados al ver el daño que ya había causado a sus otros hermanos, pero Papa decidió esconderlos dentro de ella para así salvarlos para que sus otros hijos puedan alimentarse. Tawhiri, que no pudo encontrarlos, dirigió su ira hacia el último hermano, Tu. Atacó con toda su fuerza, pero Tu, más fuerte y valiente, no pudo ser vencido por las tormentas y resistió. Fue así como Tu consiguió aplacar el ánimo de Tawhiri y recobrar la paz en el universo.

Tu, pensando en la responsabilidad que tenía Tane por la separación de sus padres, decidió crear trampas para cazar a los pájaros, los hijos de Tane, para que ya no volasen más libremente por el cielo. Luego hizo redes y las usó para capturar a los hijos de Tangaroa. Seguidamente creó la azada para hacer agujeros en el suelo y buscar a Rongo y Haumia, que localizó por sus largos cabellos que salían del suelo. Los sacó de su escondite y los puso en cestos para ser ingeridos. Así fue como Tu se comió a sus hermanos y a los hijos de sus hermanos, castigándolos por su cobardía de no haber aceptado matar a sus padres. Al único hermano al que Tu no pudo subyugar fue a Tawhiri, que al día de hoy sigue atacando a la humanidad con huracanes y tormentas.

 

Y hasta aquí el mito de la creación Maori. Una manera muy interesante de explicar el funcionamiento del mundo que nos rodea.

Si conocéis el mito de la creación griego y el babilónico en seguida os daréis cuenta de las similitudes. Y esto me lleva a la siguiente reflexión: ¿cómo es posible que una civilización tan aislada como la Maori tuviera un mito tan parecido a los que se explicaban en la zona del mediterráneo?

Aunque sólo es una hipótesis, siempre me han parecido interesantes las teorías de una civilización común, mucho más antigua, de la que bebieron todas las que conocemos ahora, o la teoría de que en el pasado ya hubo una “globalización” que puso en contacto todas estas culturas.

En fin, ¿qué os ha parecido la historia de Rangi-nui, Papa y sus hijos?

 

* Los Maori creían que había 12 capas de los cielos en verdad. Cada capa tiene un nombre diferente, y Rangi-nui era la capa más cercana a nosotros, a la tierra.

 

Bibliografía

http://www.ancient-origins.net/human-origins-folklore/creation-myth-maori-new-zealand-00305

http://www.crystalinks.com/maoricreation.html

https://teara.govt.nz/en/maori-creation-traditions

http://traditionscustoms.com/folk-beliefs/rangi-and-papa

http://nzetc.victoria.ac.nz/tm/scholarly/tei-Pom01Lege-t1-body-d1.html

Sol y Mani

Antes de empezar con la entrada de hoy necesito hacer una pequeña anotación. Los que conocen mitología nórdica ya lo sabrán, pero para los que desconozcan su cultura es importante saber que de los mitos nórdicos tenemos muy poco escrito, pues la suya era una tradición oral, y eso lleva a veces a que algunas historias/personajes se mezclan, confundan o tengan más de una versión. La mayoría de sus leyendas e historias fueron recopiladas en las dos Eddas, pero existen otros pergaminos con menciones a todas las divnidades, monstruos, seres y leyendas nórdicas.

Sol y Mani

Sol y Mani son de las primeras las divinidades nórdicas que aparecieron en el cosmos. Representan al sol y la luna respectivamente. Aunque en este caso el sol es “ella” y la luna es “él”. Y esta es su historia.

Son hijos de Mundilfäri, de quien poco sabemos. Algunos escritos dicen que era un gigante, otros que era un humano. Algunos textos hablan de una tercera hermana, Sinthgunt, la diosa del paso del tiempo. Pero las menciones a ella son muy pocas.

Mundilfäri es el padre de Mani, y también de Sol; ellos deben viajar a través del cielo cada día como una tarja para los hombres.

Vafthrúdnismál – Edda mayor

 

El mito

Por el sur el sol, de la luna pareja,

su diestra asomó, por el borde del cielo

no sabía el sol qué morada tenía,

no sabían las estrellas qué puestos tenían,

no sabía la luna qué poder tenía.

