Hella, la diosa de la muerte

Daven salió de su escondite tras unas horas de silencio. Su madre decidió esconderlo allí, luego ella se fue y ya no volvió a verla más. Caminaba cojeando y despacio a causa de una pequeña herida que habría sufrido durante el asalto. Miró con espanto su alrededor, comprobando que no quedaba ni un rastro de vida en su poblado. La mayoría de casas tenían fuego en sus tejados y los cadáveres de hombres, mujeres y niños se amontonaban por zonas. Entonces vio la que claramente había sido su madre hace tan solo unas horas, su cuerpo tapaba parte de la entrada de su antigua casa, ahora marcada por la sangre que brotaba del cuello de ella.

A Daven le hubiese gustado llorar, pero se sentía tan derrotado que ni siquiera podía. Se acercó a lo que quedaba de su casa y se sentó con cuidado en el suelo, cerca de los pies de su madre. Se abrazó a sus propias piernas, percatándose entonces del frío que hacía y agachó la cabeza, abatido. Lo mejor sería dejarse morir ahí, ¿no? De todos modos, el curandero del poblado llevaba tiempo diciendo que la muerte había posado los ojos en él, que no viviría más allá de este invierno, una pena que alguien tan joven fuera a morir así decía el curandero. ¿No era irónico que ahora fuese el único ser con vida que quedaba en esa zona? Cerró los ojos y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando volvió a despertarse, sobresaltado por el ruido de una cabaña derrumbarse, se percató que ya era entrada la noche. Tosió apenas sin fuerzas, llevándose una mano a los labios, y miró con indiferencia la sangre escupida por él mismo. Las primeras veces que había tosido sangre se había asustado, ahora ya estaba acostumbrado. En el poblado dijeron que estaba maldito, pero a su madre no le había importado, lo había cuidado lo mejor que podía, como si para él hubiese un futuro. Entonces algo llamó la atención de Daven, levantó la cabeza y vio embelesado la aurora boreal, cosa que le sacó una pequeña sonrisa. Siempre le había parecido algo bonito de ver, y jamás la había visto tan cercana como esa noche. Demasiado cercana quizás. Fijó bien la vista y entonces se percató de que algo iba hacia el poblado, era un grupo de nueve chicas, todas montando caballos alados. Eran las Valkirias, lo sabía porque la anciana del pueblo les había contado muchas historias sobre ellas, sobre sus caballos, y sus armaduras brillantes que se confundían con la aurora boreal. Daven presionó los labios algo asustado, ¿por qué las veía? ¿no se supone que sólo los muertos podían verlas? ¿había llegado su momento? Las siguió con la vista, sin parpadear, hasta que estas aterrizaron a la entrada del poblado, dejaron ahí sus caballos y empezaron a pasear entre los muertos, escogiendo las almas de los guerreros que merecían ir al Valhalla. No parecía que les costase, se notaba que estaban acostumbradas a ello. Sin darse cuenta Daven se había puesto de pie, aún cojo, para acercarse un poco a ellas. Eran chicas hermosas, fuertes, desprendían algo que transmitía calma.

Fue entonces cuando una de ellas se giró y se percató de que Daven estaba ahí. Juraría que ella le había mostrado una pequeña sonrisa antes de continuar con su misión. Aquellos escogidos por las Valkirias se separaban en cuerpo y alma, y mientras que el cuerpo permanecía tirado al suelo, el alma ascendía a algún lugar que Daven desconocía, que jamás podría llegar a conocer, pues ni era guerrero ni había muerto en batalla con honor.

Pasaron varios minutos, cada vez quedaban menos cadáveres para la selección, y algo empezó a inquietar a Daven. ¿Y todos aquellos que no estaban siendo escogidos? ¿Qué pasaba con ellos…? La alarma de Daven fue absoluta cuando se percató en que algunas de las Valkirias regresaban a sus caballos, ¿se iban así, sin más? Miró con horror y con los ojos muy abiertos el cadáver de su madre y de vuelta las Valkirias, la misma que antes le había ofrecido una sonrisa volvió a tener contacto visual con él y Daven supo que era el momento. No sabía muy bien qué hacía, solamente se dejó llevar, dio tres pasos torpes y acelerados hacia ella y gritó con las pocas fuerzas que tenía:

– ¡Esperad! ¡No podéis iros así! ¡¿Y mi madre?! – Sin darse cuenta las lágrimas que no habían podido salir antes empezaron a brotar ahora. Todas ellas se giraron para mirarlo, con curiosidad, y con la que había tenido contacto visual se acercó hacía él. Una vez la tuvo justo en frente se percató de lo alta que era. Daven se sintió algo pequeño y absurdo, pero no podía permitir que su madre se quedase ahí, siendo un alma en pena en el mundo de los humanos. Ella se arrodilló para quedar a su altura y sonrió.