Völuspá – Edda mayor

Cuando Sol y Mani aparecieron al inicio de los tiempos no sabían cuál era su función en el universo ni qué poderes tenían. Así que, juntos, con el fin de buscar su lugar en el cosmos, los hermanos decidieron cómo serían las diferentes partes del día, del año y de los ciclos lunares. Ambos viajan por el cielo con sus carruajes tirados por caballos, llevando consigo al sol y a la luna.

En la Edda prosaica (o Edda menor), Snorri explica que el sol (el astro), junto a las estrellas y la luna, fueron originados como chispas en Muspelheim (la tierra del fuego), y a través de carruajes sin jinete se alzaron al cielo. Cuando Mundilfäri decidió nombrar a sus hijos Sol y Mani, los dioses se molestaron por la arrogancia del padre, y decidieron castigarlo obligando a sus hijos a ser los jinetes de los dos carruajes. En otros textos se menciona que, según la creencia nórdica, el sol no daba luz, que en cambio la luz emanaba de Alsvidr y Árvak (mencionados abajo).

Sol y Mani, perseguidos por Skoll y Hati. Pintura de J.C. Dollman.

Desconocemos los nombres de los caballos de Mani, pero los caballos de Sol se llamaban Árvakr (“Madrugador”) y Alsvidr (“Rápido”). Ambos hermanos conducen sus carruajes mientras huyen de los lobos Skoll (que sigue a Sol) y Hati (que sigue a Mani). La suya es una persecución que acabará con la llegada del caos y del fin de los días, con el Ragnarok. Será entonces cuando los lobos engulliran al sol, dejando todo el mundo sumido en la oscuridad. De Skoll, Hati y su relación con Sol, Mani y su influencia el Ragnarok hablaré otro día, pues el tema da para una entrada independiente.

Según uno de los poemas de la Edda poética (o Edda mayor), un personaje llamado Svalinn cavalga junto a Sol, sujetando un escudo entre ella y la Tierra, para evitar que los mares y la tierra sean consumidos por las llamas. En la Edda prosaica también se nos explica que Sol se casó con Glenr, de quien también sabemos poco. Y entrando de nuevo con las discrepancias, el nombre de Sunna se añade a la lista. Algunos textos hablan de ella como la hija de Sol y Glenr, mientras que otros consideran que Sunna y Sol eran la misma divnidad. Concretamente Sunna y Sol son mencionadas como la misma persona en los Encanterios de Merseburg (tradición germana). En ellos se habla de Sunna como la hermana de Sinthgunt

Svalin se llama, se hiergue ante el sol, el escudo, claro sacerdote, montañas y mares sé que arderán si cae desde allí.

Grímnismál – Edda mayor

La idea del sol y la luna como dioses que surcan el cielo con sus carruajes es una imagen muy antigua en la cultura nórdica y germana. Ya desde la edad de Bronce se esculpían artefactos con sus imágenes en Escandinavia y Dinamarca, un ejemplo es la escultura nombrada “The Trundholm” (foto abajo) encontrada en Dinamarca. Gracias a esos artefactos de la edad de Bronce podemos decir con seguridad que la concepción de Sol y Mani forma parte de una cultura pre-cristiana, especialmente Sol ya que su presencia es mayor a la de Mani. En verdad algunos estudiosos hablan de Sol como una posible evolución de alguna deidad protoindoeuropea que habría sido muy venerada en sus inicios.

Sin embargo con el desarrollo de la mitología nórdica Sol y Mani perdieron cierta importancia a favor de los dioses más canónicos del panteón nórdico.

The Trundholm sun chariot from Bronze Age Denmark.

 

Bibligorafía

[1] McCoy, Daniel (2016). The Viking Spirit: An Introduction to Norse Mythology and Religion. CreateSpace Independent Publishing Platform.

[2] Simek, Rudolf (2007) translated by Angela Hall. Dictionary of Northern Mythology. D.S. Brewer.

[3] Snorri Sturluson. Edda poética. Gylfaginning, capítulo 10.

[4] Snorri Sturluson. Edda poética. Gríminsmál, estrofas 37-39.

[5] Snorri Sturluson. Edda poética. Vafþrúðnismál, estrofa 23.

[6] Snorri Sturluson. Edda poética. Völuspá, estrofas 5-6.