– No te preocupes, nosotras no podemos hacernos cargo de ella, pero alguien de gran poder lo hará. – Parecía que de algún modo ella tenía la capacidad de entender los pensamientos del chico.

– ¿Quién? ¿Cuándo? – Daven se frotó los ojos con la palma de la mano y se quedó mirando algo hipnotizado los ojos de aquella chica.

– Tu madre fue una mujer noble, murió dignamente defendiendo vuestro hogar, ella será acogida por la diosa Freya, nosotras ahora estamos aquí para traer a Odín sus guerreros. Pero te prometo que Freya no tardará mucho en reclamar a tu madre y a otras mujeres de aquí.

– ¿Y… qué pasa conmigo…? – Daven preguntó con respeto y miedo. Sabía por los cuentos que solo los muertos, o aquellos que iban a morir, podían ver las Valkirias. Eso lo convertía a él en un casi-muerto. Ella lo miró unos segundos, y Daven se preguntó por qué el rostro de ella rozaba casi la inexpresión. Solo le había parecido verla sonreír hace rato, pero a pesar de transmitir calma, su rostro no expresaba nada.

– Tú irás con Hella, los muertos por enfermedad van con ella. No podrás ver más a tu madre, pero vas a estar bien, créeme. – Daven la miró con terror, ¿cómo podía decirle que iba a estar bien? Había escuchado solamente historias terroríficas sobre Hella, la diosa de los muertos. Sintió que el corazón se le aceleraba y volvió a toser sangre hacia el suelo. Alzó la cabeza para volver a mirar a la Valkiria, ella no se turbaba, lo seguía mirando con la misma convicción de calma, y de nuevo, como si leyese la mente del chico, ella puso una mano en su hombro y repitió – Vas a estar bien, no tengas miedo, ella es justa con los buenos. – La Valkiria se incorporó, dando por zanjado el tema, se dio la vuelta para regresar con el resto de su grupo y sin dudarlo se montó a su caballo alado para partir. Ahora Daven se había quedado solo.

Se había quedado petrificado, de pie, como una estatua viendo a las Valkirias partir. Presionó los labios y se frotó los brazos con las manos, dándose cuenta de nuevo del frío que sentía. Miró a su alrededor, perdido, sintiéndose aún más solo al saber que la mayoría de los hombres que yacían estaban ya sin alma. Volvió cerca del cuerpo de su madre y volvió a sentarse, sin saber qué hacer, ni a donde ir. Si Hella iba a buscarlo, tampoco importaba mucho a dónde se fuera. Nuevamente cerró los ojos, pues se sentía agotado, hasta quedarse dormido otra vez.

Daven abrió los ojos al sentir la presencia de alguien en frente de él, alzó la cabeza y soltó un pequeño grito al ver la persona que estaba en frente de él. Se quiso echar atrás, pero la madera de su cabaña se lo impidió. Sin duda esa era Hella. La mujer que tenía enfrente era igualmente hermosa y horrorosa. La mitad de su rostro era bello y joven, con una cabellera blanca y brillante como la luna. La otra mitad de su rostro estaba sumido en la putrefacción, la carne de esa zona desprendía un hedor a muerte. Sus brazos y sus piernas seguían la misma lógica, un lado desprendía vida, el otro era un vivo retrato de la descomposición. Contra todo pronóstico ella sonrió, Daven casi hubiese jurado que lo miraba con compasión. Ofreció al chico la mano viva y escondió con disimulo la mano putrefacta dentro de su túnica, consciente de lo que causaba en el pequeño la visión de la muerte.

– Es hora de que vengas conmigo. – Hella se percató de que Daven miraba de reojo el cuerpo de su madre y sonrió. – No sufras, ella ya no está aquí, Freya vino hace rato a buscarla mientras dormías. Ahora tienes que venir con nosotros.

– ¿Vosotros…? – Daven preguntó con cierto miedo y fue entonces que se dio cuenta que detrás de Hella estaban todos los ancianos y las ancianas del poblado que habían muerto durante el asalto. Hella seguía ofreciendo su mano, y Daven acabó por tomársela. Se sorprendió al notarla cálida, y más aún cuando al levantarse se percató de que ya no le dolía la pierna, ni el pecho, ni le dolía respirar, ni siquiera tenía tos. Miró a Hella con cierto asombro y murmuró. – Ya no me duele… nada.

– Es normal, ya has muerto. – Ella sonrió, con cierta lástima en su mirada, pero con una sonrisa sincera y Daven, inconscientemente, sonrió también. – Vamos.

Ella tiró de la mano de él con suavidad y Daven se preguntó a dónde irían todos ellos, o mejor ¿cómo llegarían a donde tenían que ir? Giró la cabeza mientras andaba, dejándose guiar por la mano de la diosa, para ver a las almas de los ancianos que caminaban detrás de ellos y le sorprendió ver que el cuerpo de él se había quedado atrás, sentado y apoyado contra su cabaña, parecía que estaba durmiendo. Allí murió y allí se quedaría el cuerpo humano hasta que algún animal se lo comiera. Miró de nuevo a Hella, algo contrariado ante la idea de estar muerto y dejar atrás su cadáver. Pero enseguida algo llamó su atención lo suficientemente para dejar de prestar atención a su antiguo cuerpo. Un barco enorme, el más grande que jamás hubiese podido imaginar se asomaba en frente de ellos, y ese barco estaba, inexplicablemente, en tierra. ¿Cómo podía ser? Hella se dirigió hacia el barco, subiendo junto a Daven y todo el séquito de almas que iban detrás de ellos. Y sin que Daven pudiese explicarse cómo, el barco comenzó a moverse, hundiéndose bajo tierra hacia algún lugar desconocido. Tardaron bastante hasta llegar al mundo más profundo del Yggdrasil y en cruzar un río subterráneo enorme. De algún modo supo que ese río marcaba la frontera entre el que sería su nuevo hogar y los otros mundos.

Una vez el barco ancló, cómo si los ancianos supiesen su camino, todos bajaron del barco y se dispersaron por la zona, unos hacia un lado, otros hacia otro. Pero Daven no sabía dónde ir o qué hacer en ese reino desconocido.

– Ven, sígueme. – Hella le hizo un gesto con la mano a la vez que bajaba de ese barco gigantesco.

Daven optó por seguirla, ¿qué más podía hacer? Caminaron un rato en ese nuevo reino, el Hellheim. Pasaron por varios senderos, los cuales tenían desviaciones que nadie sabía hasta donde llegaban, pero se sumían en la oscuridad de algo tenebroso. A veces a Daven le parecía escuchar susurros, gritos en la lejanía. Era un lugar bastante oscuro y frío, pero tampoco le molestaba ya esa sensación. Tras un buen rato cruzando zonas lúgubres llegaron delante unos muros gigantescos, tan altos que ni siquiera los gigantes podrían ver que se asomaba más allá. Hella lo cruzó, junto a varios de los ancianos que se habían dirigido hacia esa misma zona, y Daven, nuevamente sin más opciones cruzó la entrada a esos muros detrás de ellos.

Y ahora, lo que se mostraba delante los ojos del chico era totalmente diferente. Un suspiro de asombro se le escapó a Daven mientras miraba encantado su alrededor. Cómo si hubiesen entrado en un universo paralelo, todo era verde, era un jardín de tamaño descomunal, con frutas, flores, praderas, riachuelos y muchos colores. Entre los diferentes arbustos y árboles se podían divisar otras almas de niños, adultos y ancianos. Al final de ese jardín gigante, o en algún punto que a él se le antojaba lejano, había una especie de castillo y por la sorpresa de Daven un perro enorme, gigante, parecía custodiar su entrada.

– A partir de ahora te quedarás aquí. Aquí es donde os quedáis aquellos que fuisteis inocentes y buenos en vida. Nunca os faltará nada, ni agua, ni comida, ni suelo donde descansar. Podrás hacerte amigo de otros niños y niñas que han llegado aquí por el mismo motivo que tú, podrás escuchar relatos de ancianos y ancianas de mismo modo que hacías en vida, podrás entrenar con los adultos con las espadas si es lo que te gusta. Y si me buscas, ese es mi hogar. – Con un gesto elegante Hella señaló el imponente castillo. – No sufras por Garm, es mi perro, está aquí para protegernos a todos, es grande pero jamás te haría daño. Sólo hay un sitio al que no debes ir. – Hella entrecerró los ojos y lo miró con advertencia mientras alzaba un dedo para luego señalar el camino de dónde habían venido. – No vuelvas jamás por el camino que hemos recorrido hoy. No cruces jamás esa puerta hacia el otro lado de esos muros. Más allá de estos muros de hiedras y flores, más allá de este jardín, están los que murieron sin honor, los que no quieren ni Odín, ni Freya, y realmente yo tampoco… Yo solo los acepto porque son una espada más, pero son deshonrosos y desalmados… son los de alma oscura y perversa. Me deben lealtad como su señora que soy, pero no tienen mi simpatía ni empatía. Más allá de esos muros sólo hay castigos, miserias y agonía. Para ellos, yo soy lo que ves – Hella estiró el brazo putrefacto para que la túnica lo dejase al descubierto. – muerte. Para los que estáis aquí soy muerte, sí, pero también algo más. – Alzó el otro brazo, mostrando ahora la parte de ella que era blanca y tersa como las chicas de las mejores casas. – No lo olvides, soy vuestra amiga, pero también soy la diosa de la muerte y vuestras almas me pertenecen.

Daven se giró para mirar el camino que habían recorrido y sintió un pequeño escalofrío al jurar escuchar, nuevamente, gritos de agonía lejos, en algún lugar escondido y más profundo de lo que cualquier humano pudiese imaginar. Volvió a encararse hacia Hella para darse cuenta que ella había empezado a encaminarse hacia su castillo, pero como si supiera que Daven la observaba, se detuvo un segundo, se giró levemente hacia él mostrándole la parte del rostro putrefacta y sonrió antes de retomar su camino. Daven se quedó unos segundos viendo como ella se alejaba por el camino, hasta que finalmente sonrió al percatarse que todos los que se cruzaban con ella en ese asombroso jardín le sonreían y le mostraban reverencias de respeto. De repente le pareció que entendía perfectamente porqué Hella era mitad vida y mitad muerte, y pensó que en el mundo humano no se hablaba con justicia de la diosa. De ella sólo contaban lo tenebroso, lo horrible y temeroso, la muerte. Pero nadie hablaba de su otra cara ¿verdad? De que no era diferente de otros dioses, ni más injusta, ni más bondadosa, pero tal vez si era un poco más humana en su corazón. Hella ofrecía dos destinos a los que acababan en su reino, a cuál fueras tú, dependía de tus actos en vida. Entendió lo absurdo que era tener miedo a la muerte, pues todos morían, pero Hella, a diferencia de Odín y Freya, los aceptaba a todos, no pedía que fueran mujeres nobles, mujeres vírgenes, ni valerosos caballeros. Cualquiera era bienvenido en su reino, lo que no era igual era el trato personal que ofrecía la diosa, ni las comodidades que brindaba. Entendió por qué todas aquellas almas la respetaban. Ella era su dueña, sí, pero le daba la opción de disfrutar de un modo que no había podido en vida, hasta que llegase el día del Ragnarok.

Unas risas lo distrajeron de sus pensamientos, miró hacia su izquierda y vio a 2 niños y una niña que parecían tener su edad, jugando y corriendo entre los árboles. Uno de ellos se detuvo en seco al ver a Daven y con aspavientos saludó mientras gritaba “¡Ven!”. Daven sonrió más aún y salió corriendo hacia ellos, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía fuerzas para correr? ¿Qué no podía reírse sin preocupaciones? Mientras jugaba con sus nuevos amigos lo tuvo claro, él serviría a Hella hasta el mismísimo Ragarok.

Relato inventado por El tapiz de Skuld

Idunn y las manzanas de oro

Esta historia empezó antes de que existieran los héroes, los mitos sobre dioses, las leyendas sobre reyes. Mucho antes de todo esto. Antes de que fuera saber de todos que el sol nacía por el este y moría por el oeste. Antes de que los dioses fueran inmortales. Esta historia empezó en la casa del enano Ivald.

Fue una gran noticia para la familia de Ivald que su mujer estuviera embarazada. Vivían en tierras pacíficas, rodeados de grandes campos y montañas. Su vida era sencilla, pero llena y feliz, especialmente ahora que sabía que tendría un heredero. Amaba a su mujer de pelo dorado como el maíz, y ella lo amaba a él. Juntos habían construido esa casa, habían arado sus tierras, plantado sus manzaneros.  Juntos se habían construido un paraíso en el que pasaron 9 meses llenos de risas, muestras de cariño y esperanza. Y así, en ese entorno, nació una joven bella y brillante como el sol. La llamaron Idunn.

Idunn enamoró a sus padres y a todos sus vecinos desde pequeña. Su pelo era aún más dorado que el de su madre, su belleza resplandecía como la del sol y sus ojos eran tan verdes como el de las hojas de los manzanos en su momento más hermoso. Ya desde pequeña supo qué era recibir amor, y creció dichosa y alegre ayudando en las tierras de sus padres.

Ivald no tardó en percatarse que los manzanos parecían crecer más rápido y grandes con los cuidados de su hija. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero a medida que Idún crecía, las manzanas de sus árboles se volvían indudablemente más doradas y grandes, más jugosas y más refrescantes. Contra más bella se hacía su hija al pasar de los años, más sanos y fuertes eran las manzanas que ella cuidaba. Y más aún, uno parecía adquirir más fuerza y salud al ingerirlas. Así pues no tardó en correrse la voz de las famosas manzanas de Idunn, y de Idunn, la joven hermosa de pelo dorado que no parecía envejecer al lado de sus padres.

Entonces, un buen día, un tal Bragi se presentó ante la puerta de Ivald.

– Señor Ivald, permita que me presente. Me llamo Bragi, músico y poeta. Mi padre es el sabio Odín y mi madre es la giganta Gunnlod.- Bragi hizo una perfecta y elegante reverencia.

– ¿Y qué se te ha perdido por aquí?- Preguntó Ivald, con cierta suspicacia.- He oído hablar de tu padre, aquí nunca nos hemos metido con problemas. ¿A qué te manda Odín?

– Señor, no vengo con intención de problemas. Mi padre, qué todo lo sabe, ha escuchado hablar de las manzanas de oro de Idunn, y creemos que pueden ser la solución a nuestros problemas. Mi padre envejece Ivald, y mientras todos envejecemos en Asgard, su familia parece que no lo ha hecho durante los últimos 20 años. Todo parece ser que es por las manzanas.

– ¿Quieres llevarte a mis manzanas?- Ivald se rió con fuerza.- Dame un buen precio y te las vendo, tenemos muchas, y cada año crecen más.

– Queremos las manzanas sí, pero queremos que únicamente las comercie con los señores de Asgard.- Bragi enmudeció cuando vio a una joven hermosa entrar por la puerta con un cesto de manzanas preguntando a su padre quién era el forastero. No sabía qué brillaba más, si las manzanas o la joven. Todo su aspecto era hermoso, pero más aún lo era su voz. Dulce y refrescante, seguramente como las manzanas que llevaba. Su sonrisa brillaba, y sus ojos parecían tener un fuego cálido dentro. La joven se acercó a él e hizo una reverencia, ofreciéndole acto seguido una manzana. Bragi la aceptó, enmudecido y le dio un mordisco. Se quedó mudo. Él, el dios de la poesía, el que tenía palabras para describirlo todo, era incapaz de articular nada. Únicamente regresó en si cuando Ivald carraspeó fuerte.

– Sea como sea, ya es de noche. Puedes quedarte aquí hoy, cena con nosotros y acabamos de cerrar el trato con un buen cuerno de hidromiel. Idunn, avisa a tu madre de que hoy tendremos un invitado de más.

Bragi contempló como la joven sonreía y salía hacia la cocina. Y por una vez estaba seguro de algo, él que había intentado tantos años describir la belleza del mundo, acababa de encontrarse con su personificación. Ni siquiera Freya podía competir con Idunn. La cena siguió con normalidad, la família de Ivald era de trato amable y cordial. Viendo el amor que se tenían entre ellos Bragi creía entender de dónde procedía ese don de Idunn. Cada vez le importaban menos las manzanas, y más la joven.

Acabada la cena, Ivald retomó el negocio de las manzanas doradas.

– Y dime Bragi, ¿por qué debería yo ofreceros unas manzanas que os conceden salud e inmortalidad? ¿Qué garantías tengo de que las usaréis con sabiduría?

– Porque en Asgard cumplimos con nuestras promesas, si nos ofrecéis ese don de las manzanas, prometemos protegeros siempre de cualquier amenaza.

– ¡Ja, ja, ja! Nadie ha amenazado estas tierras por siglos, ¿por qué deberían hacerlo ahora?

– Porque ahora las manzanas de oro de Idunn son famosas, y al igual que nosotros otros estarán interesados en obtener las manzanas, o directamente a su hija.- Ivald se puso serio de repente. Miró de reojo a su hija y luego a Bragi. Cierto era lo que decía Bragi. Otros podrían intentar venir, y tal vez con una postura hostil. Idunn también mostró una sombra de preocupación al ser consciente de esa nueva realidad. Ambos miraron a Bragi cuando volvió a hablar.- Sin embargo, nosotros nos comprometemos a defender a su familia y a su hija.- Bragi miró a Idunn con fascinación y tomó una bocanada de aire antes de seguir hablando.- Entiendo que no se confíe de mi padre o mis hermanos, pero le doy mi palabra de que yo jamás dejaría que algo le sucediera a Idunn. Si… Si Idunn aceptara ser mi esposa y vivir con nosotros en Asgard, le juro que jamás le faltaría de nada.

Idunn sonrió y dejó escapar una pequeña risa sin maldad alguna. Ivald la miró serio. Luego miró a Bragi, valorando su oferta.

– ¿Qué dices Idunn…? Es tu mano de la que estamos hablando.

– Acepto el trato.- Idunn siguió sonriendo, miró a su padre y luego a Bragi. Algo en ese guerrero le había gustado desde el primer momento. Supo desde el segundo en el que lo vió que sería feliz al lado de un hombre como él. Y así fue como Idunn se fue a vivir a Asgard con Bragi. Fue bien recibida por todos sus habitantes. Todos ellos quedaron enamorados de su sonrisa y su aroma dulce, y todos celebraron la boda de la pareja. No tardó Odín en ofrecerle a la joven un jardín enorme en Asgard. Bello y majestuoso para que pudiese cultivar ahí sus manzanas. Estas no tardaron en crecer, pues el don de Idunn parecía verse fortalecido por los poemas de amor que le componía su marido. La felicidad de la chica y de la pareja se respiraba por todo Asgard. Sólo ellos conocían el paradero de su jardín. Así fue como los dioses consiguieron ser inmunes a las enfermedades, ser inmortales. Así fue como Idunn se convirtió en la diosa de la juventud y la fertilidad.

Así fue como empezaron los mitos de los dioses fuertes e inmortales entre los humanos.

 

Relato inventado sobre el origen de Idunn

El Tapiz de Skuld

La mano de Tyr

Y aquí estoy, con la cabeza gacha, sin osar mirarte a los ojos. Tan sólo hace unos segundos te miré directamente cuando acepté el trato, ahora la vergüenza me inunda. Te va a doler tanto como a mí, mi traición. ¿Algún día entenderás por qué lo he hecho?

Me recorre un pequeño escalofrío a lo largo de la espalda y tenso ligeramente los dedos. Es por culpa de la sensación de tus babas, tu lengua rasposa y el tacto de tus colmillos afilados. Un simple preludio de lo que se acerca, del destino que no podemos evitar. Respiro hondo, con pesadez y dificultad, desearía que las cosas fueran diferentes. El destino es inexorable, las tres nornas se divierten tejiendo con nuestros hilos de la vida. ¿Cuál de ellas tres habrá sido la que opinó que sería divertido crear este enredo?

Se acercan con las cadenas y miro de reojo como te las colocan, son tan finas, tan delgadas… pero son indestructibles. Ni siquiera tú, con tu fuerza sobrehumana serás capaz de romperlas. ¿Lo sabías verdad? ¿Sabías que esto era una trampa, por qué has aceptado? Chasqueo la lengua, molesto, enfadado, indignado, triste, pero sabiendo que estoy cumpliendo mi deber.

Una vez te atan bien las cadenas haces un intento de romperlas, de liberarte, pero en seguida te das cuenta que no puedes, que te han engañado. No, te hemos. Yo también. Yo, yo he formado parte de esto. Mis silencios, ofrecerme como voluntario, me hacen cómplice. Intentas por segunda vez romper las cadenas, incluso una tercera. Con pena y con dolor alzo la cabeza para mirarte. Sin pronunciar sonido muevo los labios y susurro un silencioso “¿por qué lo haces?” ¿Por qué te torturas intentando romperlas si sabes que es imposible? ¿Si sabes que los dioses te hemos engañado? ¿Lo haces por evitar llevar a cabo el trato? ¿Lo haces por pena hacia mí?

Odín, Thor, Frey, Heimdall, Freya… todos empiezan a reírse. Se burlan de ti. Yo no puedo dejar de mirarte. Me avergüenza su comportamiento, lo mínimo que puedo hacer es mirarte a los ojos y dar la cara por nuestros actos. Tu también me estás mirando, e intento buscar el dolor y la rabia en tus ojos. Y creo encontrarlos, pero junto al dolor de la traición y a la rabia del engaño veo algo más, la duda. Hemos hecho un trato Fenrir, tu sabías que eso era una trampa, pediste que alguno de los dioses colocase la mano en tu boca, y que si todo resultaba ser una farsa, arrancarías la mano al voluntario. Y yo acepté. Te traicioné a sabiendas, porqué aunque eres mi amigo, aunque te he cuidado y criado, soy uno de ellos. Así que no dudes, no dudes y arráncame la mano. Tu duda sólo añade más dolor a la situación.

De algún modo veo que buscas la confirmación en mi mirada, así que asiento con la cabeza una sola vez, con firmeza y determinación. Mientras todos siguen riéndose, ajenos a nuestro dolor emocional, ajenos al dolor físico que estoy a punto de recibir. Un pequeño suspiro se te escapa y en menos de un segundo dejo de notar la sensación húmeda de tu lengua, tu respiración y tus colmillos afilados. Sólo siento dolor, sangre brotar. Ha sido rápido, en un segundo has arrancado mi mano, y en ese mismo segundo he visto toda nuestra historia. A Thor y a mi encontrarte a ti y a tus hermanos, llevaros a Asgard, criarte, alimentarte, jugar contigo, verte pasar de cachorro al imponente lobo gigante que eres ahora. Los castigos impuestos a tus hermanos, el temor creciente de Odín hacia tu fuerza.

Noto alguien que me sujeta por los hombros y me separa de ti con rapidez. Me llevo mi única mano a dónde estaría la opuesta. Es raro notar únicamente el vacío y la sangre. Te miro por última vez antes de darte la espalda e irme a buscar a una curandera. Es sorprendente pero el dolor emocional es peor que el físico, te escucho aullar, rabioso, amenazar a Odín con acabar con todos nosotros. Escucho el sonido de las cadenas cuando tiras de ellas, tal vez en un último intento desesperado de soltarlas, y finalmente otro aullido de rabia, uno que juraría que lleva mi nombre y lo esparce por todo el cielo de Asgard… “Tyr!”.

Tu no hiciste nada malo, tu única condena es ser hijo de Loki. Te hemos castigado por miedo, y por ese mismo miedo en el Ragnarok algunos caerán muertos entre tus colmillos. Volveremos a vernos mi amigo canino. No sé si serás capaz de perdonar mi traición, yo no podré.

Pero el destino es inexcrutable.

 

El tapiz de Skuld

Adaptación del mito nórdico de Fenrir y Tyr

Baldr, el dios blanco, príncipe de príncipes

La tormenta de nieve no cesaba. Nuestros padres y hermanos se habían quedado atrapados fuera en ella desde hacía días. ¿Estarían bien padre y hermano mayor?. Esta vez tampoco me dejaron ir. A pesar de mi insistencia para demostrar que ya era un hombre, madre se negó.

– ¡Pero ya puedo cargar con el hacha! ¡Padre díselo! ¡Hemos entrenado muchas horas!

– Déjalo que venga Aðallaug… tiene que empezar a aprender y…

– No. Hoy no. Lo he visto.

Ése fue el fin de la discusión entre padre y madre. Padre es el jarl de nuestro poblado. A pesar de su gran fuerza física y maestría en combate jamás le discute a madre. Eso es porque ella se comunica con los dioses. Madre es una völva. Conoce secretos que los mortales no deberíamos saber, conoce las historias de los dioses… y conoce su destino.

– ¿Einarr? Acércate. Ven junto al fuego, voy a contarte una historia.

De repente la voz de madre me sacó de mis pensamientos. Aunque ella había sido quien había prohibido mi aventura, no podía enfadarme con ella. Tan fuerte, tan dulce, tan bella, tan sabia. Sólo cuando llegué a su lado me di cuenta de que tenía las manos heladas y temblorosas. Las puntas de mis dedos habían cogido un color oscuro. Las soplé, las froté y las acerqué al fuego esperando entrar en calor. Una rama se rompió haciendo saltar varias chispas que se dispersaron en el aire. Madre pasó su capa por encima de mis hombros y me hizo sentar junto ella. No pude evitar sonreír al sentir el calor que emanaba, pero al mirar su rostro noté la tristeza en sus ojos. Una tristeza que me desconcertó.

– ¿Qué historia vas a contarme hoy madre?

– Einarr, tu nombre significa valor. Antes de que nacieras los dioses me prepararon para éste día. Eres el segundo hijo varón de esta familia, como el dios Baldr. Señor de guerreros, príncipe de príncipes. Hoy voy a contarte su historia…

Vi mi propio vaho salir de entre mis labios al ritmo de mi pausada respiración. La historia no había empezado, pero algo me había cautivado. ¿Sería Baldr fuerte? ¿Tanto como Odín? ¿Por qué madre nos relacionaba?.

– Segundo hijo de Odín y Frigg, esposo de Nanna y padre de Foresti. Su casa es Breidablik y no hay salón en todo Asgard que rivalice con su belleza. Nadie puede hablar mal de él, el más sabio de los Aesir, el más justo. Tanto es su esplendor que luz blanca emana de él. Pero no todo en su vida es perfecto. Será uno de los primeros en morir, su muerte será uno de los desencadenantes del Ragnarök. Su madre, Frigg, conociendo el fatal destino de su hijo hizo jurar a todos los objetos de la tierra que creía peligrosos que jamás harían daño a Baldr. Pero cometió un error… infravaloró el muérdago. Lo juzgó inofensivo y demasiado joven y no lo sometió a ningún juramento.

Fruncí el ceño. ¿El muérdago? ¿El primer dios en morir? ¿Por qué madre quería con mi nombre honorar a un dios así? Abrí la boca dispuesto a replicar, pero ella negó con la cabeza y puso dos dedos en mis labios, indicando así que callase y le dejase acabar el relato.

– A parte de Frigg, nadie más conocía la única debilidad de Baldr, así que era inmortal a ojos de todos. Y eso hacía que Loki ardiese de rabia, pues él, amante del caos, astuto y señor de las mentiras ansiaba la muerte de Baldr. Así pues decidió disfrazarse de anciana y visitar a Frigg y la molestó miles de veces hasta que ella le reveló el único objeto que podía arrebatar la vida de Baldr. Loki corrió a los bosques, a buscar muérdago, y con él creó una flecha. Pero matarlo con sus propias manos no era divertido. Si conseguía que otro dios, ignorante del poder del objeto, usara la flecha para matar a Baldr, así sería mucho más divertido.

Escuchaba atento, el corazón me palpitaba con rapidez. ¿Se saldría Loki con la suya? Entreabrí los labios y abrí bastante los ojos, esperando que madre me revelase el desenlace.

– Entonces en un día aún por llegar, Loki propondrá un juego. Todos lanzarán objetos a Baldr, a fin de cuentas, nada va a dañarlo, ¿no?. Loki se acercará a Hodr, uno de los hermanos pequeños de Baldr y le dará la flecha de muérdago y así será como morirá a manos de su propio hermano. Desprovistos de luz y de verdad los dioses anunciarán el Ragnarök, y Odín y la giganta Rindr darán a luz a Váli para que éste vengue la muerte de Baldr y mate a Hodr. Nanna se tirará a la pira mortuoria de Baldr, aguardando el fin del Ragnarök para reencontrarse con su amor. Y Hodr y Baldr se reconciliarán en el reino de Hela. Loki será castigado por su acto una vez se descubra que él fue el que planeó todo, y su castigo será estar atado a tres rocas mientras una serpiente gotea veneno en su cabeza por la eternidad. Y finalmente se acabará el caos, la gran batalla acabará, Baldr renacerá y él, junto a otros hijos de Odín, reinaran el nuevo mundo.

Madre besó mi frente, y sin separarse apenas susurró.

– Einarr, el dios Baldr es justo, es bueno con sus guerreros, es amado y respetado, como todo líder debería ser. A pesar de no ser el primer hijo de Odín, él será quien reine en el nuevo mundo. Y tu, pequeño mío, a partir de hoy tendrás que convertirte en un jarl al que Baldr no pueda envidiar nada. Sé que deseas demostrar al mundo lo fuerte y valiente que eres. Pero no olvides, la fuerza y la valentía no lo son todo. Si quieres ser un buen líder tendrás que aprender otras habilidades.

– ¿Cómo? Madre… ¿y mi hermano mayor…?

Me separé abruptamente y la miré confuso. Entonces recordé la tristeza que vi en sus ojos antes de empezar el relato. Esa tristeza parecía ser mayor que antes, sin embargo ella sonrió y acarició mi mejilla. No sé cuánto rato había pasado, pero de repente reparé en que el sonido de la tormenta había cesado y que se escuchaba el ruido de los hombres que habían vuelto al poblado. Me levanté de un salto y salí corriendo hacia la puerta. Tal vez, de haber permanecido al lado de madre me habría percatado del dolor intenso que sentía. Pues ella ya sabía lo que había pasado. Se lo habían dicho los dioses.

Abrí la puerta y salí corriendo con una gran sonrisa, saltando entre las pilas de nieve acumuladas por la tormenta. Deseoso por reunirme con los guerreros.

– ¡Padre! ¡Hermano! ¡Padre!

Mis brincos fueron perdiendo intensidad y la sonrisa se desdibujó de mi rostro instantáneamente cuando llegué junto a ellos. Padre se arrodilló frente a mí, puso una mano en mi hombro y me dio un pequeño apretón. Juraría que su rostro reflejaba una tristeza contenida. La tristeza de un guerrero que ha visto morir a demasiada gente como para entender que la vida es efímera y la muerte un paso más. Que no tenemos ningún control sobre el destino, que los dioses juegan con nosotros. Que el destino es inescrutable. La tristeza contenida de un guerrero que confía en que se reunirá en el Valhalla con sus seres amados.

– Einarr, a partir de mañana comenzaremos un entrenamiento más duro. Te llevaré de hoy en adelante conmigo a toda batalla y cacería que se presente. Vivirás tu primer muro de escudos, te enfrentarás a osos y a señores de la guerra. Lucharemos hacha con hacha hasta que muramos, y entonces seguiremos luchando cuando nos reencontremos en el Valhalla, dónde tu hermano nos espera. Toma, a partir de ahora esto es tuyo, a tu hermano le hubiese gustado que lo tuvieras.

Me colocó en el cuello un amuleto ensangrentado, se levantó y dio otro apretón sobre mi hombro mientras otros guerreros pasaban por nuestro lado con la madera que transportaba el cadáver de mi hermano mayor.

 

El tapiz de Skuld

Relato inventado y mito de Baldr